Doble discurso


Siempre he creído que la diplomacia no es uno de los campos en los cuales yo me sentiría muy a gusto. Y no lo digo solamente por el hecho de tener que decir unas cosas en público y luego tenerse que contradecir en privado. Ni por las apariencias que toca guardar ni los tragos amargos que hay que pasar. Lo que más me incomodaría a mí de la diplomacia es que carece de lógica.

En ese sinuoso mundo de la diplomacia lo que hoy es terrorismo, mañana es patriotismo; lo que un día es derecho a la información, al siguiente es un atentado contra la seguridad nacional; el dirigente que hoy es un aliado, mañana es un simple criminal, y así subversivamente…

Esa falta de lógica es la que transforma perspectivas, cambia puntos de vista e invierte las prioridades que rigen la política de los estados y las relaciones de éstos entre sí, en eso que llaman comunidad internacional.

Pero ese vaivén de hipocresías no se presenta únicamente entre los grandes países. El tono de esos dobles discursos con que se maneja el mundo también es determinante en la vida de paisitos como Colombia. Un ejemplo palpable lo vimos esta semana. Resulta que, por un lado, en Nueva York, el presidente de la República, Juan Manuel Santos, al intervenir en la IX sesión de la Asamblea de Estados Parte de la Corte Penal Internacional, dijo que llegaba “a proclamar en voz alta nuestra decisión de combatir la impunidad en nuestro país y nuestro inequívoco respaldo al trabajo de la Corte Penal Internacional”. No obstante, un día después del discurso del Mandatario, se conoció la carta que el embajador de Colombia en Washington, Gabriel Silva, le envió hace tres semanas al Departamento de Estado en la cual pidió “inmunidad soberana” a favor del ex presidente Álvaro Uribe, quien fue citado a declarar en una Corte Federal, en un caso contra la multinacional Drummond, por el supuesto apoyo a grupos paramilitares que asesinaron a tres sindicalistas en 2001.

Y aunque es inexplicable la carta de Silva (ajena por completo a las palabras del Presidente de la República), son todavía más sorprendentes los términos de la misiva: “hemos pedido al Departamento de Estado asistencia en la preparación y entrega de una Sugerencia de Inmunidad para ser entregada a la Corte Federal, y para tomar todos los pasos necesarios para aplastar esta citación”. Dicha terminología no se compadece en absoluto con el espíritu del mensaje de Santos que tantos elogios ha recibido, por su manifiesta intención de “reconocer y hacer efectivos los derechos de las víctimas a la verdad, la justicia y la reparación”.

Estas dos posiciones son el reflejo de dos estilos: el de Uribe y su conocido deseo de torcerle el pescuezo a la ley, y el de Santos y su pregonado interés de acatar la legitimidad y que sin duda le conviene más al país.

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