Un brindis por el guaro

Aprovechando el relax del fin de semana, comparto con ustedes este artículo en defensa del aguardiente…
Y recuerden: si van a beber, suelten las llaves.


En días pasados, fui a comer a uno de los nuevos restaurantes que hay en la calle 70 de Bogotá, en medio del intenso frío de las recientes noches capitalinas. Es uno de esos lugares que están de moda, frecuentados por colegas periodistas, uno que otro político y no pocos personajes de la farándula. Cuando me entregaron el menú me fui derecho a la sección de licores a buscar la mejor bebida posible para la ocasión: el aguardiente. Y como suele suceder en este tipo de establecimientos las marcas Néctar, Cristal o Antioqueño, por citar sólo unas, están desterradas de la lista de bebidas. Pensé que el comienzo de la noche iba a ser menos grato, y como el frío no se iba, pese a los grandes calentadores de ambiente, me arriesgué y le pregunté al mesero si tenían la cristalina medicina para la hipotermia. Y cuando el señor me sorprendió con un sí rotundo, su respuesta me sonó a dulce melodía de arrabal.

Traigo a colación esta breve y personalísima anécdota sólo como pretexto para referirme a la injusta discriminación de la que es objeto en nuestro país esa especie de bebida nacional. De nada o poco sirvió la revindicación que del aguardiente hiciera en su momento el presidente Belisario Betancur. Hoy en día no es posible encontrar un coctel donde a uno le ofrezcan aguardiente. Por alguna razón, que aún me parece incomprensible, la oferta tradicional está compuesta de güisqui (como dice la Academia de la Lengua), vodka o vino. Pero del guarito, ni hablar. Y si uno le pregunta al mesero, éste adopta una actitud de pocos amigos y, creyéndose el anfitrión de la noche, le espeta a uno la desobligante negativa.

Y de los clubes ni se diga. Aunque yo no pertenezco a ninguno –porque, como decía Groucho Marx, me niego a pertenecer a un club que admita como socio a personas como yo– de vez en cuando es inevitable asistir a algún evento en uno de tales establecimientos. Y, sólo para corroborar mi tesis, varias veces he hecho el experimento y de manera muy comedida les he preguntado a los meseros por el consabido trago. Quién dijo miedo. Si se les mentara la madre esos señores no lo mirarían a uno tan mal. “No señor, acá no se sirve aguardiente”, suelen responder, con una expresión bastante agria en su rostro.

Yo sé que hay tragos para cada ocasión y que para acompañar una carne no hay nada mejor que un buen vino, así como en un matrimonio sería un tanto extraño brindar con algo que no sea champaña. También es cierto que en otras oportunidades uno prefiere un vodka o un coñac y no un aguardiente, pero esa costumbre de excluir el aguardiente de ciertos lugares o celebraciones carece de todo fundamento. Por razones de salud no debe ser, pues el guayabo del aguardiente es prácticamente nulo, si se le compara con los devastadores efectos del vino o del vodka. Y por precio, el aguardiente lleva las de ganar. Queda la supuesta falta de clase, que tampoco tiene asidero, porque hasta donde yo he visto es tan insoportable alguien que se pasa de tragos tomando Johnnie Walker que alguien que lo hace con Néctar. ¿O será que el güisqui embriaga mientras que el aguardiente apenas emborrracha?



Nota del autor: Este artículo fue escrito y publicado originalmente en 2004. V./

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