Así nació la revista Semana

NOTA: Este texto hace parte del libro ‘Una semana de quince años’, publicado por Editorial Aguilar en 2009, cuando cumplí 15 años como colaborador de la revista Semana. —Vladdo

La creación de una revista estilo Time fue un sueño acariciado por Felipe durante muchos años, y que se vio postergado debido a la presidencia de su padre entre 1974 y 1978, en la cual se desempeñó como Secretario Privado del mandatario.

Al término del gobierno López, Felipe se dedicó al cine, como productor, antes de retomar la idea de fundar una revista.

Semana se levantó indirectamente sobre los escombros de Alternativa, una revista de corte izquierdista, que pese a contar con una nómina de lujo (Gabriel García Márquez, Orlando Fals Borda, Enrique Santos Calderón, Antonio Caballero, Jorge Restrepo y José Fernando López, entre otros), y tras siete años de circulación, tuvo que cerrar sus puertas debido a dificultades financieras.

Tiempo después del cierre, en un almuerzo con Enrique Santos Calderón en el restaurante Pimm’s, Felipe le propuso la compra de los vetustos equipos y muebles de la revista, oferta que aquel aceptó. De Alternativa Felipe heredó luego las plumas de Antonio Caballero y José Fernando López, así como las fotos de Lope Medina y los servicios de la administradora Rosa Dalia Velásquez.

Semana vio la luz en una pequeña oficina ubicada en la Avenida Jiménez con carrera octava, en el centro de Bogotá. Sin embargo, el reclutamiento de los periodistas y socios de esa aventura periodística se llevó a cabo en la calle 40 con carrera 8, en una pequeña oficina donde anteriormente había funcionado un burdel; el único lugar donde Felipe podía pagar un arriendo. Allí contrató a la primera camada de periodistas que lo acompañaron en la fundación y el lanzamiento de la Revista, varios de los cuales llegaron atraídos por un aviso publicado en un periódico que decía: “Revista tipo Time busca periodistas en Colombia”.

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En los orígenes de la publicación, se presentó un hecho curioso cuando Felipe invitó al presidente del Grupo Grancolombiano, Jaime Michelsen Uribe, primo de su padre, a que se uniera el proyecto, y le ofreció la mitad de las acciones por un valor de diez millones de pesos de la época (comienzos de los años ochenta). Michelsen, sin embargo, declinó la oferta, en los siguientes términos: “Mira, hay dos cosas que no quieren los colombianos en este momento: ni revistas del águila, que soy yo, ni revistas del hijo de un ex presidente, un delfín, que eres tú; y si sumamos esos dos atributos estamos perdidos”. Al ver lo que es Semana hoy en día, no cabe duda de que Michelsen se equivocó en su apreciación.

Sin embargo, ese tropiezo, que en principio debió ser muy desmoralizante para Felipe, a la larga terminó beneficiándolo, pues no sólo lo mantuvo independiente de los grandes conglomerados financieros, sino que lo salvó del colapso que poco tiempo después sufrió el hasta entonces superpoderoso e intocable Grupo Grancolombiano, que seguramente habría llevado a la Revista a la debacle, no sólo económica sino también periodísticamente, pues para un medio recién fundado habría resultado muy difícil conservar la distancia de los escándalos que cortaron el vuelo del águila.

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¿Y entonces, tras la negativa de los diez millones de pesos de Jaime Michelsen, de dónde diablos iba a salir la plata para la fundación de la revista? La cosa no fue muy difícil. Felipe optó por escoger a veinte personas, a cada uno de las cuales le disparó por un millón de pesos.

[…]

Con el correr del tiempo, y tras siete años con saldo en rojo, Felipe decidió negociar con cada uno de ellos para comprarles su participación, cosa que logró casi en su totalidad. A algunos les pagó con plata y a otros con publicidad en las páginas de la Revista.

[…]

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Para su nuevo proyecto, Felipe decidió recuperar el nombre de Semana, una célebre revista fundada por el ex presidente Alberto Lleras Camargo y que había circulado en Colombia entre 1946 y 1961. Por sus páginas pasaron las mejores plumas de la prensa nacional, encabezadas por Alberto Zalamea, y sus portadas le dieron celebridad a los caricaturistas Jorge Franklin y Héctor Osuna y al pintor Omar Rayo, quien entonces se desempeñaba como ilustrador, con un estilo muy particular. El último director de aquella Semana fue Fernando Guillén, padre de Gonzalo Guillén, el actual corresponsal en Colombia de El Nuevo Herald, de Miami.

El dueño de la marca Semana era el veterano Alberto Zalamea, a quien Felipe le planteó la idea de desempolvar ese nombre para una nueva publicación. Zalamea le dijo que aunque él poseía la propiedad material de la marca, la propiedad espiritual era de Alberto Lleras Camargo, y que por lo tanto él no movería un dedo sin autorización del ex presidente liberal.

Felipe entonces le dirigió una carta a Lleras, de quien no recibió respuesta, debido quizás a  su condición de hijo de Alfonso López Michelsen, cuyo deporte favorito –después del golf– era casar pelea con cuanto ex presidente hubiera en el país, y Lleras no era la excepción. Para Lleras Camargo –presumía Felipe– no debía ser muy grato que el hijo de uno de sus contradictores más acérrimos fuera a revivir su proyecto periodístico.

Sin embargo, Felipe se llevó una sorpresa cuando, por intermedio de Carlos Pérez Norzagaray, concuñado de Julio Mario Santo Domingo, Lleras Camargo le dio el nihil obstat. Con ese salvoconducto en la mano, Felipe volvió a hablar con Zalamea, quien le cedió el nombre para la nueva revista sin cobrarle un solo peso.

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A Felipe le habían llamado la atención unas crónicas que había leído en 1981 en la revista Al Día, firmadas por un tal Juan Cáceres, quien escribía exactamente con el tono y el estilo que buscaba Felipe para su nuevo semanario. Se trataba de unos perfiles de políticos que lo dejaron tan impresionado que sin dudarlo mucho concluyó que ese debía ser el director de su revista.

Interesado en contratarlo, descubrió que ese Fulano era el seudónimo de Plinio Apuleyo Mendoza, consagrado escritor y veterano periodista, quien era el Agregado Cultural de la embajada de Colombia en París.

Plinio había sido nombrado por Alfonso López Michelsen, a quien el escritor había acompañado en la militancia del Movimiento Revolucionario Liberal (MRL). Sin embargo, antes de nombrarlo, López le mandó a preguntar a Plinio cuál cargo le interesaba, diferente, obviamente, del de Embajador. Con el deseo de tener el mismo puesto que había tenido su admirado escritor Alejo Carpentier, en la embajada de Cuba, Plinio pidió que le dieran el cargo de Agregado Cultural, solicitud que en efecto le fue aceptada. Lo que no sabía Plinio es que esa posición tenía un salario paupérrimo, por lo cual se vio abocado a buscar otras fuentes de ingreso como periodista.

Una vez finalizado el gobierno de López, Plinio fue ratificado por Julio César Turbay Ayala. Y en esas estaba cuando Felipe lo llamó para que le ayudara a montar el proyecto. Plinio aceptó la propuesta, pero como vivía con sus hijas adolescentes en París y veía muy engorroso mudarse con ellas, prefirió pedir una licencia de seis meses y viajó a Bogotá, a sumarse al plan Semana. Con él vino también de París el diseñador gráfico Ponto Moreno, muy amigo de Mendoza, y quien fue el encargado de diagramar la Revista.

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Transcurrían los primeros meses de 1982 y las elecciones presidenciales estaban ad portas. Los candidatos eran Alfonso López Michelsen, quien, después de un polémico gobierno en el período 1974-1978, buscaba su reelección, y Belisario Betancur, quien por cuarta vez aspiraba  a la presidencia. Aunque sin opción, también estaban en la liza el liberal disidente Luis Carlos Galán Sarmiento y el dirigente izquierdista Gerardo Molina.

Quienes conocían a Plinio en ese momento, creyeron que aquella no le parecía una experiencia muy jugosa periodísticamente, pero, como era tan ambicioso, debía pensar que luego de trabajar unos meses con un hijo de López, cuya victoria daba por descontada, un tapete rojo se extendería a sus pies para regresar a París, ya no como funcionario subalterno de la embajada, sino como jefe de la misión diplomática. Felipe, en cambio, llevaba otras cuentas en la cabeza y no sólo no veía factible un triunfo de su papá, sino que en una reunión social, se llevó aparte a Plinio, y le hizo una confesión.

—Te voy a decir una cosa: no nos conviene que gane papá. Para el porvenir de la Revista lo que nos conviene es que gane Belisario; si no, se vuelve la revista muy jarta, no se puede criticar nada, y eso es muy aburrido—, decía Felipe, ante la incredulidad de su contertulio.

Plinio insistió mucho en su tesis del triunfo de López hasta cuando el senador Juan Slebi, tradicional cacique de la Costa Atlántica, lo invitó a una gira en carro por esa región, histórico fortín electoral del Partido Liberal.

—Baja el vidrio —le decía con su marcado acento costeño—, baja el vidrio; mira lo que están gritando esos carajos. Todos esos votaban por mí, y son míos, son liberales… Pero mira, mira, lo que están gritando los hijueputas esos…

—¡Sí se puede! ¡Sí se puede! —coreaba la multitud entusiasmada, mientras Plinio escuchaba sorprendido.

Mendoza debió ser el primero en hacerse la pregunta que tras la derrota de López, se hizo célebre en todo el país: ¿qué pasó en la Costa?

A su regreso a Bogotá, Plinio admitió frente a Felipe que sus conjeturas políticas estaban fuera de foco, y tal vez debió pensar cómo sus aspiraciones diplomáticas de alto vuelo se desvanecían.

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El tema de la primera portada de la Revista, fechada el 12 de mayo de 1982, era un análisis del fenómeno del terrorismo, en momentos en que el sicariato hacía de las suyas, el M-19 daba espectaculares golpes y la guerra sucia se recrudecía, con los primeras acciones del movimiento Muerte a Secuestradores, conocido como el MAS, y que terminó siendo el germen de los tenebrosos grupos paramilitares que en la década de los 80 llenarían al país de sangre y de dolor.

Aquella edición tenía al final una página de humor político firmada por Naide, seudónimo de Jairo Barragán, uno de los mejores caricaturistas de la época y precursor del humor gráfico en Colombia. La sección de Naide no sobrevivió, pero desde el siguiente número de la Revista sus magistrales dibujos aparecían en las páginas interiores, ilustrando notas por doquier.

El primer ejemplar tenía 100 páginas, impreso en papel periódico, a dos tintas: negro para los textos y rojo para la cabecera de las secciones, las líneas y los recuadros. Como técnicamente Plinio seguía siendo funcionario diplomático, en la parte inferior de la bandera, donde salían los nombres de todos los que hacían Semana, se publicaba la siguiente frase aclaratoria: “Esta revista aparece bajo la asesoría técnica de Plinio Apuleyo Mendoza”.

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En su debut la Revista incluía, a manera de editorial,  una nota de presentación firmada por “Los Editores”, encabezada con una foto de Alberto Lleras Camargo, junto a la cual iba la siguiente frase, tomada de la primera edición de la antigua Semana.

 “No es Semana una revista política, ni doctrinaria, ni literaria. Obedece su creación a una necesidad del tiempo nuevo, y a la creación natural de un público nuevo”, decía la frase del ex presidente, que los editores de la nueva Semana hacían suya en 1982, convirtiéndola en una suerte de bitácora.

El primer columnista de Semana fue Juan Gossaín, que había rechazado una oferta de Felipe López para dirigir la Revista. Su artículo de estreno se titulaba La sábana del Rabino, en el cual describía con ese ameno estilo suyo sus impresiones acerca de un viaje a Jerusalén y de las sábanas que en la intimidad usaban los clérigos judíos con sus mujeres.

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Luego de unos meses al frente del proyecto, Plinio volvió a su París, desde donde a mediados de octubre de 1982, envió, a manera de postal, una sentida nota a sus ex colaboradores, a quienes denominaba el kínder, su kínder.

[…]

En la primera edición, mientras Felipe López buscaba un director, en la bandera de la Revista no aparecía ese cargo, detalle que llamó la atención de Jorge Child, agudo e inteligente columnista de El Espectador, quien en un artículo dijo que eso era ilegal, puesto que en toda publicación era obligatorio incluir el nombre de alguien que respondiera por su contenido. Felipe se alcanzó a preocupar un poco, y como aún no había tomado una decisión al respecto, decidió poner su propio nombre en forma provisional.

Esta supuesta interinidad, sin embargo, se prolongó hasta 1990, cuando Mauricio Vargas, el Jefe de Redacción, abandonó la Revista para sumarse a la campaña presidencial de Gaviria. En ese momento, el periodista Roberto Pombo fue nombrado Director y Felipe se convirtió en Presidente de Semana.

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Semana arrancó con un puñado de periodistas que trabajaban de sol a sol. De ese equipo también hicieron parte, aunque fugazmente, Hernando Valencia Goelkel, un prestigioso ensayista y crítico literario, ajeno a la figuración pública, y Eddy Torres, quienes nunca se entendieron con Plinio, que no los consideraba buenos periodistas y los despidió, para sorpresa de todos.

Es difícil creer que la salida de estos dos ilustres colaboradores de la Revista se debieran a razones estrictamente periodísticas, teniendo en cuenta que Plinio no se caracterizaba propiamente por su serenidad. Famosos eran sus accesos de irritación, durante los cuales rompía hojas, partía lápices, tiraba objetos, pateaba puertas, lanzaba manotazos y daba alaridos que tronaban por todos los rincones de la Revista.

Claro que no todo en la vida de Plinio eran cuartillas, pataletas e insultos; también había ciertos momentos de preocupación que nada tenían que ver con la actualidad  del país ni con su trabajo como director pro tempore de Semana. Durante los meses que estuvo trabajando en Bogotá sus hijas, que estaban saliendo de la adolescencia, se quedaron prácticamente solas en París, razón por la cual Plinio, como cualquier papá, trataba de permanecer en contacto con ellas lo más seguido posible. Sin embargo, su instinto paternal se agudizaba cuando Camila, la menor de ellas, le contó que estaba saliendo con el ya polémico director de cine polaco Roman Polanski.

Pese a lo liberal que se consideraba, de la mente de Plinio era difícil apartar la imagen de vicioso y perseguidor de Lolitas que tenía el director polaco, y lo aterraba la idea de que su hijita de 16 años terminara en las garras de semejante depredador.

Plinio compartía sus angustias con María Elvira Samper, que trataba de darle consejos sobre cómo manejar la situación por teléfono con París. Al fin y al cabo, con nueve mil kilómetros de por medio, no era mucho lo que podía hacer para suplir la distancia que lo separaba de sus hijas.

Para tranquilidad del periodista, al regresar a París, su hija le confió que el affaire con Polanski no pasó a mayores, pues sólo se trató de unas salidas a cine y a algún concierto. Al cabo de un mes, ella lo vio como un hombre muy básico y no volvió a aceptar sus invitaciones.

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Según Felipe, las revistas son mejores cuando las escriben las mismas personas de principio a fin. “Cuando yo hacía Semana, salíamos todos los viernes a las cuatro de la mañana (del sábado) y regresábamos unas horas después a terminar el cierre, cosa que ocurría a la una o dos de la tarde; eran unas jornadas heroicas”, recuerda Felipe.

Una de las primeras contrataciones de la Revista fue María Elvira Samper, quien provenía del mundo de la televisión y cuyos informes en el programa periodístico Contrapunto habían llamado la atención del naciente empresario. Pese a que en un comienzo María Elvira se mostraba renuente a aceptar el trabajo, dada su inexperiencia en medios escritos, la insistencia de Felipe y Plinio pudo más y terminó escribiendo artículos para las primeras ediciones, antes de que la incorporaran de lleno como Jefa de Redacción.

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María Isabel Rueda, a la sazón columnista de El Siglo y directora del suplemento cultural de ese periódico, se sintió atraída por la nueva revista y fue a ofrecer sus servicios. Como examen de admisión, Plinio la mandó a entrevistar a Rodrigo Lara Bonilla, tarea que la llenó de entusiasmo.

Cuando Plinio revisó la entrevista la encontró anticuada, escrita en un estilo que no se ajustaba a las tendencias de las grandes publicaciones internacionales del momento, sobre todo las francesas, a las cuales Plinio les rendía reverencia, como Le Nouvel Observateur, L’Express o Le Point.

—Usted no sirve para esta vaina —le dijo categóricamente.

No obstante ese agrio portazo, unos meses después Felipe López la invitó a trabajar con él, cosa que ella aceptó feliz, pero con dos condiciones: quería un cubículo independiente y un espacio fijo para su columna. Felipe accedió a las dos peticiones y María Isabel se convirtió en la primera periodista abierta y orgullosamente goda de Semana.

El aterrizaje no fue fácil, pues ella venía de una escuela muy distinta; en El Siglo no había sido reportera y además el periodismo que se hacía en ese periódico era muy distinto de lo que se practicaba y le pedían en Semana, situación que la llevó a chocar con María Elvira Samper, la Jefa de Redacción, por cuya culpa terminó llorando más de una vez.

Como si fuera poco, para María Isabel, una conservadora practicante, proveniente del periódico de La Capuchina, no fue fácil acoplarse a una redacción muy liberal donde, según ella, todo el mundo era comunista.

—Eso está lleno de sandinistas —le confesó a su amigo Álvaro Montoya Gómez, ex compañero de filas en El Siglo, casi tan godo como ella.

Poco a poco las cargas se fueron enderezando y la relación con sus compañeros mejoró sustancialmente, sobre todo con María Elvira, con quien más adelante terminaría de compinche dentro y fuera de las paredes de Semana.

Por otra parte, tras más de dos décadas de publicación continua en Semana, su columna se convirtió en un referente en la prensa nacional, y una de las más leídas tanto por sus críticos como por sus defensores.

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Otro integrante de ese grupo fundador fue José Fernando López (el Mono), ex reportero de Alternativa, quien tras el cierre de ésta había trabajado en la Asociación de Instituciones Financieras (Anif), al lado de Ernesto Samper Pizano, presidente de esta organización, y que además fue su director de tesis, cuando el Mono se graduó de economista en la Universidad Nacional.

Plinio no admitía los puntos medios y con la misma vehemencia insultaba y elogiaba a los colaboradores de la Revista [más lo primero que lo segundo], tal como lo corroboraba él mismo en su postal parisina, en la cual hablaba en forma somera de los padecimientos de Carlos Mauricio Vega, quien, agobiado por el trato que recibía, renunciaba prácticamente cada ocho días.

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Tras un breve lapso en aquellas oficinas del centro de Bogotá, frente a la Librería Buchholz, la redacción de Semana se trasladó a finales de junio de 1982 a la mencionada sede de la calle 85 con carrera 11, en una casa que era propiedad de Julio Mario Santo Domingo, amigo y pariente de la familia López.

Esta casa –que antes había pertenecido a Demetrio Náder, respetable médico y padre del controvertido Carlos Náder Simmonds– había sido el cuartel general de la campaña presidencial que López Michelsen acababa de perder y tras la mudanza tuvieron que compartir espacio con algún personal de la fallida empresa electoral, situación que duró muy poco tiempo y luego de la cual fue ocupada enteramente por la gente de Semana.

Como ocurriera unos años antes con Jaime Michelsen Uribe, en esta sede se frustró otra relación de la Revista con uno de los grandes magnates del país. Sin embargo aquí se invirtieron los papeles, cuando Santo Domingo ofreció esta propiedad en venta a Felipe López por un precio irrisorio, a un plazo muy conveniente y con unos intereses absurdamente bajos.

Pero esta vez el que rechazó la tentadora oferta fue Felipe, quien por pudor periodístico no quiso contraer una deuda –así fuera mínima– con un personaje de la influencia y el poder de Santo Domingo. Creía que eso perjudicaba su independencia.

No obstante, poco después Felipe aceptó una invitación de Santo Domingo a pasar unos días en su mansión vacacional en Barú. Tras su regreso, Felipe –que siempre habla en chiste sobre su conflicto con Santo Domingo– decía que después de una semana juntos, tirando bolas de golf en el putting green de Julio Mario, quedó tan agradecido que acabó sin la independencia y sin la casa.

Este apunte es apenas un botón de muestra del cinismo y el humor corrosivo que caracterizan al menor de los hijos de López Michelsen, y de cuyos dardos envenenados no se salva ni él mismo. Aunque divertido, el chiste no tiene sustento en la realidad, tal como lo ha corroborado la historia de las malas relaciones entre Semana y el Grupo Santo Domingo, en las cuales la Revista ha luchado a brazo partido por preservar su autonomía.

Yo no dudo de la pasión periodística que invade la humanidad de Felipe López, y que lo llevó a levantar un imperio mediático a partir de cero. Felipe ha sido un trabajador incansable y en vez de dedicarse a vivir de los laureles cosechados por su padre o su abuelo, ha forjado una empresa muy respetable y sólida en un ambiente no siempre favorable ni exento de intrigas o zancadillas.

Felipe siempre ha intentado conservar su independencia. Ahora bien, la independencia no sólo es el bien más preciado para cualquier medio o cualquier periodista. También está demostrado hasta la saciedad que en el periodismo la independencia es un buen negocio, y así lo ha entendido Felipe; al igual que lo hiciera hace más de un siglo Joseph Pulitzer, el magnate y padre del periodismo sensacionalista, quien decía: “Si un periódico pretende servir seriamente al público debe tener una gran circulación, porque circulación significa publicidad, publicidad significa dinero y dinero significa independencia”.

Si Felipe hubiera aceptado el cuasi regalo de Santo Domingo, o hubiera tenido algún vínculo comercial con el hombre más rico del país, su capacidad de maniobra en las crisis que estaban por venir, se habría limitado enormemente; y con toda seguridad el destino de la Revista se habría visto muy comprometido.

En esa misma sociedad de cocteles, buenas conexiones y elogios mutuos, insolencias como las que ha cometido con su revista Felipe López, uno de sus miembros más destacados, no quedan impunes. Y las facturas llegan en forma de rompimientos de relaciones, señalamientos y desplantes que no todo mundo está dispuesto a asumir.

Felipe dice que siempre hay un posible entre la amistad y el ejercicio periodístico en un país como Colombia, donde todo el mundo se conoce con todo el mundo. Y cita como ejemplos lo duro que fue cubrir el proceso 8000, dada la cercanía que el tenía tanto con Ernesto Samper como con Fernando Botero. Además todos los políticos consideran que la prensa los trata mal, como ocurre con personajes como Noemí Sanín y Germán Vargas Lleras, que reclaman por el tratamiento que les da la Revista. En las pocas ocasiones en que los políticos no se sienten perseguidos, sus esposas creen lo contrario.

Una forma de evitar estos roces es mantener cierta distancia con los presidenciables que son amigos de la casa. En el caso de Juan Manuel Santos, que es íntimo amigo de él, y tío del director de la Revista, ni Felipe ni Alejandro tienen mucho contacto periodístico con él, para evitar la contaminación de los artículos periodísticos con las versiones oficiales.

En la experiencia de Felipe ha quedado demostrado que la amistad y el periodismo no se pueden compaginar muy fácilmente; pues varias de las relaciones que ha tenido a lo largo de los años, han terminado convertidas en víctimas colaterales de su trabajo como periodista.

Hace dos décadas, era muy amigo de Álvaro Uribe Vélez, con quien tiene muchos vínculos sociales en común; pero con el transcurso del tiempo, y por fuerza de los acontecimientos denunciados por Semana en los últimos años, asociados a la presidencia de Uribe, esa relación ha sufrido a un deterioro inevitable.

Desde luego, la más notoria de estas rupturas fue la que se presentó entre Felipe López y Julio Mario Santo Domingo, cuya amistad se erosionó irremediablemente a raíz de informaciones publicadas en Semana, que no eran muy favorables a los intereses ni al nombre de la familia del exitoso industrial barranquillero.

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