Memorias decembrinas de un sacristán

Nunca he sido muy aficionado a las fiestas de diciembre, pese a que de muchacho —en compañía de mis tías y de mis hermanos— rezaba en casa la novena junto al pesebre, cantaba los villancicos y asistía a las celebraciones del caso en la iglesia de Lourdes, en Chapinero, antes de que me contrataran en Santa Teresa de Ávila, donde fui acólito y sacristán, a órdenes del padre Juan Miguel Huertas, un párroco que contrastaba su juventud y modernidad con un genio del demonio. Eso sí, se le abona que sus homilías eran breves; nunca superaban los siete minutos, récord del cual él mismo se ufanaba.

Pese a esa sobredosis de atrio, sacristía y campanario, no desarrollé un apego especial por estas fechas. Y algo similar me pasa con las de Semana Santa. Claro que mientras escribo esto, caigo en cuenta de que quizás mi apatía hacia esas celebraciones tiene que ver con el hecho de que en mis años de sacristán, mientras todos mis amigos se iban de vacaciones, yo tenía más trabajo que el resto del año.

En esa época, mientras todos mis amigos se iban de vacaciones, yo tenía más trabajo que el resto del año; lo que para la gente común era devoción, para mí era obligación.

No voy a negar que abrir las puertas de la iglesia media hora antes de cada misa, tocar las campanas cada 15 minutos, alistar los ornamentos, encender los cirios, hacer las lecturas, ayudarle al padre Huertas en la misa y sostener la patena en la comunión eran tareas que realizaba con gusto. Pero, sin duda, ese era el problema: lo que para la gente común era devoción, para mí era obligación: una rutina que se repetía todos los días a las cinco de la tarde, luego de regresar del colegio. Los sábados era igual y los domingos y días de fiesta religiosa la dosis se triplicaba: misa a las ocho de la mañana, misa a las doce del día y misa a las siete de la noche. Y como en Semana Santa y en Navidad los actos litúrgicos aumentaban en cantidad directamente proporcional al humo del incienso, el sacristán tenía oficio adicional. Y todo por los mismos trecientos pesitos, que era mi salario mensual.

Aparte de los ritos correspondientes a cada primer viernes de mes, que revestían una especial solemnidad, la monotonía de esos tiempos sólo se rompía con eventos imprevistos, como bautizos, matrimonios y entierros, en los cuales las actividades extras que tocaba realizar antes y después de cada ceremonia le imprimían un toque de variedad al asunto. Era conmovedor descubrir a una novia arreglada, medio escondida, a la espera del novio al que le cogió la tarde. Pero observarla luego, con su cara de reproche durante toda la misa, no dejaba de causarme gracia. También era simpático ver lo que ocurría con los preparativos de una familia acomodándose en torno a un bebé recién nacido, en una época en que una sesión de fotografía era un acto formal y las fotos eran para compartir con amigos en la casa y no con desconocidos en redes sociales.

Y de esos funerales me quedaron dos fijaciones que aún conservo. Una, la afición por el réquiem de Mozart, que no se interpretaba en la iglesia, pero que para mí siempre ha sido un sinónimo sublime de misa de difuntos; y la otra, la costumbre de mirar a mi alrededor en los entierros y hacerme la misma pregunta: ¿Quién será el próximo? ¿Acaso yo? Esto último es menos tremendista de lo que parece si recordamos —como acertadamente dice Juanes— que “la vida es un ratico”.

Así las cosas, hoy mis diciembres son como despertar a la hora del crepúsculo, cuando uno sabe que faltan unos minutos para que salga el sol y se ilusiona con la inminencia del nuevo día. Con la alegría adicional de que ya no toca trabajar en las misas de gallo.

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Colofón: Uno puede cambiar de religión, de familia, de sexo, de operador celular, de pareja, de casa o de nacionalidad; pero de equipo de fútbol, ¡jamás! Y los hinchas de Millos sabemos que vendrán tiempos mejores.

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