A propósito de la caída del Muro

Aunque muchos militantes y simpatizantes de la izquierda más recalcitrante de Colombia parecen no haberse dado cuenta, el muro de Berlín cayó hace 25 años, al finalizar la tarde del 9 de noviembre de 1989, gracias a un afortunado error de Günter Schabowski, un dirigente de la República Democrática Alemana, que en una rueda de prensa transmitida en directo anunció que las medidas para permitir los viajes al exterior de los ciudadanos de la RDA entraban en vigencia de inmediato.

En realidad, el diligente burócrata se adelantó apenas unas horas, pues los permisos para salir del país solo con la cédula entrarían en vigencia a primera hora del día siguiente. Sin embargo, tan pronto como oyeron el anuncio por radio y televisión, miles de habitantes de Alemania Oriental se dirigieron a los puntos fronterizos y se encontraron con unos guardias —más que pasivos, permisivos— que esta vez no activaron las sirenas, ni hicieron uso de sus armas, ni ahucharon a sus perros para impedir el éxodo de sus compatriotas.

Pero la gran movilización se iniciaría al despuntar el 10 de noviembre, cuando las multitudes de ambos lados de la frontera se armaron de martillos, hachuelas y picas, para derribar el “muro de la vergüenza”, que los había separado durante 28 años.

Hasta hace poco más de un cuarto de siglo, para los mismos alemanes la liberación de las fronteras de la Alemania comunista era impensable y el derribamiento del Muro sólo cabía en la imaginación de algún autor de ciencia ficción.

La noticia de la caída del Muro se regó como pólvora por todo el planeta, incluido nuestro país. Aquel 9 de noviembre, en la sede del Instituto Goethe, en Bogotá, profesores y estudiantes, entre los cuales me contaba, no salíamos de la sorpresa. Era difícil dar crédito a los boletines radiales que daban cuenta de los históricos acontecimientos.

Muy conmovedor fue el testimonio de un hombre mayor, alemán él —cuyo rostro recuerdo, mas no su nombre—, quien nos contaba que en la mañana del 13 de agosto de 1961 tenía con un amigo una cita que no pudo cumplir, porque la ciudad había amanecido dividida en dos. “Finalmente lo volveré a ver”, decía entre sollozos de emoción.

Desde luego, estos hechos no se habrían desencadenado sin la apertura que, desde mediados de la década del 80, había implementado en la Unión Soviética su líder, Mijail Gorbachov, con las políticas de glasnost y perestroika, que se tradujo inicialmente en un reconocimiento de derechos civiles proscritos por décadas en los países de la Cortina de Hierro, y que luego ocasionaría el colapso del comunismo y la disolución de la propia URSS, sellada en diciembre de 1991. Fue el fin de la Guerra Fría.

Hasta hace poco más de un cuarto de siglo, para los mismos alemanes la liberación de las fronteras de la Alemania comunista era impensable y el derribamiento del Muro sólo cabía en la imaginación de algún autor de ciencia ficción. “Al respecto, los extranjeros eran más optimistas que nosotros, que habíamos crecido en un país dividido, acostumbrados al statu quo”, dice el embajador alemán en Bogotá, Günter Kniess. Y, al hacer un paralelo con la situación colombiana, agrega: “Muchos colombianos son escépticos con el proceso de paz; los alemanes también lo éramos acerca de la caída del Muro. Creo que en Colombia la solución tiene que ser negociada y pienso que van por buen camino”

Según el diplomático, la experiencia de Alemania no solo ha sido de reunificación, sino de reconciliación, y ha sido un proceso difícil, nada lineal, pero que en todo caso ha valido la pena. Y recoge las palabras de Willy Brandt —excanciller alemán y premio Nobel de Paz—, quien afirmaba: “La paz no lo es todo; pero sin paz todo lo demás no vale nada”.

Dicen que nadie escarmienta en cabeza ajena, pero qué interesantes suenan esas reflexiones en este momento de nuestra historia.

Colofón: Muy triste la noticia de la muerte de Diego Obregón, el mayor de los hijos del gran pintor Alejandro Obregón. Paz en su tumba y un abrazo cariñoso a su familia.

A propósito de la caída del Muro

Aunque muchos militantes y simpatizantes de la izquierda más recalcitrante de Colombia parecen no haberse dado cuenta, el muro de Berlín cayó hace 25 años, al finalizar la tarde del 9 de noviembre de 1989, gracias a un afortunado error de Günter Schabowski, un dirigente de la República Democrática Alemana, que en una rueda de prensa transmitida en directo anunció que las medidas para permitir los viajes al exterior de los ciudadanos de la RDA entraban en vigencia de inmediato.

En realidad, el diligente burócrata se adelantó apenas unas horas, pues los permisos para salir del país solo con la cédula entrarían en vigencia a primera hora del día siguiente. Sin embargo, tan pronto como oyeron el anuncio por radio y televisión, miles de habitantes de Alemania Oriental se dirigieron a los puntos fronterizos y se encontraron con unos guardias —más que pasivos, permisivos— que esta vez no activaron las sirenas, ni hicieron uso de sus armas, ni ahucharon a sus perros para impedir el éxodo de sus compatriotas.

Pero la gran movilización se iniciaría al despuntar el 10 de noviembre, cuando las multitudes de ambos lados de la frontera se armaron de martillos, hachuelas y picas, para derribar el “muro de la vergüenza”, que los había separado durante 28 años.

Para los alemanes la liberación de las fronteras de la Alemania comunista era impensable y la caída del Muro sólo cabía en la imaginación de algún autor de ciencia ficción.

La noticia de la caída del Muro se regó como pólvora por todo el planeta, incluido nuestro país. Aquel 9 de noviembre, en la sede del Instituto Goethe, en Bogotá, profesores y estudiantes, entre los cuales me contaba, no salíamos de la sorpresa. Era difícil dar crédito a los boletines radiales que daban cuenta de los históricos acontecimientos.

Muy conmovedor fue el testimonio de un hombre mayor, alemán él —cuyo rostro recuerdo, mas no su nombre—, quien nos contaba que en la mañana del 13 de agosto de 1961 tenía con un amigo una cita que no pudo cumplir, porque la ciudad había amanecido dividida en dos. “Finalmente lo volveré a ver”, decía entre sollozos de emoción.

Desde luego, estos hechos no se habrían desencadenado sin la apertura que, desde mediados de la década del 80, había implementado en la Unión Soviética su líder, Mijail Gorbachov, con las políticas de glasnost y perestroika, que se tradujo inicialmente en un reconocimiento de derechos civiles proscritos por décadas en los países de la Cortina de Hierro, y que luego ocasionaría el colapso del comunismo y la disolución de la propia URSS, sellada en diciembre de 1991. Fue el fin de la Guerra Fría.

Hasta hace poco más de un cuarto de siglo, para los mismos alemanes la liberación de las fronteras de la Alemania comunista era impensable y el derribamiento del Muro sólo cabía en la imaginación de algún autor de ciencia ficción. “Al respecto, los extranjeros eran más optimistas que nosotros, que habíamos crecido en un país dividido, acostumbrados al statu quo”, dice el embajador alemán en Bogotá, Günter Kniess. Y, al hacer un paralelo con la situación colombiana, agrega: “Muchos colombianos son escépticos con el proceso de paz; los alemanes también lo éramos acerca de la caída del Muro. Creo que en Colombia la solución tiene que ser negociada y pienso que van por buen camino”

Según el diplomático, la experiencia de Alemania no solo ha sido de reunificación, sino de reconciliación, y ha sido un proceso difícil, nada lineal, pero que en todo caso ha valido la pena. Y recoge las palabras de Willy Brandt —excanciller alemán y premio Nobel de Paz—, quien afirmaba: “La paz no lo es todo; pero sin paz todo lo demás no vale nada”.

Dicen que nadie escarmienta en cabeza ajena, pero qué interesantes suenan esas reflexiones en este momento de nuestra historia.

Colofón: Muy triste la noticia de la muerte de Diego Obregón, el mayor de los hijos del gran pintor Alejandro Obregón. Paz en su tumba y un abrazo cariñoso a su familia.

¿Además de indignados, amnésicos?

El escozor que ha despertado entre dirigentes y congresistas del Centro Democrático la llegada de los comandantes de las Farc como negociadores a La Habana no tiene justificación, ni explicación; pero sí una alta dosis de contradicción. O de cinismo.

Tras la tormenta desatada por el ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón, cuando declaró que Timochenko había viajado a Cuba en varias oportunidades, la marea había bajado un poco; pero en días pasados las aguas se volvieron a agitar con la llegada a la isla de otro contingente de guerrilleros, encabezado por alias Romaña.

Este ha sido el nuevo caballito de batalla de las tropas uribistas contra el proceso de paz, sin tener en cuenta que, ya entrados en una negociación, es lógico que sean ellos los que pongan en La Habana sus cartas sobre la mesa. ¿O qué pretenden, a estas alturas del partido? ¿Que a las Farc las represente alguna ONG europea? ¿Algún enviado del Vaticano? ¿El presidente de una junta de acción comunal?

Para nadie es un secreto que Romaña y compañía son criminales; que han secuestrado a muchos ciudadanos; que han asesinado a decenas de compatriotas, incluso a mujeres y niños; que han sembrado de minas nuestros campos; que han atacado y masacrado a numerosos miembros de nuestras fuerzas armadas; que han hostigado y bombardeado pueblos, destruyendo casas, escuelas, hospitales, iglesias, estaciones de policía; que han volado puentes, carreteras y torres de energía y que han contaminado ríos.

Aunque agobia repetirlo tanto, la paz no se hace con los amigos, ni con personas que nos simpatizan: se hace con los adversarios. Y en este caso los adversarios son ellos: los señores de las Farc.

También sabemos que las Farc se han lucrado ¡y de qué manera! del narcotráfico, cuestión que en el pasado Alfredo Rangel analizaba bajo otra óptica. “La guerrilla, aunque muchos se nieguen a reconocerlo, es distinta. Aun cuando recurra al secuestro, a la extorsión y al narcotráfico para financiarse, su naturaleza es esencialmente política. Utiliza medios bandoleriles, pero sus objetivos son políticos, no de enriquecimiento personal. El hecho de que la guerrilla trafique con droga no la convierte en una mafia”, escribía hace 10 años el hoy senador del Centro Democrático, en El Tiempo (diciembre 31 de 2004).

Sin embargo, más allá de sus antecedentes como terroristas y narcotraficantes lo cierto es que hoy esa guerrilla está en unas conversaciones de paz con el gobierno. Y, aunque agobia repetirlo tanto, la paz no se hace con los amigos, ni con personas que nos simpatizan: se hace con los adversarios. Y en este caso los adversarios son ellos: los señores de las Farc. Sanguinarios muchas veces, dementes otras y temibles siempre, hoy son la contraparte; y esos tipos que desembarcan ahora en Cuba son sus dirigentes, y son quienes pueden pactar y firmar con los representantes del gobierno nacional los acuerdos que permitan ponerle punto final a este desangre de medio siglo del cual muchos estamos hartos.

Como si fuera poco, la frágil memoria de los indignados del Centro Democrático los lleva a incurrir en una vulgar contradicción, al olvidar que en tiempos de Uribe, por Santa Fe de Ralito se pavoneaban tipos tan sanguinarios como los hermanos Castaño, don Berna, Salvatore Mancuso y muchos otros, con quienes se negoció no sabemos qué ni en qué condiciones…

De hecho, por orden de Uribe —y en medio de aplausos y venias de muchos de los que hoy se erizan con la sola mención de la palabra paz—, los señores Mancuso, Ramón Isaza y Ernesto Báez estuvieron en el Capitolio dándonos cátedra de democracia y convivencia. Muy curioso que en esa época sí se valía hacer cualquier esfuerzo supuestamente por la reconciliación y no se hablara de claudicaciones del estado ni cosas de esas…

Colofón: Que Hollman Morris quiera ser alcalde de Bogotá no tiene nada de malo, así sea un candidato inviable; lo grave es que haya usado como trampolín a Canal Capital.

El pecado de callar bajo presión

Al denunciar los atropellos de que son víctimas muchos medios y reporteros, los defensores del derecho a la información suelen señalar la autocensura como una de las amenazas más serias que se ciernen sobre el periodismo en nuestro continente. Por ejemplo, al hablar del acoso de que es víctima la prensa en Ecuador, estrangulada por una vergonzosa ley de comunicación, Ricardo Trotti –el nuevo director ejecutivo de la Sociedad Interamericana de Prensa– denuncia que la imposición de multas absurdas en unos casos ha llevado al cierre de varios medios y, en otros, “a entrar en un nivel de autocensura cada vez más alto”.

En la página 244 de la vigesimotercera edición del Diccionario de la lengua española –recién salida de la imprenta– se define la autocensura como la “limitación o censura que se impone uno a sí mismo”. Vista así, asépticamente, es una palabra que cualquiera entiende; una definición que no requiere mayores explicaciones. Sin embargo, puesta en el contexto de la libertad de expresión, la cuestión es menos simple.

Hablar de autocensura en la prensa es trasladarle al periodista, o al medio, la responsabilidad de una conducta que atenta contra sí mismo. Cuando uno se autocomplace, se autoelogia o, incluso, cuando se autoengaña, lo hace porque algo desde adentro lo empuja a asumir tales actitudes que, de cierto modo, pueden hasta resultar placenteras. De hecho, los masoquistas experimentan algún grado de placer al verse humillados o maltratados por otra persona, cosa que no se puede decir de un periodista al que le toca tragarse lo que sabe o ignorar la realidad que lo circunda si quiere seguir vivo o necesita conservar su trabajo.

Es inadmisible que, por temor a un tribunal, el director de un periódico tenga que abstenerse de criticar a un mandatario; o que, por miedo a una bala, a un reportero raso le toque engavetar el prontuario de un delincuente.

La mal llamada autocensura, pues, no tiene nada de divertido, ni es algo de lo cual alguien pueda sentirse orgulloso. No se trata de un deseo interno, irrefrenable o placentero de callar. No, señores. Esos periodistas que deciden no publicar una información porque saben que estarían arriesgando el pellejo, o poniendo su empleo en peligro, no actúan por gusto sino porque están advertidos de que decir la verdad puede salirles muy caro. Es una cuestión dolorosa, que no solo produce vergüenza sino que atenta contra la dignidad de quienes se rompen el espinazo para registrar y analizar lo que pasa día tras día.

Es inadmisible que, por temor a un tribunal, el director de un periódico tenga que abstenerse de criticar a un mandatario; o que, por miedo a una bala, a un reportero raso le toque engavetar el prontuario de un delincuente. Aquí, de ninguna manera, podemos decir que es autocensura, pues no es una decisión voluntaria; se trata de censura previa, de una presión indebida, así en el caso de los gobiernos esté disfrazada de legalidad.

Desde luego, hay periodistas que callan por conveniencia, por amistad o cercanía con las fuentes, por intereses personales o por buscar algún otro beneficio; pero eso tampoco es autocensura. En estas circunstancias debemos hablar de corrupción, complicidad o cualquier otra conducta, en todo caso contraria a la ética y a los principios que deben ser el fundamento de nuestro trabajo.

Cuando nos refiramos al silencio obligado, consecuencia de las amenazas o de las mordazas gubernamentales, llamemos las cosas por el nombre y no hablemos de autocensura, pues de esta manera les estamos haciendo el juego a señores como Nicolás Maduro y Rafael Correa –al igual que a su colega del sur, Cristina Fernández– para que se puedan lavar las manos tranquilamente.

Colofón. Es verdad que el ELN ha cometido muchas atrocidades y crímenes inaceptables; pero es muy triste ver que antes de que se inicien los diálogos con este grupo guerrillero, algunos ya estén pronosticando su fracaso.

Un hombre de guerra en busca de la paz

Muy útiles han resultado las columnas de Daniel Coronell para que algunos descubran el lado pacífico y hasta tolerante de Álvaro Uribe Vélez; esa actitud bonachona y generosa, que el exmandatario trata ahora de disimular con sus trinos y sus airados discursos en el Congreso de la República.

Gracias a los más recientes artículos publicados en Semana, tenemos ahora una visión mucho más completa de ese hombre de guerra que también ha querido ser un forjador de paz, propósito que no le es ajeno y por el que ha trabajado de diversas formas y en distintos frentes el inagotable senador.

En las notas en las cuales Coronell revela que en 2006 Uribe no sólo se reunió con el abogado Henry Acosta –emisario de ‘Pablo Catatumbo’– sino que además “le ofreció a las FARC la posibilidad de desmilitarizar un área, de discutir con esa guerrilla la aplicación de la extradición si había proceso de paz, y efectuar un cese bilateral del fuego” queda claro que el hombre de la mano firme, en efecto tenía un corazón grande; cosa que ahora parece avergonzarlo.

En un país azotado por un conflicto armado de más de medio siglo, el doctor Uribe y su cohorte deberían saber que haber tratado de propiciar acercamientos con la insurgencia para buscar una paz negociada no es sinónimo de debilidad, ni implica una “claudicación del Estado frente a la subversión”. Así su gobierno haya ofrecido desmilitarizar una zona del territorio nacional, para facilitar un eventual encuentro con algún comandante guerrillero.

Quienes esperamos que nuestros hijos tengan un país más amable para vivir creemos que por muy cara que sea la paz, siempre va a ser más barata que la guerra.

Por otra parte, el hecho de haber desembolsado más de 1,500 millones de pesos para invertir en zonas de influencia de las FARC y ambientar un posible diálogo, tampoco podría convertir a Uribe en un “presidente derrochón”. En ese momento era un gasto necesario, por el cual nadie debería hacerle reproches ni reclamos al expresidente ni a su comisionado de paz. Quienes esperamos que nuestros hijos tengan un país más amable para vivir creemos que por muy cara que sea la paz, siempre va a ser más barata que la guerra.

Aunque muchos se hayan sorprendido con las revelaciones de Daniel, lo cierto es que no muestran a un Uribe nuevo, sino que desempolvan esa actitud conciliadora que lo caracterizó en el pasado y que ya había quedado manifiesta a finales de 1992, cuando quiso ser mediador para que el prófugo Pablo Escobar se entregara a las autoridades (El Tiempo, 16 de enero de 1993).

En diciembre de dicho año, el senador Uribe propuso establecer contacto con la madre o un familiar de Pablo Escobar para “proceder a buscar un mecanismo que le ofreciera la seguridad requerida para someterse a las autoridades”. Esta iniciativa derivó en una reunión de Uribe con María Victoria Henao, esposa del narcotraficante, a la que también asistieron Álvaro Villegas Moreno y el Procurador Regional de Antioquia, Iván Velásquez. (Sí, señores: el mismo Iván Velásquez que luego fue magistrado auxiliar de la Corte Suprema de Justicia).

Y aunque dicho encuentro se realizó sin autorización del presidente Gaviria, sino “por iniciativa propia, sin previa consulta con el Gobierno nacional”, de ninguna manera podría calificarse al entonces senador como “aliado del terrorismo”. Según él, su propósito en esa época, al igual que en su dilatado mandato presidencial, era buscar la concordia entre los colombianos. Y –como decía el presidente Laureano Gómez– “a la gente hay que creerle”.

“Pienso que la búsqueda de la paz, del restablecimiento del orden público y de la eficacia de la justicia es un deber ineludible de la dirigencia política”, decía hace 21 años el senador Uribe. Y a fe que lo ha practicado dentro y fuera del gobierno.

Colofón. Curitiba, ciudad brasileña de donde Peñalosa trasplantó el sistema Transmilenio, ya está pensando en la construcción del Metro. Y eso que tiene apenas una cuarta parte de la población de Bogotá.

Eso que llaman ‘viveza’

¿Qué tienen en común el colapso del edificio Space, en Medellín, el accidente donde perdieron la vida 33 menores de edad en Fundación, Magdalena, y la muerte de la joven María Camila Velandia, en el río Amazonas? La respuesta es simple: en todos estos casos se violó alguna norma.

Por desgracia, la manía de saltarse la ley es una práctica muy común en Colombia y tiene sus raíces en el seno mismo de tantos hogares y colegios en los que los niños ven cómo sus padres o sus maestros hacen y deshacen con las normas, a la sombra de una mal entendida viveza. “El colombiano no se vara” suele decirse popularmente y esa supuesta habilidad da licencia para todo: permite exceder los límites de velocidad, cobrar bonos escolares disfrazados de contribuciones voluntarias, comprar videojuegos piratas, colarse en las filas, fotocopiar libros enteros, bajar películas ilegales de Internet y, en fin, incurrir en innumerables conductas contrarias a la ley, pero que son ya tan cotidianas que se repiten y se repiten indefinidamente, debido a que no pasa nada.

Según declaraciones de la canciller María Ángela Holguín, en el accidente en que murió la alumna del English School quedó en evidencia que los señores de Bluefields –la empresa organizadora del paseo– incumplieron varias normas, empezando por la que obliga a navegar solo a partir de las 5:00 de la mañana.

Hay mucho por hacer en este país disfuncional donde al que cumple las normas lo tildan de bobo, mientras que al ladrón lo califican de vivo, al pícaro lo describen como avispado y al contrabando le dicen economía informal.

Cosa similar ocurrió en el diseño y la construcción del edificio Space. “De haberse dimensionado adecuadamente las columnas del edificio de acuerdo con la normativa vigente, la probabilidad de falla de la columna crítica del edificio sería muy baja (inferior al 0,1 %)”, señala un estudio elaborado por la Universidad de los Andes y divulgado por la Alcaldía de Medellín. Pero no, el condominio fue mal construido y el errorcito le costó la vida a una docena de personas.

Y en el caso de los niños que perecieron calcinados en Fundación, el pasado mes de mayo, se denunció que el bus en que viajaban era prácticamente una bomba con llantas, ya que en ese mismo vehículo se transportaban varios bidones de gasolina, cosa que no es legal, pero tampoco extraña en esa zona del país.

En estos tres casos otra similitud es la falta de control por parte del estado, de eso que llaman los “entes reguladores”. De poco o nada sirve que luego de tragedias como estas el Fiscal, el Procurador, el Defensor del Pueblo o los ministros salgan a rasgarse las vestiduras y a anunciar investigaciones exhaustivas que sabemos –como lo saben tan bien quienes se saltan las normas– que no van a conducir a ninguna parte. La gracia sería que se tomaran las medidas antes de los siniestros, no después.

Pero los particulares no son los únicos que le maman gallo a la ley impunemente. También lo hacen los mandatarios que modifican tramposamente articulitos de la Constitución para ajustarlos a sus propios intereses; los militares que se extralimitan en el cumplimiento de su deber y terminan asesinando inocentes para presentarlos como terroristas muertos en combate; los funcionarios que incumplen las sentencias de la Corte Constitucional y no hacen nada por combatir el hacinamiento en las cárceles; los alcaldes que se quedan con millonarias tajadas de los contratos que asignan; los gobernadores que se alían con la mafia para liquidar a sus adversarios; los magistrados que se lucran del carrusel de las pensiones o los congresistas que se ponen al servicio de grupos armados ilegales.

Hay mucho por hacer en este país disfuncional donde al que cumple las normas lo tildan de bobo, mientras que al ladrón lo califican de vivo, al pícaro lo describen como avispado y al contrabando le dicen economía informal.

Colofón. Si el exministro Juan Carlos Echeverry hubiera imaginado el daño que le iba a causar al gobierno con su desafortunada metáfora de la mermelada…

Twitter: @Vladdo

Apariencias, estereotipos y estigmas

Si usted es de los que se inquietan cuando se cruzan por la calle con un muchacho retraído vestido de negro, con accesorios de calaveras y de pelo largo, despreocúpese: no es el único que se equivoca al juzgar a los demás por su apariencia.

De algún modo todos somos víctimas de esas generalizaciones –prejuicios, mejor dicho– que nos formamos al ver, oír y reproducir a la ligera conceptos equivocados; en muchos casos acompañados de connotaciones racistas. Para no ir lejos, este periódico publicó el domingo pasado un informe sobre un ‘hacker’ de apenas 17 años que había burlado la seguridad de 170 páginas estatales.

Sobre el reportaje no tengo reparos; solo confirma lo frágil que es la seguridad virtual. Si no, que lo digan esas actrices cuyas fotos íntimas terminaron en manos de inesperados destinatarios. Pero sí me llama la atención esa forma de decorar noticias –no solo en ‘El Tiempo’–, sobre todo cuando faltan datos precisos sobre los protagonistas.

Estigmatizar es fácil y no es un error exclusivo de los medios. Todos lo hacemos apresuradamente y ponemos esas etiquetas que al final nos hacen más vulnerables.

En la primera página se anunciaba la historia, ilustrada con un muchacho vestido con un saco de algodón y capucha, agachado sobre el teclado de su portátil. Y en la página interior el asunto se complica, pues aparece un tipo de negro, enfundado en un pasamontañas. Supongo que esas fotos resultan al teclear la palabra ‘hacker’ en el buscador de un banco de imágenes. Y quizás el día que veamos a ese joven delincuente ­–tal y como pasó con su colega Andrés Sepúlveda– descubriremos que los ‘hackers’ no usan esas pintas, ni trabajan en la penumbra, estilo Hollywood.

Desde luego, esos estereotipos no se usan únicamente al referirse a los piratas cibernéticos. Los medios también acuden a esos recursos visuales cuando hablan del autor no identificado de una violación, de un ataque con ácido, de una paliza a un bebé o de un escándalo de espionaje, como si se tratara de individuos que van disfrazados por el mundo, cuando en realidad son personas normalitas que procuran no llamar la atención para poder actuar a sus anchas. De hecho, los criminales ocultan su cara, se esconden, se disfrazan es después de cometer sus fechorías, no antes.

¿O es que alguno de ustedes se imaginaba, por ejemplo, que los ejecutivos de InterBolsa, tan distinguidos ellos, iban a ser capaces de cometer semejantes indelicadezas con la plata de sus clientes? Nuncamente. En cambio, cuando cayó en desgracia David Murcia Guzmán, con su larga melena y aspecto de rockero vaciado, no sólo no hubo sorpresa, sino que muchos decían: “Claro, con semejante facha…”

Los espías –otros tipos poco recomendables– no son esos señores de gabardina y sombrero grande que esperan a su contacto en la mesa de un restaurante de mala muerte, ocultando su cara tras un periódico, sino que son gente como usted o como yo. Ahora mismo, querido lector, puede tener a uno sentado al lado.

Igual ocurre con los depredadores de menores: no son personas que actúan en la oscuridad, ni necesariamente tienen aspecto temible. Con frecuencia son sujetos del entorno familiar de la víctima, a la que ven a diario y cuya confianza se ganan a punta de simpatía, antes de hacer de las suyas.

Y los tipos que maltratan a sus mujeres –física o psicológicamente– no tienen que parecer unos salvajes, burdos y asociales. Pueden ser hombres encantadores en sociedad, guapos, de buenos modales, de los que nadie se atrevería a sospechar; gracias a lo cual actúan como actúan.

Estigmatizar es fácil y no es un error exclusivo de los medios. Todos lo hacemos apresuradamente y ponemos esas etiquetas que al final nos hacen más vulnerables, pues mientras esperamos a un criminal con la apariencia que dicta el imaginario colectivo, estamos muy confiados, durmiendo con el enemigo.

Colofón. La renuncia de Daniel Samper Ospina deja a la revista ‘Soho’ en cueros.

Twitter: @Vladdo