Sobre los manuales de convivencia

Por Fernando Iriarte Guillén

Debo decir que soy muy afortunado. Hace ocho años que salí del closet y, desde entonces, no he recibido más que apoyo: mi familia, mis amigos, mis universidades, mis sitios de trabajos y todas las personas que rodean mi vida han sido una fuente de respeto y cariño. En ese sentido, repito, soy muy afortunado. Pero no se me olvida lo que es estar en el closet a los trece años. No se me olvida el miedo. El miedo desbordado nunca se me olvida.

Nunca se me habría ocurrido en mis años de adolescencia que estaría escribiendo estas palabras en Facebook, pero afortunadamente hoy en día tengo la fortaleza, el apoyo y el conocimiento para poder hacerlo, para compartir lo terrible que es crecer con miedo. Y hoy hablo por todos los jóvenes petrificados por el miedo. Porque yo sé lo que es que uno le griten maricón en el colegio, yo sé lo que es despertarse llorando rogándole a la vida que lo cambie, sé lo que se siente procurar hablar poquito para que la gente no se burle, pero sobretodo sé lo que es sentirse abandonado sin poder refugiarse en nadie porque nadie sabe lo que se siente por dentro. Y a mí, como a muchos, nos tocaba fingir que nada pasaba.

“Le pido a todo el mundo que piense el momento
en el que más asustado y abandonado se haya sentido;
y en lo que significa crecer con ese sentimiento
día tras día en una etapa de la vida…”

El Ministerio de Educación tiene que seguir en su campaña de eliminar la discriminación de los colegios. Una adolescencia atormentada es algo que nadie tiene por qué soportar. Hoy en día estoy en una posición que me permite aguantar (aunque me indigne) que haya sectores de la sociedad que me consideren inmoral e indigno, que se tenga que recurrir a estudios científicos para comprobar que soy un ser humano decente, que se hagan marchas y referendos para quitarme, y a muchos otros, derechos. Pero hace quince años, cuando me sentía más solo y confundido que nunca, ese tipo de discursos hicieron que pasara noches enteras desvelado sintiéndome como un enfermo.

Le pido a las personas que marchan en contra de las propuestas del ministerio que recapaciten. Por favor, hagan el esfuerzo de entender el daño tan tremendo que le están haciendo a los jóvenes que están en el closet. Esto no es un problema de los derechos de los colegios, es un problema de salud mental de los adolescentes. El caso de Sergio Urrego no es el único, cientos de jóvenes gays se suicidan cada año en el mundo y muchos otros desarrollan trastornos psiquiátricos y no pueden lograr su potencial.

Le pido a todo el mundo que piense el momento en el que más asustado y abandonado se haya sentido; y en lo que significa crecer con ese sentimiento día tras día en una etapa de la vida que es fundamental para el desarrollo de cada ser humano.

Los colegios tienen que entender que su labor es proteger a los estudiantes y no acorralarlos. Le pido a los que marcharon que ayuden a erradicar el miedo tan brutal que sentimos los homosexuales en el closet; porque sé que, si bien no son gays, pueden entender la desgracia que es vivir con ese sentimiento. Pueden entender lo que es ser un niño y pensar que no hay lugar para uno en el mundo.

Debo decir que soy muy afortunado, pero que hay miles de personas que no comparten mis privilegios y que están en riesgo de convertirse en víctimas de tragedias atroces si esta campaña de opresión contra los jóvenes continúa. No más maltrato contra los más vulnerables. No es justo que personas que hasta ahora empiezan a vivir tengan que tragarse solos tanto desprecio. Ellos, como todos, merecen que los traten como seres humanos y no como a depravados o delincuentes. A todos los niños hay que inculcarles el respeto por los demás. Es un principio básico de humanidad.

Puertas adentro

En mi escritorio, en La República, en 1986.

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La caricatura me abrió las puertas del periodismo.

Un fugaz recuerdo de mi ingreso al diario La República y a los intrincados senderos del periodismo, ocurrido hace 30 años.

Con frecuencia reniego de los porteros por la pésima administración que hacen de su pequeña cuota de poder. Sin embargo, tengo que reconocer que fue gracias a uno de ellos —a quien sólo recuerdo como Jorge— que mi vida cambió de rumbo hace 30 años.

La mañana del miércoles 12 de marzo de 1986, a mis cándidos y altivos 22 años, me acerqué vacilante a la pequeña cabina de vidrio donde Jorge no sólo fungía como portero sino también como recepcionista del diario La República, cuya sede quedaba justo en la esquina de la calle 16 con carrera 5 de Bogotá. Después de cruzarnos un breve saludo, fui directo al grano.

—Es que yo soy caricaturista —le dije, algo escéptico— y quiero saber con quién puedo hablar, a ver si me dan trabajo.

—Un momento —replicó él, mientras hundía algunos botones de la consola de madera del conmutador.

Segundos después de hablar con alguien se dirigió a mí nuevamente.

—Suba al segundo piso y pregunte por don Ovidio Rincón, que es el subdirector.

Raudo y veloz subí por las escaleras que no sólo me condujeron a la sala de redacción, sino a este mundo del periodismo al que tanto le debo. Contiguo a la vieja sala, donde repiqueteaban tímidamente los télex y las máquinas de escribir, estaba el despacho de don Ovidio Rincón Peláez, quien aquella mañana me atendió sin cita previa, sin conocerme, sin cartas de recomendación, sin apellidos, sin pergaminos, sin experiencia; incluso sin un portafolio de trabajo.

En esa oficina, en una cuartilla de papel periódico que él me dio y aún conservo, hice los trazos que me sirvieron de credenciales para que al día siguiente me recibiera el director, Rodrigo Ospina Hernández, quien me contrató sin vacilaciones. Lo demás ya es una historia más o menos conocida, que en parte se refleja en las páginas de la revista Semana, así como en las publicaciones por las que he pasado y en varios libros que he cometido a lo largo de estos años.

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En mi escritorio, en La República, en 1986.

 

Treinta años después me pregunto qué habría pasado si aquel 12 de marzo Jorge me hubiera recibido con dos piedras en la mano, o si me hubiera remitido a la persona equivocada, o si simplemente me hubiera dicho que volviera luego…

¿Estaría aún en la oficina de finca raíz de mi tía Cristina? ¿Habría desistido de mi intención de trabajar en un periódico, como lo soñaba desde cuando estaba en bachillerato?

Como esas hipótesis no tienen sustento ni esas preguntas respuesta, me limitaré a agradecer por medio de Jorge a todos aquellos que, como él, me han abierto las puertas que en 30 años me han facilitado el acceso a los intrincados senderos del periodismo, no siempre llanos ni iluminados, pero sin duda fascinantes.

Sexo, primicias y video

El revuelo causado por Vicky Dávila con la publicación del video en el cual aparecen el capitán de la Policía Nacional Ányelo Palacios Montero y el exviceministro Carlos Ferro suscitó toda clase de reacciones. Aunque algunas voces se han pronunciado en favor de la periodista, la gran mayoría de los comentarios se centraron en criticarla por la divulgación de ese video, en el cual los dos hombres sostienen una conversación de alto contenido sexual.

Si uno se atiene estrictamente a las imágenes y al audio del clip –que dura unos ocho minutos– no puede deducir que haya ninguna conducta censurable desde el punto de vista institucional, ni nada que constituya un delito. Se trata de dos adultos involucrados en un affaire, que nadie debería juzgar. En cualquier circunstancia –y esta no es la excepción– las preferencias sexuales son un asunto íntimo, sobre el cual los implicados no tienen por qué rendir cuentas ni dar explicaciones públicas.

Así las cosas, el contenido del video no le agregaba nada a la investigación sobre las denuncias que desde más de dos años se vienen haciendo sobre la existencia de una red de prostitución homosexual, conocida como la ‘comunidad del anillo’ en la cual podrían estar involucrados no pocos alumnos de la Escuela de Cadetes General Santander, varios oficiales de rango superior de la Policía Nacional y algunos congresistas de la República.

Aunque las primeras voces de alerta sobre las actividades de la ‘comunidad del anillo’ datan del año 2014, desde hace unos seis meses Vicky Dávila le estaba metiendo el diente con más insistencia al tema, en un hecho que se cruzaba con las denuncias contra la Policía que había hecho la misma periodista por los seguimientos de que eran objeto ella y otros periodistas. Es decir, se trata de dos casos diferentes que, al mezclarse, terminaron convertidos en un explosivo coctel de señalamientos, indirectas, insinuaciones, pataletas, investigaciones y renuncias, que no parecen tener fin ni siquiera con la renuncia de la directora de noticias de La FM.

Como si lo anterior fuera poco, había otra ramificación del escándalo, relacionada con el general Rodolfo Palomino, no sólo por los seguimientos e interceptaciones de comunicaciones de los periodistas, sino por su presunta participación en las andanzas de la ‘comunidad del anillo’ y por otros asuntos por los cuales la Procuraduría le abrió una investigación formal, decisión que finalmente lo obligó a abandonar la dirección general de la Policía.

Una decisión desafortunada

Ahora bien, en cuanto a la publicación del video, buena parte de la opinión y la mayoría de los colegas de Vicky coincidimos en que fue una equivocación garrafal, motivada más por un afán sensacionalista que informativo. Si la idea era aportar algo al proceso, se habría podido hacer alusión al video y a la conversación, en vez de difundirlo todo sin editar.

Hay muchas razones que hacen inexplicable la motivación que tuvo Vicky para emitir semejantes imágenes. Para empezar, si ella –como tanto lo ha denunciado– ha sido víctima de la invasión de su privacidad y la de su familia y sabe el costo que eso significa en términos de tranquilidad, de prestigio y de seguridad, ¿por qué no pensó en la violación de la privacidad y el perjuicio a la familia de Ferro?

También se pregunta uno si la publicación de ese escabroso video estuvo de alguna manera influenciada por un ánimo revanchista de Vicky contra la policía en general y contra el general Palomino en particular, dado el pulso que ambos sostenían desde el año pasado.

Por otra parte, me parece que La FM desperdició una buena oportunidad periodística, pues lo interesante de ese video no estaba propiamente en la cruda conversación de los protagonistas, sino un poco más allá. Si de investigar se trataba, lo lógico habría sido indagar si Ferro y Palacios llegaron a esa situación debido a las conexiones con otros policías o políticos, clientes o integrantes de la ‘comunidad del anillo’.

Aunque creo que cuando un funcionario usa su cargo o jerarquía para satisfacer sus caprichos sexuales su vida íntima deja de ser un asunto personal, este no es el caso, pues el video de marras no contiene nada que involucre al senador en una situación de abuso de poder ni de prostitución. Es más, en las imágenes el hoy capitán Palacios –quien grabó la conversación– no luce como víctima de presión alguna y ellos no hablan de sexo a cambio de dinero, ni de ninguna otra contraprestación. De hecho, el oficial aparece más insistente e incitador que el entonces senador Ferro.

La caída

encuesta-vickyEn fin, por muchas vueltas que uno le de al tema, la conclusión es la misma: en este episodio la autoproclamada periodista–periodista resultó más amarillista que periodista, hecho que sin duda le costó su puesto en la emisora de la familia Ardila Lülle, que por instinto de supervivencia decidió prescindir de ella, después de la desaprobación casi unánime de sus oyentes.

[En una encuesta que hice en Twitter el miércoles en la tarde, la gran mayoría de los 1,665 tuiteros que la respondieron desaprobaron la decisión de publicar el video.]

Por eso se me hace un poco apresurada y sin mucho sustento la teoría que algunos han esbozado sobre la influencia de Juan Manuel Santos en la salida de Vicky Dávila de RCN. Aunque en un foro de la revista Semana el Presidente manifestó su desacuerdo con la difusión del video, sería ingenuo creer que la superpoderosa familia Ardila toma una decisión tan drástica sólo para congraciarse con Santos.

Por el contrario, considero que es lógica la decisión de RCN de apartar a Vicky Dávila de sus micrófonos, pues con esta determinación envían un claro mensaje de que ese tipo de prácticas periodísticas no pueden tener cabida en un medio que se considera serio ni en un país que pretende tener una prensa responsable.

Para los periodistas, esta va a ser una semana de ingrata recordación pero que seguramente nos deja muchas lecciones, no sólo acerca del rigor que se debe tener a la hora de informar, sino de la pulcritud y la responsabilidad que debemos observar al ejercer el oficio más bello del mundo, como bien lo llamaba Camus.

 

‘Abecediario’ alvarista

En 2005, al cumplirse 10 años del asesinato de Álvaro Gómez Hurtado, escribí esta columna en el periódico ‘Portafolio’, que hoy vale la pena desempolvar.
A.— Un perfecto desconocido. En 1986, poco después de perder las elecciones frente a Virgilio Barco, Álvaro Gómez asumió la dirección de la revista Síntesis Económica. Como novel caricaturista, yo quise explorar la posibilidad de publicar mis dibujos en esa revista, dada la semejanza de temas con los del periódico La República, donde yo ya era colaborador. Así las cosas un buen día, en un acto de insensatez, decidí llamar al excandidato a pedirle una cita. No corrí con suerte; la secretaria me dijo que él no se encontraba en la oficina, pero que le dejara mis datos para que me devolvieran la llamada. Colgué el teléfono bastante escéptico, con la convicción de que simplemente me había sacado el cuerpo, cosa que no me sorprendía, pues al fin y al cabo yo nunca lo había visto y llevaba escasos tres meses en el oficio. Días después, sin embargo, al contestar el teléfono una voz grave me dijo: “Le habla Álvaro Gómez”. Me dijo que en ese momento no me podía ofrecer nada, pero que cuando asumiera la dirección de El Siglo volveríamos a hablar. Pocos meses después, contra toda esperanza, fui contratado como colaborador permanente del periódico de La Capuchina, donde desarrollé una de las etapas más apasionantes de mi trabajo.
B.— ¿Cuál intolerante? Cuando me proponen colaborar en algún medio, antes de hablar de plata, la primera condición que pongo es que me dejen expresar libremente, sin ninguna clase de cortapisas; de lo contrario no hay trato. El Siglo no fue la excepción y Álvaro Gómez —a quien vine a conocer personalmente como un mes después de que me habían contratado— siempre fue respetuoso de ese pacto no escrito, aunque no compartiera mis puntos de vista, lo cual desvirtúa esa mala fama que le crearon de reaccionario e intolerante.
C.— Un Señor Director. En el día a día en El Siglo lo pude conocer un poco más, aprendí de sus impecables escritos y me deleité con sus amenas conversaciones y sus punzantes comentarios, que parecían seguir el compás de sus gruesas manos, en una de las cuales era frecuente verle unas gafas oscuras con marco de carey. Bromeando con mi amigo Álvaro Montoya, solía decirle que Gómez no tenía gafas de sol, sino gafas de mano.
D.— Un triunfador derrotado. Y aunque sería imposible hacer conjeturas sobre lo que hubiera sido un gobierno de Álvaro Gómez, lo que sí ha quedado claro es que era un político que tenía una visión que estaba más allá de su tiempo. Baste recordar que perdió las elecciones de 1974 con las mismas banderas que ganó Gaviria dieciséis años después (la apertura económica, mal llamada ‘desarrollismo’); y perdió en el 90 con la misma consigna con que ganó Uribe en 2002 (“que no maten a la gente”).
E.— Ante todo, periodista. Hoy —al conmemorar diez años del asesinato impune de Álvaro Gómez— es un día propicio para invitar a aquellos ‘exalvaristas’ convertidos en furibistas a que repasen un poco las ideas de quien nunca se creyó un Mesías. Gómez —quien se autodefinía como “un periodista y casi nada más que eso”— fue mal político porque para él la política no era un fin sino un medio. Y nunca hizo política con el ánimo de buscar grandeza, sino que se hizo grande a pesar de la política.

A propósito de la caída del Muro

Aunque muchos militantes y simpatizantes de la izquierda más recalcitrante de Colombia parecen no haberse dado cuenta, el muro de Berlín cayó hace 25 años, al finalizar la tarde del 9 de noviembre de 1989, gracias a un afortunado error de Günter Schabowski, un dirigente de la República Democrática Alemana, que en una rueda de prensa transmitida en directo anunció que las medidas para permitir los viajes al exterior de los ciudadanos de la RDA entraban en vigencia de inmediato.

En realidad, el diligente burócrata se adelantó apenas unas horas, pues los permisos para salir del país solo con la cédula entrarían en vigencia a primera hora del día siguiente. Sin embargo, tan pronto como oyeron el anuncio por radio y televisión, miles de habitantes de Alemania Oriental se dirigieron a los puntos fronterizos y se encontraron con unos guardias —más que pasivos, permisivos— que esta vez no activaron las sirenas, ni hicieron uso de sus armas, ni ahucharon a sus perros para impedir el éxodo de sus compatriotas.

Pero la gran movilización se iniciaría al despuntar el 10 de noviembre, cuando las multitudes de ambos lados de la frontera se armaron de martillos, hachuelas y picas, para derribar el “muro de la vergüenza”, que los había separado durante 28 años.

Hasta hace poco más de un cuarto de siglo, para los mismos alemanes la liberación de las fronteras de la Alemania comunista era impensable y el derribamiento del Muro sólo cabía en la imaginación de algún autor de ciencia ficción.

La noticia de la caída del Muro se regó como pólvora por todo el planeta, incluido nuestro país. Aquel 9 de noviembre, en la sede del Instituto Goethe, en Bogotá, profesores y estudiantes, entre los cuales me contaba, no salíamos de la sorpresa. Era difícil dar crédito a los boletines radiales que daban cuenta de los históricos acontecimientos.

Muy conmovedor fue el testimonio de un hombre mayor, alemán él —cuyo rostro recuerdo, mas no su nombre—, quien nos contaba que en la mañana del 13 de agosto de 1961 tenía con un amigo una cita que no pudo cumplir, porque la ciudad había amanecido dividida en dos. “Finalmente lo volveré a ver”, decía entre sollozos de emoción.

Desde luego, estos hechos no se habrían desencadenado sin la apertura que, desde mediados de la década del 80, había implementado en la Unión Soviética su líder, Mijail Gorbachov, con las políticas de glasnost y perestroika, que se tradujo inicialmente en un reconocimiento de derechos civiles proscritos por décadas en los países de la Cortina de Hierro, y que luego ocasionaría el colapso del comunismo y la disolución de la propia URSS, sellada en diciembre de 1991. Fue el fin de la Guerra Fría.

Hasta hace poco más de un cuarto de siglo, para los mismos alemanes la liberación de las fronteras de la Alemania comunista era impensable y el derribamiento del Muro sólo cabía en la imaginación de algún autor de ciencia ficción. “Al respecto, los extranjeros eran más optimistas que nosotros, que habíamos crecido en un país dividido, acostumbrados al statu quo”, dice el embajador alemán en Bogotá, Günter Kniess. Y, al hacer un paralelo con la situación colombiana, agrega: “Muchos colombianos son escépticos con el proceso de paz; los alemanes también lo éramos acerca de la caída del Muro. Creo que en Colombia la solución tiene que ser negociada y pienso que van por buen camino”

Según el diplomático, la experiencia de Alemania no solo ha sido de reunificación, sino de reconciliación, y ha sido un proceso difícil, nada lineal, pero que en todo caso ha valido la pena. Y recoge las palabras de Willy Brandt —excanciller alemán y premio Nobel de Paz—, quien afirmaba: “La paz no lo es todo; pero sin paz todo lo demás no vale nada”.

Dicen que nadie escarmienta en cabeza ajena, pero qué interesantes suenan esas reflexiones en este momento de nuestra historia.

Colofón: Muy triste la noticia de la muerte de Diego Obregón, el mayor de los hijos del gran pintor Alejandro Obregón. Paz en su tumba y un abrazo cariñoso a su familia.

Acabar el conflicto en Colombia: una elección racional

Colombia está inmersa en un proceso electoral para elegir el nuevo presidente que gobernará el país de 2014 a 2018. La campaña ha estado marcada por las recriminaciones, la pugnacidad y la pobreza en el debate electoral. Continuar o terminar el proceso de paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), que se inició en 2012, es el único desacuerdo profundo entre los candidatos. Algunos apoyan el proceso de negociación y otros dicen apoyarlo, pero en realidad están abogando por la rendición sin condiciones de la guerrilla.  Rendición que se podrá presentar tal vez en unas cuantas décadas que estarán marcadas por un dolor y costos similares a los que el país ha enfrentado hasta ahora.

Es sorprendente que aún en Colombia discutamos si acabar con la guerra es la decisión correcta. Cesar el conflicto debería ser la única alternativa. Estudios académicos de la literatura económica demuestran sin lugar a equívocos los altos costos que el país ha pagado por persistir en la guerra. Discuto sólo una muestra de esta evidencia contundente.

La violencia y la incertidumbre que genera el conflicto armado reducen la producción económica. Las firmas y los productores agropecuarios producen menos por los mayores costos que implica producir en medio de la guerra; evitan dedicarse a actividades rentables, pero de alto riesgo, debido a la percepción de vivir en un horizonte de tiempo más corto; reducen sus inversiones y las concentran en activos fáciles de monetizar; y en casos extremos prefieren mantener su capital líquido para poder disponer de él en alguna emergencia. Los efectos de esto no son despreciables. Un estudio de Edgar Villa, Manuel Moscoso y Jorge Restrepo muestra que hoy debido al conflicto el PIB departamental en Colombia demora 18.5 años en duplicarse. Sin el conflicto, demoraría en duplicarse 8.5 años, es decir nos ahorraríamos 10 años (una generación). Felipe Pinilla estima que el conflicto causa una reducción anual en el PIB agropecuario del 3.1%, PIB cuyo crecimiento promedio desde 2001 ha sido 2.4%.Ambas cifras son elocuentes y no necesitan mucha explicación.

Los costos sobre las víctimas directas del conflicto armado son también sustanciales. La migración forzada consecuencia del conflicto armado produce pérdidas de capital sustancial. Estudios que he realizado para Colombia encuentran que la población desplazada perdió 2.1 millones de hectáreas debido al despojo ilegal y abandono de tierras, cifra 3.4 veces más alta que los programas de Reforma Agraria que emprendió el gobierno entre 1993 y 2002. El conflicto ha sido entonces más efectivo para redistribuir tierras que el propio Estado. La pérdida de activos, la dificultad para competir en mercados laborales urbanos y carecer de mecanismos de manejo de riesgo, entre otros, sume a los hogares desplazados en trampas de pobreza. Como resultado de esta dinámica, un 95% de los hogares desplazados en 2005 estaban por debajo de la línea de pobreza y un 75% debajo de la línea de pobreza extrema.

Las consecuencias negativas del conflicto para la población no se restringen a las víctimas directas. La población que reside en medio de la guerra enfrenta también costos que reducen su capacidad presente y futura de generar ingresos. Sólo me concentraré en dos que afectan a los niños, quienes aún no pueden decidir si quieren continuar la guerra: la asistencia escolar y la salud.Fabio Sánchez y Catherine Rodríguez encuentran que el conflicto reduce la asistencia y la calidad educativa. El conflicto reduce en 8.8% los años de educación promedio en el país. Este efecto aumenta a 17% para los niños de 16 y 17 años de edad. Los impactos sobre la educación no desaparecen con el tiempo. Un estudio que estamos haciendo con Leopoldo Fergusson y Juan Felipe Riaño encuentra que los niños de La Violencia (1948 y 1953) enfrentaron impactos de igual magnitud y dicho impacto ha perdurado a lo largo de su  vida. Adriana Camacho demuestra que el estrés generado por el conflicto armado ocasiona un menor peso al nacer, lo cual redunda en el largo plazo en un menor desarrollo cognitivo y menores salarios. Los niños que residen en regiones con explosión de minas antipersonales nacen con un peso al nacer 8.7 gramos menor.

Así podría continuar con una lista extensa del legado de dolor y costos económicos que resulta de nuestra guerra interna. Pero, considero que esta es evidencia suficiente e inequívoca de los costos de la guerra. Continuar el conflicto no es una opción racional.

Cincuenta años de guerra ha dejado un país plagado de odios y dividido, con un porcentaje aterradoramente alto de la población que clama por persistir en la guerra. Quienes descartan la salida negociada del conflicto parecieran no percibir los costos reales que genera el conflicto. Sin embargo, la poca evidencia que presenté en los párrafos anteriores no da espacio para muchas dudas: ¿Se deben sacrificar los beneficios evidentes para el país de cesar la guerra por alimentar el odio de unos cuantos? Los muchos que no estamos dispuestos a continuar con esta violencia que pareciera no tener fin debemos exigir el fin  la guerra y dar los argumentos para imaginarnos los beneficios de un país en paz.

*Ana María Ibáñez es Economista de la Universidad de los Andes. Ph.D. en Economía Agrícola y Recursos Naturales, University of Maryland at College Park

Prólogo de Gabriel García Márquez en ‘Clave – Diccionario de uso del español actual’ (1996)

diccionario-claveTenía cinco años cuando mi abuelo el coronel me llevó a conocer los animales de un circo que estaba de paso en Aracataca. El que más me llamó la atención fue una especie de caballo maltrecho y desolado con una expresión de madre espantosa. “Es un camello”, me dijo el abuelo. Alguien que estaba cerca le salió al paso. “Perdón, coronel”, le dijo. “Es un dromedario.” Puedo imaginarme ahora cómo debió sentirse el abuelo de que alguien lo hubiera corregido en presencia del nieto, pero lo superó con una pregunta digna:
—¿Cuál es la diferencia?
—No la sé —le dijo el otro—, pero éste es un dromedario.

El abuelo no era un hombre culto, ni pretendía serlo, pues a los catorce años se había escapado de la clase para irse a tirar tiros en una de las incontables guerras civiles del Caribe, y nunca volvió a la escuela. Pero toda su vida fue consciente de sus vacíos, y tenía una avidez de conocimientos inmediatos que compensaban de sobra sus defectos.

Aquella tarde del circo volvió abatido a la casa y me llevó a su sobria oficina con un escritorio de cortina, un ventilador y un librero con un solo libro enorme. Lo consultó con una atención infantil, asimiló las informaciones y comparó los dibujos, y entonces supo él y supe yo para siempre la diferencia entre un dromedario y un camello. Al final me puso el mamotreto en el regazo y me dijo:
—Este libro no sólo lo sabe todo, sino que es el único que nunca se equivoca.

Era el diccionario de la lengua, sabe Dios cuál y de cuándo, muy viejo y ya a punto de desencuadernarse. Tenía en el lomo un Atlas colosal, en cuyos hombros se asentaba la bóveda del universo. “Esto quiere decir -dijo mi abuelo– que los diccionarios tienen que sostener el mundo.” Yo no sabía leer ni escribir, pero podía imaginarme cuánta razón tenía el coronel si eran casi dos mil páginas grandes, abigarradas y con dibujos preciosos. En la iglesia me había asombrado el tamaño del misal, pero el diccionario era más grande. Fue como asomarme al mundo entero por primera vez.
—¿Cuántas palabras habrá? —pregunté.
—Todas —dijo el abuelo.

La verdad es que en ese momento yo no necesitaba de las palabras, porque lograba expresar con dibujos todo lo que me impresionaba. A los cuatro años dibujé al mago Richardine, que le cortaba la cabeza a su mujer y se la volvía a pegar, como lo habíamos visto la noche anterior en el teatro. Una secuencia gráfica que empezaba con la decapitación a serrucho, seguía con la exhibición triunfal de la cabeza ensangrentada, y terminaba con la mujer, que agradecía los aplausos con la cabeza otra vez en su puesto. Las historietas gráficas estaban ya inventadas pero las conocí más tarde en el suplemento en colores de los periódicos dominicales. Entonces empecé a inventar historias dibujadas sin diálogos, porque aún no sabía escribir. Sin embargo, la noche en que conocí el diccionario se me despertó tal curiosidad por las palabras, que aprendí a leer más pronto de lo previsto. Así fue mi primer contacto con el que había de ser el libro fundamental en mi destino de escritor.

Un gran maestro de música ha dicho que no es humano imponer a nadie el castigo diario de los ejercicios de piano, sino que éste debe tenerse en la casa para que los niños jueguen con él. Es lo que me sucedió con el diccionario de la lengua. Nunca lo vi como un libro de estudio, gordo y sabio, sino como un juguete para toda la vida. Sobre todo desde que se me ocurrió buscar la palabra amarillo, que estaba descrita de este modo simple: del color del limón. Quedé en las tinieblas, pues en las Américas el limón es de color verde. El desconcierto aumentó cuando leí en el Romancero Gitano de Federico García Lorca estos versos inolvidables: En la mitad del camino cortó limones redondos y los fue tirando al agua hasta que la puso de oro. Con los años, el diccionario de la Real Academia –aunque mantuvo la referencia del limón– hizo el remiendo correspondiente: del color del oro. Sólo a los veintitantos años, cuando fui a Europa, descubrí que allí, en efecto, los limones son amarillos. Pero entonces había hecho ya un fascinante rastreo del tercer color del espectro solar a través de otros diccionarios del presente y del pasado. El Larousse y el Vox –como el de la Academia de 1780– se sirvieron también de las referencias del limón y del oro, pero sólo María Moliner hizo en 1976 la precisión implícita de que el color amarillo no es el de todo el limón sino sólo el de su cáscara. Pero también ella había sacrificado la poesía del Diccionario de Autoridades, que fue el primero de la Academia en 1726, y que describió el amarillo con un candor lírico: Color que imita el del oro cuando es subido, y a la flor de la retama cuando es bajo y amortiguado. Todos los diccionarios juntos, por supuesto, no le daban a los tobillos al más antiguo, compuesto en 1611 por don Sebastián de Covarrubias, que había ido más lejos que ninguno en propiedad e inspiración para identificar el amarillo: Entre las colores se tiene por la mas infelice, por ser la de la muerte y de la larga y peligrosa enfermedad, y la color de los enamorados.

Estos escrutinios indiscretos me llevaron a comprender que los diccionarios rupestres intentaban atrapar una dimensión de las palabras que era esencial para el buen escribir: su significado subjetivo. Nadie lo sabe tanto como los niños hasta los cinco años y los escritores hasta los cien. Los sabores, los sonidos y los olores son los ejemplos más fáciles. Hace muchos años me despertó a media noche la voz de un cordero amarrado en el patio, que balaba en un tono metálico de una regularidad inclemente. Uno de mis hermanos menores, deslumbrado por la simetría del lamento, dijo en la oscuridad: “Parece un faro”. Una tisana hecha con hierbas viejas tenía el sabor inconfundible de una procesión de Viernes Santo. Cuando al Che Guevara le dieron a probar la primera gaseosa que se hizo en Cuba para sustituir el refresco del Cuba Libre, dijo sin vacilar ante las cámaras de televisión: “Sabe a cucaracha”. Más tarde, en privado, fue más explícito: “Sabe a mierda”. ¿Cuántas veces hemos tomado un café que sabe a ventana, un pan que sabe a baúl, un arroz que sabe a solapa y una sopa que sabe a máquina de coser? Un amigo probó en un restaurante unos espléndidos riñones al jerez, y dijo, suspirando: “¡Sabe a mujer!”. En un ardiente verano de Roma tomé un helado que no me dejó la menor duda: sabía a Mozart.

Creo que este género de asociaciones tiene mucho que ver con las diferencias entre un buen novelista y otro que no lo es. En cada palabra, en cada frase, en el simple énfasis de una réplica puede haber una segunda intención secreta que sólo el autor conoce. Su validez tendrá que ser distinta de acuerdo con quien la lea y según su tiempo y su lugar. Cada escritor escribe como puede, pues lo más difícil de este oficio azaroso no es sólo el buen manejo de sus instrumentos, sino la cantidad de corazón que se entregue en el único método inventado hasta ahora para escribir, que es poner una letra después de la otra.

Para resolver estos problemas de la poesía, por supuesto, no existen diccionarios, pero deberían existir. Creo que doña María Moliner, la inolvidable, lo tuvo muy en cuenta cuando se hizo una promesa con muy pocos precedentes: escribir sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario de uso del español. Lo escribió en las horas que le dejaba libre su empleo de bibliotecaria y el que ella consideraba su verdadero oficio: remendar calcetines. Lo que quería en el fondo era agarrar al vuelo todas las palabras desde que nacían. “Sobre todo las que encuentro en los periódicos –según dijo en una entrevista– porque allí viene el idioma vivo, el que se está usando, las palabras que tienen que inventarse al momento.” En realidad, lo que esa mujer de fábula había emprendido era una carrera de velocidad y resistencia contra la vida. Es decir: una empresa infinita, porque las palabras no las hacen los académicos en las academias, sino la gente en la calle. Los autores de los diccionarios las capturan casi siempre demasiado tarde, las embalsaman por orden alfabético, y en muchos casos cuando ya no significan lo que pensaron sus inventores.

En realidad, todo diccionario de la lengua empieza a desactualizarse desde antes de ser publicado, y por muchos esfuerzos que hagan sus autores no logran alcanzar las palabras en su carrera hacia el olvido. Pero María Moliner demostró al menos que la empresa era menos frustrante con los diccionarios de uso. O sea, los que no esperan que las palabras les lleguen a la oficina, sino que salen a buscarlas, como es el caso de este diccionario nuevo que me ha llegado a las manos todavía oloroso a madera de pino y tinta fresca.

Y cuyo destino podría ser menos efímero que el de tantos otros, si se descubre a tiempo que no hay nada más útil y noble que los diccionarios para que jueguen los niños desde los cinco años. Y también, con un poco de suerte, los buenos escritores hasta los cien.

gabo-firma

—Transcrito del Diccionario Clave, Ediciones SM
Madrid, 1997