Romper el silencio


Esta es una de esas veces que uno se sienta frente a la pantalla en blanco, con la cabeza ídem. No sé si es por el fastidio que me produce la llegada de diciembre, o por una especie de saudade berlinesa, pero me encuentro en una de esas ocasiones en que creo que lo mejor sería callar.

Si uno no tiene nada concreto qué decir los editores deberían publicar el espacio de la columna en blanco, firmado por el autor, pues el silencio también es una forma de opinar. En diciembre de 1986, como protesta por el asesinato de Guillermo Cano, dejé vacío el lugar de mi caricatura en el periódico donde trabajaba y la experiencia fue un desastre: una compañera de la redacción me acusó de perezoso y un gerente, que todo lo reducía al vil metal, insinuó que donde había dejado ese hueco habría quedado mejor un aviso.

Cuando la cabeza está hecha un caos y el corazón es un nudo, otra posibilidad también sería publicar un amasijo de letras, que reflejara un poco esa horrible sensación de impotencia y frustración; algo así como esto: ckjicagmc agidaw rdb oyebaqeb lcfbgugcqgj iqgica nj agk dqonc ogidbamdqd mdwi íqs nera geqk udw ebawmdba zebw aeb ld acaoodgd rdodv cvea óa nefaqe taqeba e aag deb oyhca rkcw oa ebaqeba aeca wqfb gcicqol ea caqmda gqdbqueba a xk ba gmabbefeiex qqytuweh ineumog.

Aunque lo anterior parece un poco indescifrable, es más claro que un párrafo de José Obdulio, más rico de leer que una frase de Rangel, mejor argumentado que un artículo de Londoño, no tan fastidioso como uno de Yamhure y menos denso que un texto de Abdón.

Pero, volviendo al tema inicial, me pregunto por qué quienes escriben no gozan de la misma licencia que tienen los pintores o los escultores, que pueden exponer unos trabajos –de pronto hechos de afán– con los que descrestan a los críticos y maravillan a unos espectadores que salen de las galerías sintiéndose brutos por no haber entendido la genialidad del artista. De hecho, muchos que hacen la reseña de aquellas exposiciones no sólo aplauden el talento del autor, sino que además buscan algún nombre raro para definir su nueva etapa evolutiva. (Con las creaciones pasa lo mismo que con los hijos: muchas veces el más consentido, el ejemplo de la familia, sale peor que el vago, bohemio y disperso, por el que nadie apostaba un peso. De igual manera, hay trabajos a los que uno les pone el alma y pasan sin pena ni gloria, mientras que un dibujo o una nota entregados a la carrera, al filo del cierre, resultan catalogados como obras maestras).

En fin, por si no se nota, confieso que hoy no me sentía con ánimos para escribir, pero rompí mi silencio para cumplir esta cita que tengo con los lectores, así sea para que me den palo por decir tantas tonterías.

2 comentarios sobre “Romper el silencio

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