¿Además de indignados, amnésicos?

El escozor que ha despertado entre dirigentes y congresistas del Centro Democrático la llegada de los comandantes de las Farc como negociadores a La Habana no tiene justificación, ni explicación; pero sí una alta dosis de contradicción. O de cinismo.

Tras la tormenta desatada por el ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón, cuando declaró que Timochenko había viajado a Cuba en varias oportunidades, la marea había bajado un poco; pero en días pasados las aguas se volvieron a agitar con la llegada a la isla de otro contingente de guerrilleros, encabezado por alias Romaña.

Este ha sido el nuevo caballito de batalla de las tropas uribistas contra el proceso de paz, sin tener en cuenta que, ya entrados en una negociación, es lógico que sean ellos los que pongan en La Habana sus cartas sobre la mesa. ¿O qué pretenden, a estas alturas del partido? ¿Que a las Farc las represente alguna ONG europea? ¿Algún enviado del Vaticano? ¿El presidente de una junta de acción comunal?

Para nadie es un secreto que Romaña y compañía son criminales; que han secuestrado a muchos ciudadanos; que han asesinado a decenas de compatriotas, incluso a mujeres y niños; que han sembrado de minas nuestros campos; que han atacado y masacrado a numerosos miembros de nuestras fuerzas armadas; que han hostigado y bombardeado pueblos, destruyendo casas, escuelas, hospitales, iglesias, estaciones de policía; que han volado puentes, carreteras y torres de energía y que han contaminado ríos.

Aunque agobia repetirlo tanto, la paz no se hace con los amigos, ni con personas que nos simpatizan: se hace con los adversarios. Y en este caso los adversarios son ellos: los señores de las Farc.

También sabemos que las Farc se han lucrado ¡y de qué manera! del narcotráfico, cuestión que en el pasado Alfredo Rangel analizaba bajo otra óptica. “La guerrilla, aunque muchos se nieguen a reconocerlo, es distinta. Aun cuando recurra al secuestro, a la extorsión y al narcotráfico para financiarse, su naturaleza es esencialmente política. Utiliza medios bandoleriles, pero sus objetivos son políticos, no de enriquecimiento personal. El hecho de que la guerrilla trafique con droga no la convierte en una mafia”, escribía hace 10 años el hoy senador del Centro Democrático, en El Tiempo (diciembre 31 de 2004).

Sin embargo, más allá de sus antecedentes como terroristas y narcotraficantes lo cierto es que hoy esa guerrilla está en unas conversaciones de paz con el gobierno. Y, aunque agobia repetirlo tanto, la paz no se hace con los amigos, ni con personas que nos simpatizan: se hace con los adversarios. Y en este caso los adversarios son ellos: los señores de las Farc. Sanguinarios muchas veces, dementes otras y temibles siempre, hoy son la contraparte; y esos tipos que desembarcan ahora en Cuba son sus dirigentes, y son quienes pueden pactar y firmar con los representantes del gobierno nacional los acuerdos que permitan ponerle punto final a este desangre de medio siglo del cual muchos estamos hartos.

Como si fuera poco, la frágil memoria de los indignados del Centro Democrático los lleva a incurrir en una vulgar contradicción, al olvidar que en tiempos de Uribe, por Santa Fe de Ralito se pavoneaban tipos tan sanguinarios como los hermanos Castaño, don Berna, Salvatore Mancuso y muchos otros, con quienes se negoció no sabemos qué ni en qué condiciones…

De hecho, por orden de Uribe —y en medio de aplausos y venias de muchos de los que hoy se erizan con la sola mención de la palabra paz—, los señores Mancuso, Ramón Isaza y Ernesto Báez estuvieron en el Capitolio dándonos cátedra de democracia y convivencia. Muy curioso que en esa época sí se valía hacer cualquier esfuerzo supuestamente por la reconciliación y no se hablara de claudicaciones del estado ni cosas de esas…

Colofón: Que Hollman Morris quiera ser alcalde de Bogotá no tiene nada de malo, así sea un candidato inviable; lo grave es que haya usado como trampolín a Canal Capital.

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