Carta a Caloi

Dibujo de Caloi. Calarcá (Colombia). 1989
María Verónica Ramírez (mujer de Caloi), Caloi, Pepón (COL), Pancho Cajas y Bonil (ECU) y Vladdo; entre otros colegas, en un encuentro de caricaturistas en Brasil, en 2005.
Vladdo (COL), Caloi (ARG), Chico Caruso (BRA) y Pepón (COL). Brasilia, 2005.

Viejo querido,

Aquella de tarde se septiembre de 2005, cuando nos encontramos accidentalmente en la playa de Ipanema, no pasó por mi cabeza que sería la última vez que nos íbamos a ver en la vida.
¿Recuerdas cómo fue ese grato reencuentro? Yo tengo esas imágenes en mi cabeza, perfectamente nítidas.

Después del encuentro de caricaturistas que tuvimos en Brasilia, donde nos despedimos todos los participantes en medio de besos, abrazos y promesas de reencuentro, yo salí de esa maqueta de ciudad y me fui a pasar unos días a Río de Janeiro, para respirar el aire de una metrópoli de verdad.

Por pura casualidad, desde mi habitación en el Cesar Park Hotel podía contemplar en toda su extensión la playa de Ipanema. Pese a mi aversión a la arena, el calor y demás singularidades de esos sitios, no me pude resistir y resolví bajar, animado, quizás, por la brisa fresca de la tarde moribunda. Pensé también que no podía estar en Ipanema y negarme a untarme de un poco de leyenda…

Así las cosas, luego de estar un rato sentado en la arena contemplando el mar, mientras disfrutaba una cerveza fría, me pareció ver a alguien conocido a unos 10 metros de distancia. Malo como soy para quedarme con alguna curiosidad, decidí acercarme unos pasos y… Cuál no sería mi sorpresa al verte ahí, como si tal cosa, sentado en una toalla con María, tu mujer.

—¡Caloi! —exclamé medio incrédulo…

—Pero, ¿qué hacés, Vladdo? —me dijiste, mientras María nos acompañaba con su sonrisa de adolescente.

Fue el comienzo de un rato muy agradable, lleno de cometarios de parte y parte. De recuento de los días que acabábamos de pasar en Brasilia, de los amigos, de los encuentros en Buenos Aires, de aquella velada en el Club del Vino, del Festival de Humor Gráfico, en Calarcá… En fin… Me contaste de las andanzas de tu hijo, Tute, que ya era un caricaturista hecho y derecho. Y también hablamos del Negro Fontanarrosa, ¿recuerdas?

Como en muchas veces anteriores, quedamos de volvernos a ver donde fuera. Y mira, ahora tan lejos, me vas a tener que esperar un poco…

La última vez que estuve en Capital Federal, por allá en 2009, te llamé y escasamente pudimos hablar por teléfono, pero no alcanzamos a vernos, y pensé: otra vez será. Hoy veo que no pudo ser. No por ahora, mi amigo.

Se enredan los recuerdos, me atraganto con las palabras. Te escribo y te hablo al tiempo. Y me bombardean las imágenes de tantas cosas que vimos; de los tragos que compartimos; de las discusiones que tuvimos (no se puede ser amigo de un argentino sin discutir nunca). Y aún me parece mentira que has partido ya…

Espero que ya te hayas encontrado con el Negro Fontanarrosa, que se te adelantó en el viaje, y que juntos, estén muertos de la risa, cargándose a todo el mundo.

Hasta siempre.

—Vladdo

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