Memorias decembrinas de un sacristán

Nunca he sido muy aficionado a las fiestas de diciembre, pese a que de muchacho —en compañía de mis tías y de mis hermanos— rezaba en casa la novena junto al pesebre, cantaba los villancicos y asistía a las celebraciones del caso en la iglesia de Lourdes, en Chapinero, antes de que me contrataran en Santa Teresa de Ávila, donde fui acólito y sacristán, a órdenes del padre Juan Miguel Huertas, un párroco que contrastaba su juventud y modernidad con un genio del demonio. Eso sí, se le abona que sus homilías eran breves; nunca superaban los siete minutos, récord del cual él mismo se ufanaba.

Pese a esa sobredosis de atrio, sacristía y campanario, no desarrollé un apego especial por estas fechas. Y algo similar me pasa con las de Semana Santa. Claro que mientras escribo esto, caigo en cuenta de que quizás mi apatía hacia esas celebraciones tiene que ver con el hecho de que en mis años de sacristán, mientras todos mis amigos se iban de vacaciones, yo tenía más trabajo que el resto del año.

En esa época, mientras todos mis amigos se iban de vacaciones, yo tenía más trabajo que el resto del año; lo que para la gente común era devoción, para mí era obligación.

No voy a negar que abrir las puertas de la iglesia media hora antes de cada misa, tocar las campanas cada 15 minutos, alistar los ornamentos, encender los cirios, hacer las lecturas, ayudarle al padre Huertas en la misa y sostener la patena en la comunión eran tareas que realizaba con gusto. Pero, sin duda, ese era el problema: lo que para la gente común era devoción, para mí era obligación: una rutina que se repetía todos los días a las cinco de la tarde, luego de regresar del colegio. Los sábados era igual y los domingos y días de fiesta religiosa la dosis se triplicaba: misa a las ocho de la mañana, misa a las doce del día y misa a las siete de la noche. Y como en Semana Santa y en Navidad los actos litúrgicos aumentaban en cantidad directamente proporcional al humo del incienso, el sacristán tenía oficio adicional. Y todo por los mismos trecientos pesitos, que era mi salario mensual.

Aparte de los ritos correspondientes a cada primer viernes de mes, que revestían una especial solemnidad, la monotonía de esos tiempos sólo se rompía con eventos imprevistos, como bautizos, matrimonios y entierros, en los cuales las actividades extras que tocaba realizar antes y después de cada ceremonia le imprimían un toque de variedad al asunto. Era conmovedor descubrir a una novia arreglada, medio escondida, a la espera del novio al que le cogió la tarde. Pero observarla luego, con su cara de reproche durante toda la misa, no dejaba de causarme gracia. También era simpático ver lo que ocurría con los preparativos de una familia acomodándose en torno a un bebé recién nacido, en una época en que una sesión de fotografía era un acto formal y las fotos eran para compartir con amigos en la casa y no con desconocidos en redes sociales.

Y de esos funerales me quedaron dos fijaciones que aún conservo. Una, la afición por el réquiem de Mozart, que no se interpretaba en la iglesia, pero que para mí siempre ha sido un sinónimo sublime de misa de difuntos; y la otra, la costumbre de mirar a mi alrededor en los entierros y hacerme la misma pregunta: ¿Quién será el próximo? ¿Acaso yo? Esto último es menos tremendista de lo que parece si recordamos —como acertadamente dice Juanes— que “la vida es un ratico”.

Así las cosas, hoy mis diciembres son como despertar a la hora del crepúsculo, cuando uno sabe que faltan unos minutos para que salga el sol y se ilusiona con la inminencia del nuevo día. Con la alegría adicional de que ya no toca trabajar en las misas de gallo.

*     *     *

Colofón: Uno puede cambiar de religión, de familia, de sexo, de operador celular, de pareja, de casa o de nacionalidad; pero de equipo de fútbol, ¡jamás! Y los hinchas de Millos sabemos que vendrán tiempos mejores.

¿‘Todo vale’ en defensa de la democracia?

El informe del Comité de Inteligencia del Senado de Estados Unidos sobre las torturas practicadas por la CIA en su lucha contra el terrorismo, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, puso de nuevo en evidencia la polarización existente en ese país alrededor de la guerra contra el terrorismo.

En el documento se admite que los detenidos en prisiones manejadas por la CIA fueron sometidos a abusos físicos y psicológicos que supuestamente tenían como fin socavar su voluntad, pero que en varios casos terminaron en la muerte de los sospechosos, en medio de los interrogatorios. No repetiré aquí las atrocidades cometidas por contratistas o agentes de ese organismo de inteligencia, pero sin duda sobrepasaron los límites de la atrocidad y la barbarie.

En el informe de más de seis mil folios —del cual sólo se divulgó una mínima parte— figura una extensa lista de crímenes cometidos en nombre de la libertad, en defensa de la democracia, por agentes de un país que se arroga la potestad de repartir certificados de buena conducta e impone sanciones y embargos, dizque en defensa de los derechos humanos…

Para la mayoría de los demócratas —y algunos republicanos, hay que decirlo— estos hechos constituyen una vergüenza y no reflejan el espíritu de la democracia más madura e importante del mundo. Con el agravante de que no fueron de mayor utilidad a la hora de combatir a los enemigos de Estados Unidos. El propio Barack Obama hizo un mea culpa al referirse al tema. “Estos duros métodos no solo fueron inconsistentes con nuestros valores como nación, sino que no fueron de servicio a nuestros esfuerzos generales contra el terrorismo ni nuestros intereses de seguridad nacional”, dijo en un comunicado que contrasta con la reacción del expresidente George W. Bush y de su vicepresidente Dick Cheney, quienes han justificado la tortura como un arma legítima contra el terrorismo.

Cheney fue mucho más incisivo e incluso llegó más lejos al declarar en días pasados que los implicados en tales hechos “merecen muchos elogios”. “En lo que a mí respecta, deberían ser condecorados, no criticados”, dijo, desafiante, en unas declaraciones publicadas por The New York Times.

Es la validación del ‘todo vale’ que tanto daño causa en democracias maduras e incipientes; en naciones grandes y pequeñas; en países desarrollados y en repúblicas bananeras.

Pero si por allá llueve, por acá no escampa. La condena de la Corte Interamericana de Derechos Humanos contra el Estado colombiano por la desaparición de varios ciudadanos ocurrida tras la masacre del Palacio de Justicia, ha agitado otra vez el debate sobre la responsabilidad que le cabe al Estado en estos hechos.

En el fallo de 212 páginas la CIDH considera que se cometieron excesos por parte de la fuerza pública, al recuperar la sede de las altas cortes, tras el asalto perpetrado por el M-19. Uno de los casos más dramáticos de esa triste jornada es el del magistrado auxiliar del Consejo de Estado Carlos Horacio Urán, quien —tal y como consta en un video recuperado por Noticias Uno— salió con vida del edificio, pero luego, inexplicablemente, apareció muerto dentro de esas instalaciones con un tiro de gracia en la cabeza.

Aunque según muchos se hizo lo que se tenía que hacer, lo cierto es que la condena de la CIDH deja en claro que agentes del Estado incurrieron en delitos por los cuales deben responder ante la justicia; pues al poner en práctica semejantes procedimientos, ya no estaban “defendiendo la democracia, maestro”.

*     *     *

Colofón: Algo muy repugnante o sombrío debe haber en los reglamentos de trabajo de entidades públicas y privadas en Colombia, pues cada vez que un sindicato anuncia una operación reglamento, todo el país tiembla.

Muertos inocentes, conductores indolentes

Desde hace una semana, al conocer la noticia y todos los hechos relacionados con el accidente ocurrido en la calle 134 con Autopista Norte, en Bogotá, he experimentado una agitada mezcla de sentimientos; todos desagradables.

Por una parte, me da mucha tristeza que una familia, así de sopetón, haya sido borrada del mapa, justo en momentos en que trasladaban a uno de sus miembros a una cita médica. Es absurdo que en vísperas de la época más linda del año, cuando nos reunimos con los nuestros a destapar regalos, celebrar reencuentros, a hacer el balance del almanaque que termina y a compartir los sueños del nuevo año, semejante tragedia les hubiera costado la vida a don José del Carmen Moreno, a sus hijos César Augusto y María Marlén y a su yerno, Edilfonso Naranjo. Duele mucho ver cómo para sus parientes empezó teñido de luto y de angustia un mes que debía terminar en medio de fiestas y regocijo.

Por otro lado, me invade la ira al ver la reacción de Ernesto Manzanera, causante de este drama que sacudió a la comunidad. Desde el primer momento, este conductor —copiloto de Avianca— ha actuado de una manera no sólo irresponsable, sino indolente. Tras haber ocasionado tal desgracia, al embestir con su vehículo la camioneta en que viajaban los Moreno, el hombre dejó tirado su carro y se alejó del sitio de la colisión, sin hacer el menor esfuerzo por conocer la suerte de las personas a las que él mismo acababa de arrollar; sin intentar socorrer a ninguna de sus víctimas y sin mostrar un grado mínimo de compasión.

También he sentido una amargura infinita, causada por la ineficacia de las autoridades. Es inaceptable que la Policía y la Fiscalía se hubieran sentado a esperar que el prófugo se entregara voluntariamente, a pesar de que había escapado luego de ocasionar un desastre de tal magnitud. Si lo tenían identificado, ¿por qué no fueron a capturarlo y prefirieron esperar que el caballero se presentara muy campante dieciséis horas después de los hechos, cuando ya pa’qué? A esas alturas, los exámenes de Medicina Legal hacían difícil detectar cualquier rastro de licor u otra sustancia prohibida en su sangre.

Y esa amargura se me transformó en cólera el lunes, cuando supe que un juez —sin tener en cuenta que abandonar el lugar de un accidente es un agravante equivalente a conducir ebrio— decidió darle a semejante irresponsable el beneficio de casa por cárcel, aduciendo que no es un peligro para la sociedad. ¿Qué entenderán por peligro los jueces de garantías? ¿Será que para ellos una persona que conduce un vehículo a altísima velocidad, que propicia una espantosa estrellada en la que perecen cuatro personas y que luego huye de la escena, es un ciudadano ejemplar? Las calles de este país están repletas de gente que tiene detención domiciliaria y que, pese a no constituir “un peligro para la sociedad”, sigue haciendo de las suyas.

Al margen de todo lo anterior, yo quisiera saber con qué tranquilidad Ernesto Manzanera se va a comer su cena navideña, pensando que por su culpa se perdieron cuatro vidas. ¿Qué irá a sentir él la noche del 24 de diciembre, al abrazar a sus seres queridos, sabiendo que en ese momento, en otro extremo de la ciudad, los deudos de esa familia qué él destrozó lloran desconsolados? Que no me responda mí, sino a su conciencia.

Y lo peor es que el de Manzanera no será el último de estos casos; pese a la cacareada ley, promulgada hace un año exacto, que iba a endurecer el castigo a los conductores irresponsables.

*     *     *

Colofón: Con Nairo Quintana y James Rodríguez, los colombianos sudamos, sufrimos y lloramos de emoción. Gracias a ellos y todos los deportistas que nos representan en el mundo, 2014 será un año inolvidable.

Samper no es santo de mi devoción, pero…

Nadie llega a las cumbres más altas del poder apoyado apenas en unos grandes logros, una sólida formación o a punta de simpatía. Para llegar a la cima también se necesita saber administrar una adecuada dosis de hipocresía con algunas pizcas de maldad y grandes cantidades de pragmatismo. Y si a todo lo anterior se le suma algo de ingenio, son más altas las posibilidades de sobrevivir en ese sórdido ambiente.

En este contexto, Ernesto Samper Pizano es un buen ejemplo de supervivencia; no sólo en sentido figurado. Como animal político que se respete, el expresidente habrá incurrido en prácticas que a uno le pueden causar erisipela, así sean muy comunes en los pasillos del poder, pero eso no basta para creer o afirmar que él sea capaz de mandar matar a alguien.

Antes de mi ingreso a la revista Semana, ocurrido en febrero de 1994, trabajé siete años para El Siglo, por invitación de Álvaro Gómez —alma y cerebro de ese periódico—, quien nunca se metió con mis caricaturas. De hecho, los dos o tres contratiempos que en ese lapso tuve en aquel diario se debieron a la injerencia que en algún momento quiso tener en mis dibujos su hermano Enrique, pero todos se zanjaron con la intervención de Álvaro Gómez, quien siempre estuvo de mi lado y era quien decía la última palabra.

Por eso y otras razones le cogí mucho aprecio y me dolió inmensamente no sólo su asesinato, sino las circunstancias del atentado del cual fue víctima, al salir de clase de la universidad Sergio Arboleda, donde era catedrático, en noviembre de 1995. Y así como lamenté su muerte, me parece injustificable que tras casi veinte años, este caso siga aún sin resolverse.

Sin embargo, en medio de todas las teorías alrededor de la autoría intelectual del magnicidio, creo que la más descabellada es la que —basada principalmente en afirmaciones de paramilitares y narcotraficantes— pretende vincular tanto al presidente de la época, Ernesto Samper, como al entonces ministro del Interior, Horacio Serpa Uribe.

No soy samperista, nunca he votado por él ni lo he apoyado en campaña alguna. Es más: en su momento creí y manifesté que Samper debía dar un paso al costado tras conocerse que el Cartel de Cali había financiado parte de la campaña que lo llevó a la presidencia de la República. No obstante, me niego a creer que él sea capaz de ordenar un asesinato. Y lo mismo pienso de Serpa. Entre otras cosas, tocaría ser muy imbécil para cometer un crimen en el cual uno sería el principal beneficiario y, por consiguiente, el primer sospechoso. Y la estupidez no es una cualidad de la familia Samper.

Es cierto que algunos editoriales de Álvaro Gómez contra el régimen samperista eran demoledores, pero en ese tsunami informativo ocasionado por el proceso 8000 para nadie era un secreto que las verdaderas cargas de profundidad provenían de las investigaciones divulgadas por Semana o El Tiempo —medios mucho más grandes e influyentes que El Nuevo Siglo—, pese a lo cual Samper nunca tomó represalias en su contra.

Por otro lado, es curioso que muchos que se apoyan en las denuncias de esos delincuentes para acusar a Samper, descalifican a otros criminales cuando señalan a otro expresidente por sus vínculos con grupos al margen de la ley.

Después de casi 20 años en los cuales se ha avanzado tan poco, lo deseable sería que la Fiscalía adelantara una investigación seria que ponga fin a las especulaciones, en vez de dedicarse a citar periodistas para elaborar perfiles de la víctima.

Colofón: La rueda de prensa del general Rubén Darío Alzate dejó más preguntas que respuestas, lo cual es explicable si se tiene en cuenta que, antes de comparecer ante los medios, el oficial pasó largas horas reunido con el ministro de Defensa.

¿Quién dijo que los hombres no pueden llorar?

En nuestra sociedad, cuando una mujer hace ‘cosas de hombre’ suele decirse que es una verraca, una tesa, una dura; pero, en el caso contrario, cuando un hombre hace ‘cosas de mujer’, es porque es gay, un blandito, un pobre pendejo.

Así de simples, y así de graves, son las secuelas de la cultura machista en la que crecimos y fuimos formados, con una visión miope y absolutamente discordante de la realidad, que no tiene en cuenta el hecho de que los hombres y las mujeres somos mucho más parecidos de lo que nos han enseñado.

Cómo sería de distinto este mundo si a nadie se le hubiera ocurrido levantar ese muro invisible pero infranqueable que durante siglos ha separado a los hombres de las mujeres. Para acabar de oscurecer este sombrío panorama, la división artificial entre ellas y nosotros ha logrado imponer a la fuerza un modelo de sociedad en el que prevalece una supuesta superioridad masculina que resulta a todas luces inaceptable.

Y aunque el mal ya está hecho, lo importante es que no nos resignemos a vivir en esta especie de ‘apartheid’ de género, que en todas las latitudes propicia no sólo inequidad, sino injusticias, maltrato, vejámenes, violaciones y todo tipo de crímenes contra mujeres y niñas.

Para nuestro asombro, estas anomalías no son exclusivas de países tercermundistas ni de sociedades atrasadas. Un reciente estudio del Foro Económico Mundial realizado en 142 países revela que entre 2006 y 2014, Gran Bretaña bajó del puesto 9 al 26, en equidad de género. Y a pesar de que en número de personas matriculadas en instituciones de educación superior las mujeres aventajan a los hombres con un porcentaje de 72% frente a un 53% —lo cual las ubica en el primer puesto—, en cuestión de ingresos anuales caen al puesto 64, ya que los señores reciben, en promedio, 40.000 dólares y las señoras, tan solo 24.280. Y en participación política la cosa empeora: en el parlamento ellas tienen el 23% de los escaños y ellos, el 77%; y en los ministerios las mujeres ocupan apenas el 16% de las carteras y el otro 84% lo acaparan sus colegas varones.

Y en lo concerniente a la violencia, según White Ribbon Scotland —una ONG de hombres dedicados a combatir la violencia contra las mujeres— en el Reino Unido el 45% de las mujeres ha sido víctima de algún tipo de violencia doméstica, acoso o ataque sexual, y al menos 80,000 mujeres son violadas cada año.

Pero si por allá llueve, por aquí diluvia. De acuerdo con la Fundación Juan Felipe Gómez Escobar, en América Latina el 53% de las mujeres sufre algún tipo de violencia de género y en Colombia la cifra llega a un 39%. Aunque, comparada con el promedio, el dato en nuestro país no parece demasiado alto, hay que tener en cuenta que se denuncian muchos menos delitos de los que se cometen, ya sea por temor o, incluso, porque en esta sociedad disfuncional, muchas mujeres no son conscientes de que son víctimas de maltratos. Y si a estos datos sumamos la cantidad de mujeres cuyos cuerpos son tomados como botín por los actores del conflicto armado, el cuadro resulta espeluznante.

A nivel estatal, social e individual, tenemos muchas asignaturas pendientes en equidad de género, pero los tipos podríamos empezar por abandonar los prejuicios y dejar salir a esa nena que todos llevamos por dentro, pero que insistimos en asfixiar. Permitámonos llorar, admitamos la fragilidad, dejémonos conmover y, sobre todo, no nos creamos invencibles, porque no lo somos. Eso no nos hará ningún daño pero nos ayudará a redescubrirnos no sólo como mejores hombres, sino como mejores personas.

* * *

Colofón: Si las Farc quieren ganarse la confianza ciudadana no lo van a lograr devolviendo personas a la libertad, sino dejando de secuestrar, retener, capturar o como quieran denominar ese crimen atroz.

“Negociar como si no hubiera guerra”

Al margen de los hechos que llevaron a todo un general de la república como Rubén Darío Alzate a caer en las fauces de las Farc, es inevitable hacer ciertas consideraciones sobre un proceso de paz que ya cumple dos años y que hoy más que nunca parece estancado.

Según la encuesta de Ipsos Napoleón Franco que acaba de publicar la revista Semana, el optimismo de los colombianos sobre el proceso ha bajado en los últimos seis meses del 63% al 53%, mientras el pesimismo pasó del 33% al 42% en el mismo lapso. Si los integrantes de las Farc tuvieran un poco de sensatez deberían asumir estas cifras como una señal de que algo no está funcionando bien y de que ese escepticismo de la ciudadanía no es gratuito. Es más: si esa medición se hiciera hoy, después de haberse llevado al general Alzate, muy seguramente los pesimistas superarían por amplia diferencia a quienes aún conservan la esperanza de que el proceso va a salir adelante.

Lo ideal sería que no hubiera ningún militar en manos de las Farc; pero, como se ha repetido tanto en las últimas 72 horas, en la dinámica de nuestro conflicto interno armado, la captura de este oficial es una consecuencia previsible —aunque no deseable— de llevar a cabo una negociación en medio de la guerra.

Por eso sorprende que, súbitamente, Juan Manuel Santos haya resuelto suspender las negociaciones, si en más de una ocasión él mismo ha hecho suyas las palabras de Shimon Peres, quien ha aconsejado “hacer el proceso de paz como si no hubiera guerra y hacer la guerra como si no hubiera proceso de paz”. Adicionalmente, en el primer punto del ‘Acuerdo general para la terminación del conflicto’, que fue la génesis de todo el proceso, las partes se comprometieron a “iniciar conversaciones directas e ininterrumpidas sobre los puntos de la Agenda”.

Así las cosas, me pregunto si el Presidente actuó presionado por el aparato militar, o si la guerrilla habrá violado algún pacto secreto Gobierno–Farc para no meterse con los máximos comandantes de ninguno de los dos bandos. Recuerdo que Santos dijo que si supiera dónde estaba Timochenko lo pensaría dos veces antes de capturarlo.

Por otra parte, ¿cuántos guerrilleros han muerto en estos dos años? ¿Cuántos militares? No han sido pocos y, sin embargo, las negociaciones han continuado. Es más: en medio de las aproximaciones que se adelantaban antes del inicio formal de diálogos con esa guerrilla, el Ejército causó la muerte de su máximo dirigente, Alfonso Cano, pero se logró superar este escollo y el proceso siguió su curso.

Sin embargo, aunque técnicamente el rapto del general Alzate se enmarca en la lógica actual del conflicto (si es que la guerra obedece a alguna lógica), esta acción del frente 34 de las Farc no deja de ser torpe. No sólo por el hecho de que el infortunado episodio les da una justificación más a los buitres de la guerra —que suman ahora un nuevo argumento en contra del proceso de paz—, sino porque horadan aún más las ya exiguas expectativas ciudadanas sobre la salida negociada al conflicto.

Además, después de tanta generosidad de un presidente que le ha apostado casi todo su capital político a este proceso, es incomprensible que las Farc, en vez de ayudar a generar confianza alrededor de una reconciliación que muchos ven inalcanzable, pretendan apagar con gasolina las críticas de sus detractores.

En estas circunstancias, Santos debería ordenarle al Ejército endurecer al máximo la ofensiva contra las Farc y a los negociadores, reanudar de inmediato las conversaciones en La Habana.

Colofón: El ministro de Defensa debería explicarnos cómo hace el senador Álvaro Uribe para conocer las novedades militares antes que los funcionarios del gobierno.

Carta abierta a un estadista que no fue

Doctor Gustavo Petro, su propuesta de construir cerca de 400 viviendas de interés prioritario en zonas de estrato 5 y 6 de Bogotá fue la gota que faltaba para colmar la copa de mi comprensión. Esta nueva idea, sacada del cubilete, es un acto más de demagogia que de gobierno; con mucho de provocación y poco de solución.

No vale la pena entrar en detalles en cuanto a la inconveniencia, la nula planeación y la precipitación que acompañan esta iniciativa suya y que da al traste con una intención que podría ser útil, válida y deseable en condiciones apropiadas. De esos análisis ya se han encargado académicos, arquitectos, urbanistas, políticos y aun concejales cercanos, como nuestro común amigo Carlos Vicente de Roux. Por supuesto, ninguno de ellos lo va a disuadir a usted, pues hacer caso a las alarmas, oír sugerencias, evaluar críticas o analizar observaciones a sus actos no es una de sus fortalezas, Señor Alcalde.

Lo que sí quiero subrayar es que usted sigue haciendo gala de esa improvisación que ha caracterizado su gestión, gracias a la cual buenas ideas han terminado convertidas en grandes problemas. Pasó con el tema del aseo, pasa con el SITP, pasó con los mil jardines infantiles que prometió, pasa con todo… Y va a ocurrir también con sus edificios de apartamentos para desplazados en esas excéntricas zonas de Bogotá.

Hoy, en pleno siglo 21, es indispensable entender que el propósito de una revolución no es luchar por que haya menos ricos, sino menos pobres.

Para variar, a usted parecen no importarle las voces que se han pronunciado en contra de este nuevo y desquiciado plan y dirá —una vez más— que se trata de enemigos suyos enquistados en mafias corruptas o castas antidemocráticas, que no quieren que la Bogotá Humana avance. Pero no; no se equivoque, Señor Alcalde. Su principal adversario no pertenece a ninguna casta, ni es de ninguna mafia: su principal enemigo es usted mismo, con su incapacidad para sintonizarse con la ciudad y comunicarse con su entorno y con gente que le ha querido ayudar, y que sin duda lo desaconsejaría para seguir adelante con proyectos tan absurdos como los que usted tercamente ha querido imponer, con nefastos resultados.

En estos tres años su nivel de obcecación ha sobrepasado cualquier límite y, en consecuencia, usted ve como un éxito su esquema de recolección de basuras, considera ejemplar la reparación de la malla vial y se enorgullece por la mejoría de la movilidad en la capital. Pero ya todos sabemos que las cosas no son así, doctor Petro.

Vuelvo a recordarle, Señor Alcalde, que ya no está en el Congreso, donde es válido darles gusto a sus partidarios y arengar a sus huestes. A usted lo elegimos para que gobernara una urbe entera, donde conviven quienes apoyaron su candidatura, quienes votaron por otros y quienes nunca acuden a las urnas, y su deber es aglutinar voluntades, no ahondar las diferencias ni atizar la lucha de clases, un cuarto de siglo después de la caída del Muro de Berlín y del derrumbe del comunismo.

Usted insiste en adelantar acciones no para ayudar a las clases populares, sino para fastidiar a la clase alta y promover el resentimiento social y bajo esa perspectiva ha tomado y tomará decisiones erróneas, que quizás le rindan réditos en un corto plazo y le sirvan para llenar la plaza de Bolívar, pero que no serán muy útiles para profundizar la democracia ni para construir una sociedad más igualitaria. Hoy, en pleno siglo 21, es necesario entender que el propósito de una revolución no es luchar por que haya menos ricos, sino menos pobres.

Doctor Petro, es una pena que usted, luego de su brillante trayectoria en el Congreso, haya dilapidado la oportunidad de erigirse en un verdadero estadista y haya escogido el atajo del populismo, que sólo garantiza atraso y miseria.

Colofón: Los taurinos no defienden ningún arte, pues el toreo no es más que una cruenta forma de diversión a costa del dolor de unos pobres animales indefensos.