Un día normal

A raíz de la a anunciada pausa de Juanes, desempolvo este perfil de Fernán Martínez, que escribí hace unos años –cuando fui director de la revista Poder– luego de compartir un día normal de trabajo en Miami con este exitoso empresario.

“La noche del 3 de septiembre de 2003 está grabada en mi cabeza como uno de los momentos que más he disfrutado en la vida” dice Fernán Martínez, al rcordar la entrega de los premios Grammy Latinos, en la que su pupilo Juanes se llevó las cinco estatuillas para las que estaba nominado. “Yo llegué nervioso a la ceremonia, pues no sabía qué iba a pasar”, reconoce Fernán Martínez mientras sus ojos verdes se mueven vivazmente. “Es que yo soy más nervioso que los artistas. Esa noche estaba con Juanes, que me decía: ‘Fresco, que vamos a ganar”.

Prefiere que su esposa no lo acompañe en este tipo de eventos, pues teme que sus nervios le jueguen una mala pasada y termine peleando con ella. Sin embargo, al final de la ceremonia, de los nervios no quedó sino el recuerdo, pues todo se transformó en júbilo con el triunfo absoluto de Juanes, y todo volvió a la normalidad. No era la primera vez que algo así le ocurría.

Sin embargo, pese a la magnitud de ese logro, Fernán se toma las cosas con calma. Al cabo de más de veinte años manejando artistas, los triunfos son gajes del oficio, cosas normales como lo son las alfombras rojas, los reflectores de los escenarios, las cámaras o el acoso de sus colegas periodistas. Ése ha sido su medio desde 1980 cuando el hoy descubridor de talentos fue a su vez descubierto por el cantante Julio Iglesias, quien estando de gira por Colombia, le propuso que manejara su imagen.

Fue así como este periodista payanés cambió las páginas del periódico El Tiempo y los cerros bogotanos por las playas y el calor de Miami. Fue también su entrada por la puerta grande al mundo de los negocios. Pues aunque él hoy en día se considera fundamentalmente un comunicador —y a fe que lo es—, es un exitoso hombre en el negocio del espectáculo.

No se da ínfulas de businessman. “Yo no me considero sino un buen periodista, un buen comunicador. En eso consiste mi trabajo: en enviar adecuadamente un mensaje. Lo mío es el periodismo. A mí lo que me gusta es escribir. Mi mujer es periodista. Desde hace muchos años, soy amigo de Rafael Santos. Mis mejores amigos son periodistas. Juego tenis con Julio Sánchez. El padrino de mi hija mayor es Gerardo Reyes. Todo el día trabajo con periodistas; el periodismo es mi mundo”, dice tratando de minimizar su imagen de hombre de negocios.

Además de Julio Iglesias, sus manos han moldeado la imagen de figuras como la presentadora Cristina Saralegui, de cuyo programa fue productor durante dos años, cuando Fernán trabajaba para Univisión. Poco después hizo con Chabeli Iglesias un programa de reportajes que lo llevó a recorrer medio mundo.

Y, como pagando una promesa, después de trabajar con Chabeli, se convirtió en el manager de otro Iglesias: Enrique, a quien lanzó al estrellato internacional y con quien trabajaría durante seis años, al cabo de los cuales la relación terminó en muy malos términos, con tribunales y abogados de por medio.

Fue en ese momento, a mediados de 2000 y en medio de la ruptura con Enrique, cuando lo llamaron de Universal Music, para proponerle que escuchara la música de un muchacho de Medellín, que había tenido una banda de rock, pero que se quería lanzar como solista. Fue así como empezó a interesarse por ese joven callado, tímido, con cara de recién levantado y pelo alborotado, que resultó ser Juanes.

Pero mientras Fernán iba forjando la carrera de Juanes también tenía que seguir el desarrollo de su pleito con Enrique Iglesias, que duró cerca de dos años y que lo tuvo al borde la bancarrota, lo obligó a salir de su amplia oficina, ubicada en el exclusivo sector de Brickell Key, a hipotecar su casa, a embargar algunos bienes y a vender otros para cubrir sus gastos. Por fortuna la pelea se resolvió hace un par de meses y Fernán consiguió que el cantante reconociera y pagara las deudas que tenía con su ex manager.

“Mi abogado me dijo que un buen acuerdo es aquél en que ambas partes quedan insatisfechas. Y eso fue lo que me pasó. Pues a pesar de que Enrique me pagó lo que me debía, yo tuve que pagar abogados en Los Ángeles y en Miami. Y mi historia de crédito quedó arruinada”.

Como para cerrar el círculo, al finiquitar el pleito con el hijo aparece de nuevo en la palestra de Fernán el papá de los Iglesias, Julio, quien lo contrata para hacer un relanzamiento de su carrera. Cuando ya pocos apuestan por el brillo de Julio, Fernán acepta el reto, porque quiere demostrar que a pesar de que el legendario cantante tiene mucho pasado, todavía le queda futuro.

“Julio Iglesias, con el que yo había trabajado del 80 al 90, tuvo su mejor momento en esa época, el único Grammy que ha ganado lo ganó en esa época. En esa época fue que triunfó en la China, en Estados Unidos. Después nos separamos por diferencias, por el cansancio mutuo de diez años de trabajo”, recuerda Fernán.

“Si con Enrique mi objetivo era que la gente mayor de veinticinco años asistiera a los conciertos, con Julio, lo que necesito es que asista la gente menor de treinta”, dice el emocionado manager, a tiempo que entrecierra los ojos. “Julio es un clásico, está al nivel de Frank Sinatra, de Elvis Presley. Nadie ha vendido más discos que él, ni ha cantado en tantos idiomas”, agrega orgulloso. “Pero ahora el reto es que le llegue a la gente joven, ¿sí me entiendes?”.

Conocedor de su oficio, Fernán sabe diferenciar perfectamente los ‘productos’ que le ofrece a la industria del espectáculo. Identifica claramente las características de sus artistas: Julio es el sabio, Enrique es la garra y Juanes es el músico. Claro que al hablar de Juanes subraya no sólo su sencillez sino su solidaridad.

En los momentos más difíciles que vivió Fernán debido al litigio con Enrique Iglesias, Juanes le extendió un cheque en blanco a su manager, poniendo a su disposición todos los ahorros de lo que había obtenido con su primer disco. Ese gesto, que conmovió hasta la médula a Fernán, le permitió capotear algunos de los apremios económicos del momento. Por eso, cuando Fernán habla de la sencillez de Juanes, sabe lo que está diciendo, y que no es cuestión de retótica simplemente. Esa experiencia lo acercó mucho más al cantante paisa, pues ambos son ‘de lavar y planchar’ pese al mundo en el que viven. También le permitió conocerlo mejor.

“El manager tiene que conocer íntimamente a sus artistas, a los medios y a su público. Desde que trabajaba en Colombia, yo conocía los medios, pero con Julio Iglesias los conocí personalmente. Cuando viene Enrique Iglesias, aplico lo que aprendí con Julio. Luego, la experiencia de Enrique la aplico manejando a Juanes. Y ahora, uso todo lo que aprendí con Enrique y con Juanes al proyecto de Julio, todo lo que sé de los medios, los contactos, las estrategias, los errores, los conocimientos de video, de fotografía”.

“Eso lo aprendí gracias a mi interés por los medios, viendo periódicos y revistas. Me formé mirando los periódicos, las revistas, los programas de televisión más importantes del mundo, y aunque me lamentaba toda mi puta vida por no haber estudiado inglés, esos hábitos me ubicaban a mí en un panorama más universal”.

Fernán dice que no se fija tanto en otros managers. Prefiere aprender de las carreras de otras figuras como Alicia Keys, Frank Sinatara, Shakira o Ricky Martin. Estudia sus trayectorias, sus estilos, la indumentaria que usan, sus repertorios. Se imagina qué haría y qué no haría en caso de que manejara a alguno de esos artistas.

Al hablar de la forma cómo un popayanejo maneja el mundo del glamour y del jet-set se expresa sin vacilaciones. “El noventa por ciento de mi cultura, de mi manejo del idioma, de historia, de geografía, lo aprendí en Popayán. Yo era mucho más culto y más inteligente cuando estudiaba derecho en Popayán. La ventaja de ser popayanejo es que uno es osado, se sabe desenvolver sin inconvenientes donde lo pongan. Como uno cree que pertenece a la nobleza y que su ciudad es el ombligo del mundo, eso le permite llegar sin complejos a cualquier parte. Eso te da credibilidad, personalidad. Un popayanejo no se asusta con nada; el popayanejo se adapta a todo, es un gran camaleón, por no decir lagarto”.

Y es precisamente esa capacidad de adapatación la que le ha permitido a Fernán moverse por el mundo como pez en el agua, conocer a grandes personajes y autoridades internacionales y recorrer con el mismo interés las calles, museos y restaurantes de ciudades como Tokio, Madrid o Lima. Ciudades que seguramente ya había conocido a través de los medios de comunicación, que son su pasión. También ha sido esa misma capacidad la que ha puesto al servicio de sus estrellas, para llevarlas a lo más alto del pedestal.

“Además el popayanejo tiene cierto gusto por lo estético, tal vez debido a lo conservadora que es la ciudad. Después viene la parte del comunicador. De cómo se debe escribir para ser universal, de cómo comunicarse con la masa. Eso es lo que me interesa a mí: ser masivo. Y eso lo aprendí en Popayán”.

Paradójicamente, este hombre de los medios se considera una persona tímida. “A mí no me gusta hablar con gente que no conozco. Yo no sé de qué hablar con alguien que me encuentro en un ascensor. Soy muy malo para las relaciones públicas”.

Cuando está en Miami, su vida gira en torno a su trabajo y su familia. “Me levanto todos los días a las siete de la mañana, y me voy con alguna de mis hijas al supermercado. Yo soy el ‘traidor’ de la casa: traiga huevos, traiga pan, traiga lo que haga falta para el desayuno. Luego hacia las ocho, en el baño, me conecto a Internet. Antes uno entraba con el periódico en la mano, pero con la computadora es mucho más chévere. Leo el periódico y reviso el mail antes de bañarme”.

A las nueve deja a sus hijas en el colegio y antes de las diez de la mañana se instala en su oficina, ubicada en el renaciente Art District, de Miami. Claro que lo de la oficina es un convencionalismo pues, según él, el celular se ha convertido en su despacho.

La oficina está repleta de afiches de sus artistas. Algunos colgados, otros regados por el piso, recostados en la pared. Está recién mudado. Tampoco faltan los cuadros con los discos de oro y de platino de Juanes y de Enrique, ni las carátulas de la revista Billboard. La silla del manager parece emerger de en medio de una inmensidad de trofeos con los estilos más diversos: metálicos, plásticos, en acrílico. Los de forma de lengua se mezclan con el que parece una cafetera y con la figura de un astronauta. Los más reconocibles son, desde luego, los gramófonos dorados que identifican a los Grammy. “Me siento como el dueño de una academia de taekwondo”, dice Fernán al referirse a su galería.

Truena la oficina. Es decir, suena el celular. Al otro lado de la línea, y del Caribe, se encuentra Julio Iglesias, quien lo llama desde su casa en República Dominicana. Fernán le pregunta por el terremoto de la víspera en ese país, pero Julio no tiene idea de lo que pasó, lo cual es una buena noticia. Durante cerca de veinte minutos se dedican a hablar de la puesta en escena del video de ‘Divorcio’, el nuevo disco de Iglesias.

Hacia la una y treinta o dos de la tarde, sale a comer algo por ahí. Ese “por ahí” puede ser el modesto Enriqueta’s —un restaurante cubano ubicado a cinco minutos de su oficina—, o el exclusivo restaurante chino del hotel Marriott, que está frente a la sede de The Miami Herald, en el centro de la ciudad. Un tipo tan descomplicado como Fernán se siente cómodo en cualquiera de los dos lugares, los disfruta por igual.

Después del almuerzo, su jornada transcurre entre conversaciones con sus artistas, con sus colaboradores, llamadas que entran desde París, Bogotá o Los Ángeles. Charlas y mails para concretar o afinar los detalles de una entrevista para la televisión de Corea, una donación que hace Juanes en Medellín, o los arreglos para un viaje de Julio Iglesias a Buenos Aires.

Es la víspera del cumpleaños del cantante español y Fernán recibe una llamada de parte de Susana Giménez, quien quiere entrevistar a Iglesias al día siguiente. “No, mira, él quiere estar a solas en su casa con los hijos y la familia. No quiere hacer nada público”, dice para declinar amablemente el ofrecimiento. Apenas cuelga, comenta con algo de sorna: “Si fuera Valeria Mazza sería distinta la vaina”.

“De mi trabajo no me gusta la noche. Yo de noche estoy dispuesto a viajar, a trabajar, pero que a mí a las once de la noche no me pidan que me vaya para un restaurante o para una discoteca”.

Y es comprensible, pues Fernán prefiere reservar sus trasnochadas para atender alguna de esas galas de limusina, alfombra roja, flashes, cámaras y aplausos que también son parte de su vida normal.

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