Ni solo paramilitarismo, ni solo Uribe

Según el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, parlamentar significa “entablar conversaciones con la parte contraria para intentar ajustar la paz, una rendición, un contrato o para zanjar cualquier diferencia”. Y una de las mejores formas de parlamentar, precisamente, es en los debates, como el de la semana pasada sobre el paramilitarismo, que por desgracia acaparó más la apatía que la atención del país.

Desde el comienzo, se sabía que no iba a ser fácil esta diligencia, promovida en la Comisión Segunda del Senado por el senador del Polo Democrático Iván Cepeda. Los escollos empezaron a aparecer desde cuando la Comisión de Ética del propio Senado, en un concepto carente de lógica, pretendió que en semejante discusión no se pronunciara el nombre de Álvaro Uribe Vélez; decisión que al final no fue acatada por ninguno de los que intervinieron. Menos mal.

Sin duda, hubiéramos querido ver más argumentos –y por qué no decirlo, más mesura– de uno y otro lado, pues en la larga sesión se esbozaron apenas unas pinceladas bastante tenues de un problema que ha dejado inmensos vacíos y profundos dolores en muchas familias colombianas y demasiadas cicatrices en nuestra democracia.

Si queremos de verdad llegar al fondo de todos nuestros males, tendremos que hablar sin dobleces del narcotráfico y su poder corruptor e intimidatorio en cada aspecto de nuestras vidas.

Después de nueve horas, la controversia terminó casi como empezó: sin despertar el entusiasmo del ciudadano de a pie, para quien esa “alegadera” carece de sentido. Y algunos de sus protagonistas estaban en la misma onda. De hecho, varios integrantes de la bancada uribista salieron a decir que en medio de tantos problemas que tiene el país este era un debate innecesario.

Nada de eso: estos debates, más que necesarios, son indispensables para desenmarañar un poco la historia colombiana. Tenemos que conocer la verdad; no para que Uribe “se pudra en la cárcel”, sino para saber qué pasó, cómo pasó, por qué pasó y, sobre todo, qué podemos hacer para que desgracias como estas no vuelvan a inundar el país de miedo, sangre y corrupción.

Y ya que estamos en este proceso de exorcismo el paramilitarismo no debería ser el único tema a debatir. Es muy importante, tal y como lo reclaman muchos, que se adelante también una discusión seria acerca de la influencia guerrillera y los tentáculos de las FARC y el ELN en la política, sobre todo en el plano regional.

Más aún, si queremos de verdad llegar al fondo de todos nuestros males, para sanear esta sociedad en sus distintos frentes, tendremos que hablar sin dobleces del narcotráfico y su poder corruptor e intimidatorio en cada aspecto de nuestras vidas; desde la economía hasta la cultura, pasando por la política, el periodismo, la industria, el arte, el comercio, la finca raíz, etcétera.

Y así como el paramilitarismo no es el único tema pendiente, Uribe no es el único expresidente que debería hablar, ni el único al que toca citar. Entrados en materia, tanto Belisario Betancur como César Gaviria, Ernesto Samper y Andrés Pastrana deberían poner la cara, para que nos den sus versiones, para que nos ayuden a construir memoria. Ya se sabe que el pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla y nosotros no tenemos derecho a hacerles repetir a nuestros hijos y nietos esta historia de desesperanza.

Todos los exmandatarios deberían entender que es hoy cuando necesitamos oír sus voces, analizar sus testimonios, conocer sus vivencias. De nada sirve que escriban abultados y lujosos volúmenes de sus memorias para que sean publicados después de muertos. Que se convenzan de que lo importante no es que los absuelva la historia, sino que ayuden a construir un país con algún futuro.

Colofón. En cuestiones de censura, asfixia económica y persecución al periodismo independiente, si en Venezuela llueve en Ecuador no escampa.

Twitter: @Vladdo

Yo soy capaz de imaginar otro Ordóñez

Como yo sí creo en la campaña ‘Soy Capaz’, promovida por la Andi y un vasto sector de empresas, en un creativo y sentido llamado a la reconciliación, he decidido sumarme a esta noble iniciativa para tenderle la mano a un personaje de la política nacional con el que casi nunca comulgo, pero al cual quiero ver con otros ojos. O con otras gafas, mejor dicho.

Yo soy capaz, por consiguiente, de creer que el prestigioso jurista Alejandro Ordóñez ejerce sus funciones basado en los artículos de la Carta Fundamental y no apegado a los versículos de la Biblia, y de pensar que, en cumplimiento de su deber, este funcionario intachable desliga sus firmes creencias católicas de sus actuaciones constitucionales.

Yo soy capaz de hacer de cuenta que en su misión de “proteger los derechos humanos y asegurar su efectividad” el piadoso Procurador General de la Nación condena sin dobleces el matoneo docente del cual fue víctima, por el simple hecho de ser gay, el joven Sergio Urrego en el Gimnasio Castillo Campestre, en Tenjo, Cundinamarca, quien se suicidó el mes pasado en un centro comercial.

Yo soy capaz de imaginar otro Ordóñez y de creer que don Alejandro, en vez de predicador, puede ser procurador.

Yo soy capaz de dejar a un lado la malicia que me hacía creer que el matrimonio de su hija Nathalia había sido un evento más político que religioso, y de pensar que la pompa y el boato de la ceremonia se contradecían con la sencillez y la humildad cristianas.

Yo soy capaz de suponer que el bonachón Ordóñez no es un aficionado a las corridas de toros; que no acepta, promueve ni apoya ninguna justificación para torturar y dar muerte a un animal que en su medio natural es un ser manso, ajeno a la violencia y desprovisto de esa intención de lastimar a hombre alguno; que no asiste a las plazas y que no saca pecho cuando un matador le dedica una faena.

Yo soy capaz de evitar las suspicacias que me llevaban a creer que don Alejandro actuaba con intenciones políticas, anulando a punta de sanciones disciplinarias a sus potenciales oponentes en una eventual candidatura presidencial. Es más: puedo alejar de mi retorcida imaginación la idea de que el señor Procurador tiene aspiraciones políticas.

Yo soy capaz de creer que, al actuar “en defensa del orden jurídico, del patrimonio público, o de los derechos y garantías fundamentales”, su excelencia Alejandro Ordóñez se separa de sus convicciones personales y deja de condenar la dosis mínima y de desvirtuar el debate sobre la despenalización de la droga.

Yo soy capaz de asumir por un momento que, al “vigilar el cumplimiento de la Constitución, las leyes y las decisiones judiciales”, el jefe del Ministerio Público no sigue boicoteando cada vez que puede al derecho al aborto, establecido en nuestro ordenamiento legal en tres casos específicos: riesgo de muerte de la madre, malformación del feto y cuando el embarazo es consecuencia de una violación.

Yo soy capaz de reconocer que el presidente Juan Manuel Santos, con su conocida astucia, evaluó con sumo cuidado y calculó al milímetro las implicaciones que para las políticas clave de su gobierno podría tener el guiño que le dio a la reelección del ilustre Alejandro Ordóñez.

Yo soy capaz de concluir que los palos que el señor Procurador atraviesa en las ruedas del proceso de paz no tienen ninguna relación con su estrecha amistad con ‘el innombrable’ y el exministro Fernando Londoño Hoyos –críticos acérrimos de los acercamientos con las Farc–, ni son producto de sus frecuentes y plácidas sentadas a manteles.

Yo soy capaz, en fin, de imaginar otro Ordóñez y de creer que don Alejandro, en vez de predicador, puede ser procurador.

Colofón. “Van a existir noticias pronto” sobre el ‘carrusel de la salud’, me dijo en una entrevista el doctor Eduardo Montealegre, en julio de 2012. ¿Qué entenderá por prontitud el señor Fiscal?

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Twitter: @Vladdo

Acabar el conflicto en Colombia: una elección racional

Colombia está inmersa en un proceso electoral para elegir el nuevo presidente que gobernará el país de 2014 a 2018. La campaña ha estado marcada por las recriminaciones, la pugnacidad y la pobreza en el debate electoral. Continuar o terminar el proceso de paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), que se inició en 2012, es el único desacuerdo profundo entre los candidatos. Algunos apoyan el proceso de negociación y otros dicen apoyarlo, pero en realidad están abogando por la rendición sin condiciones de la guerrilla.  Rendición que se podrá presentar tal vez en unas cuantas décadas que estarán marcadas por un dolor y costos similares a los que el país ha enfrentado hasta ahora.

Es sorprendente que aún en Colombia discutamos si acabar con la guerra es la decisión correcta. Cesar el conflicto debería ser la única alternativa. Estudios académicos de la literatura económica demuestran sin lugar a equívocos los altos costos que el país ha pagado por persistir en la guerra. Discuto sólo una muestra de esta evidencia contundente.

La violencia y la incertidumbre que genera el conflicto armado reducen la producción económica. Las firmas y los productores agropecuarios producen menos por los mayores costos que implica producir en medio de la guerra; evitan dedicarse a actividades rentables, pero de alto riesgo, debido a la percepción de vivir en un horizonte de tiempo más corto; reducen sus inversiones y las concentran en activos fáciles de monetizar; y en casos extremos prefieren mantener su capital líquido para poder disponer de él en alguna emergencia. Los efectos de esto no son despreciables. Un estudio de Edgar Villa, Manuel Moscoso y Jorge Restrepo muestra que hoy debido al conflicto el PIB departamental en Colombia demora 18.5 años en duplicarse. Sin el conflicto, demoraría en duplicarse 8.5 años, es decir nos ahorraríamos 10 años (una generación). Felipe Pinilla estima que el conflicto causa una reducción anual en el PIB agropecuario del 3.1%, PIB cuyo crecimiento promedio desde 2001 ha sido 2.4%.Ambas cifras son elocuentes y no necesitan mucha explicación.

Los costos sobre las víctimas directas del conflicto armado son también sustanciales. La migración forzada consecuencia del conflicto armado produce pérdidas de capital sustancial. Estudios que he realizado para Colombia encuentran que la población desplazada perdió 2.1 millones de hectáreas debido al despojo ilegal y abandono de tierras, cifra 3.4 veces más alta que los programas de Reforma Agraria que emprendió el gobierno entre 1993 y 2002. El conflicto ha sido entonces más efectivo para redistribuir tierras que el propio Estado. La pérdida de activos, la dificultad para competir en mercados laborales urbanos y carecer de mecanismos de manejo de riesgo, entre otros, sume a los hogares desplazados en trampas de pobreza. Como resultado de esta dinámica, un 95% de los hogares desplazados en 2005 estaban por debajo de la línea de pobreza y un 75% debajo de la línea de pobreza extrema.

Las consecuencias negativas del conflicto para la población no se restringen a las víctimas directas. La población que reside en medio de la guerra enfrenta también costos que reducen su capacidad presente y futura de generar ingresos. Sólo me concentraré en dos que afectan a los niños, quienes aún no pueden decidir si quieren continuar la guerra: la asistencia escolar y la salud.Fabio Sánchez y Catherine Rodríguez encuentran que el conflicto reduce la asistencia y la calidad educativa. El conflicto reduce en 8.8% los años de educación promedio en el país. Este efecto aumenta a 17% para los niños de 16 y 17 años de edad. Los impactos sobre la educación no desaparecen con el tiempo. Un estudio que estamos haciendo con Leopoldo Fergusson y Juan Felipe Riaño encuentra que los niños de La Violencia (1948 y 1953) enfrentaron impactos de igual magnitud y dicho impacto ha perdurado a lo largo de su  vida. Adriana Camacho demuestra que el estrés generado por el conflicto armado ocasiona un menor peso al nacer, lo cual redunda en el largo plazo en un menor desarrollo cognitivo y menores salarios. Los niños que residen en regiones con explosión de minas antipersonales nacen con un peso al nacer 8.7 gramos menor.

Así podría continuar con una lista extensa del legado de dolor y costos económicos que resulta de nuestra guerra interna. Pero, considero que esta es evidencia suficiente e inequívoca de los costos de la guerra. Continuar el conflicto no es una opción racional.

Cincuenta años de guerra ha dejado un país plagado de odios y dividido, con un porcentaje aterradoramente alto de la población que clama por persistir en la guerra. Quienes descartan la salida negociada del conflicto parecieran no percibir los costos reales que genera el conflicto. Sin embargo, la poca evidencia que presenté en los párrafos anteriores no da espacio para muchas dudas: ¿Se deben sacrificar los beneficios evidentes para el país de cesar la guerra por alimentar el odio de unos cuantos? Los muchos que no estamos dispuestos a continuar con esta violencia que pareciera no tener fin debemos exigir el fin  la guerra y dar los argumentos para imaginarnos los beneficios de un país en paz.

*Ana María Ibáñez es Economista de la Universidad de los Andes. Ph.D. en Economía Agrícola y Recursos Naturales, University of Maryland at College Park

Prólogo de Gabriel García Márquez en ‘Clave – Diccionario de uso del español actual’ (1996)

diccionario-claveTenía cinco años cuando mi abuelo el coronel me llevó a conocer los animales de un circo que estaba de paso en Aracataca. El que más me llamó la atención fue una especie de caballo maltrecho y desolado con una expresión de madre espantosa. “Es un camello”, me dijo el abuelo. Alguien que estaba cerca le salió al paso. “Perdón, coronel”, le dijo. “Es un dromedario.” Puedo imaginarme ahora cómo debió sentirse el abuelo de que alguien lo hubiera corregido en presencia del nieto, pero lo superó con una pregunta digna:
—¿Cuál es la diferencia?
—No la sé —le dijo el otro—, pero éste es un dromedario.

El abuelo no era un hombre culto, ni pretendía serlo, pues a los catorce años se había escapado de la clase para irse a tirar tiros en una de las incontables guerras civiles del Caribe, y nunca volvió a la escuela. Pero toda su vida fue consciente de sus vacíos, y tenía una avidez de conocimientos inmediatos que compensaban de sobra sus defectos.

Aquella tarde del circo volvió abatido a la casa y me llevó a su sobria oficina con un escritorio de cortina, un ventilador y un librero con un solo libro enorme. Lo consultó con una atención infantil, asimiló las informaciones y comparó los dibujos, y entonces supo él y supe yo para siempre la diferencia entre un dromedario y un camello. Al final me puso el mamotreto en el regazo y me dijo:
—Este libro no sólo lo sabe todo, sino que es el único que nunca se equivoca.

Era el diccionario de la lengua, sabe Dios cuál y de cuándo, muy viejo y ya a punto de desencuadernarse. Tenía en el lomo un Atlas colosal, en cuyos hombros se asentaba la bóveda del universo. “Esto quiere decir -dijo mi abuelo– que los diccionarios tienen que sostener el mundo.” Yo no sabía leer ni escribir, pero podía imaginarme cuánta razón tenía el coronel si eran casi dos mil páginas grandes, abigarradas y con dibujos preciosos. En la iglesia me había asombrado el tamaño del misal, pero el diccionario era más grande. Fue como asomarme al mundo entero por primera vez.
—¿Cuántas palabras habrá? —pregunté.
—Todas —dijo el abuelo.

La verdad es que en ese momento yo no necesitaba de las palabras, porque lograba expresar con dibujos todo lo que me impresionaba. A los cuatro años dibujé al mago Richardine, que le cortaba la cabeza a su mujer y se la volvía a pegar, como lo habíamos visto la noche anterior en el teatro. Una secuencia gráfica que empezaba con la decapitación a serrucho, seguía con la exhibición triunfal de la cabeza ensangrentada, y terminaba con la mujer, que agradecía los aplausos con la cabeza otra vez en su puesto. Las historietas gráficas estaban ya inventadas pero las conocí más tarde en el suplemento en colores de los periódicos dominicales. Entonces empecé a inventar historias dibujadas sin diálogos, porque aún no sabía escribir. Sin embargo, la noche en que conocí el diccionario se me despertó tal curiosidad por las palabras, que aprendí a leer más pronto de lo previsto. Así fue mi primer contacto con el que había de ser el libro fundamental en mi destino de escritor.

Un gran maestro de música ha dicho que no es humano imponer a nadie el castigo diario de los ejercicios de piano, sino que éste debe tenerse en la casa para que los niños jueguen con él. Es lo que me sucedió con el diccionario de la lengua. Nunca lo vi como un libro de estudio, gordo y sabio, sino como un juguete para toda la vida. Sobre todo desde que se me ocurrió buscar la palabra amarillo, que estaba descrita de este modo simple: del color del limón. Quedé en las tinieblas, pues en las Américas el limón es de color verde. El desconcierto aumentó cuando leí en el Romancero Gitano de Federico García Lorca estos versos inolvidables: En la mitad del camino cortó limones redondos y los fue tirando al agua hasta que la puso de oro. Con los años, el diccionario de la Real Academia –aunque mantuvo la referencia del limón– hizo el remiendo correspondiente: del color del oro. Sólo a los veintitantos años, cuando fui a Europa, descubrí que allí, en efecto, los limones son amarillos. Pero entonces había hecho ya un fascinante rastreo del tercer color del espectro solar a través de otros diccionarios del presente y del pasado. El Larousse y el Vox –como el de la Academia de 1780– se sirvieron también de las referencias del limón y del oro, pero sólo María Moliner hizo en 1976 la precisión implícita de que el color amarillo no es el de todo el limón sino sólo el de su cáscara. Pero también ella había sacrificado la poesía del Diccionario de Autoridades, que fue el primero de la Academia en 1726, y que describió el amarillo con un candor lírico: Color que imita el del oro cuando es subido, y a la flor de la retama cuando es bajo y amortiguado. Todos los diccionarios juntos, por supuesto, no le daban a los tobillos al más antiguo, compuesto en 1611 por don Sebastián de Covarrubias, que había ido más lejos que ninguno en propiedad e inspiración para identificar el amarillo: Entre las colores se tiene por la mas infelice, por ser la de la muerte y de la larga y peligrosa enfermedad, y la color de los enamorados.

Estos escrutinios indiscretos me llevaron a comprender que los diccionarios rupestres intentaban atrapar una dimensión de las palabras que era esencial para el buen escribir: su significado subjetivo. Nadie lo sabe tanto como los niños hasta los cinco años y los escritores hasta los cien. Los sabores, los sonidos y los olores son los ejemplos más fáciles. Hace muchos años me despertó a media noche la voz de un cordero amarrado en el patio, que balaba en un tono metálico de una regularidad inclemente. Uno de mis hermanos menores, deslumbrado por la simetría del lamento, dijo en la oscuridad: “Parece un faro”. Una tisana hecha con hierbas viejas tenía el sabor inconfundible de una procesión de Viernes Santo. Cuando al Che Guevara le dieron a probar la primera gaseosa que se hizo en Cuba para sustituir el refresco del Cuba Libre, dijo sin vacilar ante las cámaras de televisión: “Sabe a cucaracha”. Más tarde, en privado, fue más explícito: “Sabe a mierda”. ¿Cuántas veces hemos tomado un café que sabe a ventana, un pan que sabe a baúl, un arroz que sabe a solapa y una sopa que sabe a máquina de coser? Un amigo probó en un restaurante unos espléndidos riñones al jerez, y dijo, suspirando: “¡Sabe a mujer!”. En un ardiente verano de Roma tomé un helado que no me dejó la menor duda: sabía a Mozart.

Creo que este género de asociaciones tiene mucho que ver con las diferencias entre un buen novelista y otro que no lo es. En cada palabra, en cada frase, en el simple énfasis de una réplica puede haber una segunda intención secreta que sólo el autor conoce. Su validez tendrá que ser distinta de acuerdo con quien la lea y según su tiempo y su lugar. Cada escritor escribe como puede, pues lo más difícil de este oficio azaroso no es sólo el buen manejo de sus instrumentos, sino la cantidad de corazón que se entregue en el único método inventado hasta ahora para escribir, que es poner una letra después de la otra.

Para resolver estos problemas de la poesía, por supuesto, no existen diccionarios, pero deberían existir. Creo que doña María Moliner, la inolvidable, lo tuvo muy en cuenta cuando se hizo una promesa con muy pocos precedentes: escribir sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario de uso del español. Lo escribió en las horas que le dejaba libre su empleo de bibliotecaria y el que ella consideraba su verdadero oficio: remendar calcetines. Lo que quería en el fondo era agarrar al vuelo todas las palabras desde que nacían. “Sobre todo las que encuentro en los periódicos –según dijo en una entrevista– porque allí viene el idioma vivo, el que se está usando, las palabras que tienen que inventarse al momento.” En realidad, lo que esa mujer de fábula había emprendido era una carrera de velocidad y resistencia contra la vida. Es decir: una empresa infinita, porque las palabras no las hacen los académicos en las academias, sino la gente en la calle. Los autores de los diccionarios las capturan casi siempre demasiado tarde, las embalsaman por orden alfabético, y en muchos casos cuando ya no significan lo que pensaron sus inventores.

En realidad, todo diccionario de la lengua empieza a desactualizarse desde antes de ser publicado, y por muchos esfuerzos que hagan sus autores no logran alcanzar las palabras en su carrera hacia el olvido. Pero María Moliner demostró al menos que la empresa era menos frustrante con los diccionarios de uso. O sea, los que no esperan que las palabras les lleguen a la oficina, sino que salen a buscarlas, como es el caso de este diccionario nuevo que me ha llegado a las manos todavía oloroso a madera de pino y tinta fresca.

Y cuyo destino podría ser menos efímero que el de tantos otros, si se descubre a tiempo que no hay nada más útil y noble que los diccionarios para que jueguen los niños desde los cinco años. Y también, con un poco de suerte, los buenos escritores hasta los cien.

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—Transcrito del Diccionario Clave, Ediciones SM
Madrid, 1997

Tres trinos de vértigo

NOTA: A propósito del primer año del escándalo de Interbolsa, La República me pidió un artículo sobre los trinos que puse en Twitter, en los que di las primeras alertas sobre el colapso de esa firma. Este fue el resultado, publicado en dicho diario.

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Bogotá.— Soltar una primicia por Twitter no es un asunto muy convencional, y menos aún cuando una ‘bomba’ noticiosa puede tener unas implicaciones tan serias como ocurrió en el caso de la firma de corredores Interbolsa el primero de noviembre del año pasado.

Por supuesto, antes de escribir una sílaba con una información tan delicada fue necesario hacer una serie de verificaciones para evitar cualquier error, que en un caso como este podría sepultar para siempre la credibilidad de un periodista.

Desde un comienzo yo fui consciente de las consecuencias que podrían tener las pocas frases contenidas en esos tres trinos, y por eso hasta el último momento confirmé cada uno de los datos que me disponía a divulgar. En una de las conversaciones previas con una de las fuentes consultadas, le pregunté: “¿Usted es consciente de que si esta información es falsa hoy puede ser el fin de mi carrera como periodista?” A pesar de que recibí un parte de tranquilidad de esta persona, consulté nuevamente a otras dos fuentes del sector financiero, una de ellas muy cercana a Interbolsa, las cuales me dieron más detalles y me hicieron algunas precisiones adicionales sobre la crisis que se avecinaba en el mercado bursátil colombiano.

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Así las cosas, faltando unos segundos para las 10:00 am, redacté el primer trino y, no exento de nervios, hundí la tecla de enviar. Obviamente, en unos pocos instantes mi cuenta de Twitter se convirtió en un hervidero de reacciones de mis seguidores. Algunos me tacharon de irresponsable, otros me acusaron de poco ético y los más intransigentes llegaron incluso a afirmar que yo estaba causando pánico económico, delito castigado por la ley en nuestro país.

Desde luego también hubo muchos tuiteros que les daban crédito a mis afirmaciones. En todo caso, sin prestarles atención ni a unos ni a otros yo publiqué dos trinos más con la información que tenía en mi poder sobre la debacle de Interbolsa, tema que en cuestión de minutos invadió las redes sociales y por poco hace reventar mi celular.

Una de mis fuentes me había informado que la empresa comisionista iba a emitir un comunicado a las 11 am reconociendo la crisis en que se encontraba; motivo que me llevó a eliminar mis trinos, pero sin retractarme de su contenido, de manera que a partir de ese momento la información fluyera por los canales convencionales.

Sin embargo, dicho comunicado no se produjo y quienes me señalaron como irresponsable se llenaron de argumentos para continuar atacándome. En medio de semejante agite, apareció en la página web del diario Portafolio una declaración de Rodrigo Jaramillo, presidente de Interbolsa, donde afirmaba que me iba a demandar, asunto que yo no podía tomar a la ligera, a pesar de la solidez que yo creía que mis datos tenían.

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No obstante, pocos minutos después de la amenaza de Jaramillo y mientras arreciaban las críticas de tirios y troyanos en mi contra, Interbolsa expidió el esperado comunicado del cual mi fuente había hablado. Lo que ocurrió a partir de ese momento ya es de dominio público, y aunque yo no sentí ninguna alegría, sí me produjo una inmensa satisfacción profesional.

Situaciones como esta se presentan pocas veces en la vida de un periodista y, por muy avezado que uno sea, cuando ejerce con intensidad este oficio las primicias siempre le ponen a hervir la sangre. Independientemente de que estas sean publicadas en la primera página de un gran periódico o en las tres líneas de una cuenta de Twitter. •

Aquí, el link del artículo en La República:
http://www.larepublica.co/finanzas/historia-de-tres-trinos-de-v%C3%A9rtigo_67171