¿Quién dijo que los hombres no pueden llorar?

En nuestra sociedad, cuando una mujer hace ‘cosas de hombre’ suele decirse que es una verraca, una tesa, una dura; pero, en el caso contrario, cuando un hombre hace ‘cosas de mujer’, es porque es gay, un blandito, un pobre pendejo.

Así de simples, y así de graves, son las secuelas de la cultura machista en la que crecimos y fuimos formados, con una visión miope y absolutamente discordante de la realidad, que no tiene en cuenta el hecho de que los hombres y las mujeres somos mucho más parecidos de lo que nos han enseñado.

Cómo sería de distinto este mundo si a nadie se le hubiera ocurrido levantar ese muro invisible pero infranqueable que durante siglos ha separado a los hombres de las mujeres. Para acabar de oscurecer este sombrío panorama, la división artificial entre ellas y nosotros ha logrado imponer a la fuerza un modelo de sociedad en el que prevalece una supuesta superioridad masculina que resulta a todas luces inaceptable.

Y aunque el mal ya está hecho, lo importante es que no nos resignemos a vivir en esta especie de ‘apartheid’ de género, que en todas las latitudes propicia no sólo inequidad, sino injusticias, maltrato, vejámenes, violaciones y todo tipo de crímenes contra mujeres y niñas.

Para nuestro asombro, estas anomalías no son exclusivas de países tercermundistas ni de sociedades atrasadas. Un reciente estudio del Foro Económico Mundial realizado en 142 países revela que entre 2006 y 2014, Gran Bretaña bajó del puesto 9 al 26, en equidad de género. Y a pesar de que en número de personas matriculadas en instituciones de educación superior las mujeres aventajan a los hombres con un porcentaje de 72% frente a un 53% —lo cual las ubica en el primer puesto—, en cuestión de ingresos anuales caen al puesto 64, ya que los señores reciben, en promedio, 40.000 dólares y las señoras, tan solo 24.280. Y en participación política la cosa empeora: en el parlamento ellas tienen el 23% de los escaños y ellos, el 77%; y en los ministerios las mujeres ocupan apenas el 16% de las carteras y el otro 84% lo acaparan sus colegas varones.

Y en lo concerniente a la violencia, según White Ribbon Scotland —una ONG de hombres dedicados a combatir la violencia contra las mujeres— en el Reino Unido el 45% de las mujeres ha sido víctima de algún tipo de violencia doméstica, acoso o ataque sexual, y al menos 80,000 mujeres son violadas cada año.

Pero si por allá llueve, por aquí diluvia. De acuerdo con la Fundación Juan Felipe Gómez Escobar, en América Latina el 53% de las mujeres sufre algún tipo de violencia de género y en Colombia la cifra llega a un 39%. Aunque, comparada con el promedio, el dato en nuestro país no parece demasiado alto, hay que tener en cuenta que se denuncian muchos menos delitos de los que se cometen, ya sea por temor o, incluso, porque en esta sociedad disfuncional, muchas mujeres no son conscientes de que son víctimas de maltratos. Y si a estos datos sumamos la cantidad de mujeres cuyos cuerpos son tomados como botín por los actores del conflicto armado, el cuadro resulta espeluznante.

A nivel estatal, social e individual, tenemos muchas asignaturas pendientes en equidad de género, pero los tipos podríamos empezar por abandonar los prejuicios y dejar salir a esa nena que todos llevamos por dentro, pero que insistimos en asfixiar. Permitámonos llorar, admitamos la fragilidad, dejémonos conmover y, sobre todo, no nos creamos invencibles, porque no lo somos. Eso no nos hará ningún daño pero nos ayudará a redescubrirnos no sólo como mejores hombres, sino como mejores personas.

* * *

Colofón: Si las Farc quieren ganarse la confianza ciudadana no lo van a lograr devolviendo personas a la libertad, sino dejando de secuestrar, retener, capturar o como quieran denominar ese crimen atroz.

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