Encuesto-debatitis aguda

A diez días de las elecciones presidenciales, la política sigue siendo el principal tema de
conversación en el país y son abundantes los temas que surgen alrededor de
candidatos, campañas, medios, encuestas o debates. Muchas cosas se pueden decir
sobre la cosa electoral, pero me voy a referir especialmente a estos dos
últimos asuntos: las encuestas y los debates.

Como beneficiario y
defensor de la libertad de expresión, creo que la publicación de las encuestas
electorales debería ser, si no prohibida, mucho más controlada por parte del
Estado, para evitar que el abuso de las mismas derive en una injerencia, esa sí
indebida, sobre el proceso de elección.
De todos es sabido que
cada sondeo produce un fuerte impacto en la gente del común, cuyo
comportamiento termina moldeado por la corriente de los favoritismos. Muchos
ciudadanos, víctimas de la presión social que las encuestas generan, le
apuestan, sin pensarlo, al caballo ganador. Otros, en contraste, al ver subir a
alguien que no es de sus gustos, resuelve votar en su contra, así eso implique
dejar de lado las propias convicciones. Otros más, desmotivados con los
resultados, se abstienen de participar mientras que algunos se suman con
desgano a las mayorías, dizque para no botar el voto. Son muy pocos los que
votan a conciencia, sin dejarse manipular por la numerosa cantidad de
encuestas, que a la larga resultan contraproducentes, pues el exceso de cifras
termina confundiendo a unos, desinformando a otros y apabullando a casi todo el
mundo.
El otro ingrediente
fastidioso de esta campaña han sido los incontables y publicitados debates. Ha
habido encuentros de todos los colores, estilos y sabores; la mayoría muy sosos
y algunos demasiado originales. Es obvio que el gran número de candidatos
dificulta la tarea de ubicarlos en el set y darles a todos tiempo suficiente
para elaborar sus respuestas. En algunos de esos encuentros a la multitud de
aspirantes a la presidencia se ha sumado una legión de periodistas que
convierten la escena en un hormiguero en el cual poco o nada se puede discutir
adecuadamente. Y si a eso le agregamos la cantidad tan absurda de debates y la
escasez de profundidad, se entiende por qué estas controversias casi no
despiertan el interés del público.
Al margen de las
anteriores consideraciones, es innegable que los más beneficiados en estas lides
han sido Pardo, Vargas y Petro, a quienes se les nota su experiencia en el
Congreso. Sin embargo, su pericia dialéctica no se refleja en las encuestas, lo
cual reafirma la teoría de que los debates inciden muy poco en la decisión de
los votantes.
En vez de hacer tanto
debate, los medios deberían abrir sus espacios para que los candidatos hablen
sin chicharras ni cuentas regresivas y expongan tranquilamente sus planes de
gobierno. Así nos evitaríamos el tedio que produce Santos al hablar; la
impaciencia que causa Antanas y la lástima que inspira Noemí. 

5 comentarios sobre “Encuesto-debatitis aguda

  1. ¡Muy de acuerdo! No creo que sea cuestión de prohibir las encuestas sino imponer controles de calidad mucho más estrictos a su realización y -sobre todo- a su uso por parte de los medios de comunicación y las campañas. Creo que también nos hace falta un infinitamente mejor programa de educación cívica en los colegios para que los ciudadanos podamos aprender a leer las encuestas con mayor conocimiento de estadísticas. Sobre los debates, creo que serían mucho más útiles si en realidad fueran debates, lo cual sería más fácil de lograr después de la primera vuelta; antes, se deberían hacer más bien buenas entrevistas.

  2. Y lo peor es que hay tantas encuestas que ya hasta se pierde el factor sorpresa, ya ni las miro.Solo estoy impaciente porque llegue el dia de las elecciones y ver que es lo que va a pasar.

  3. Pues no, no estoy de acuerdo Vladdo. Si las encuestas inciden en las decisiones de los votantes es porque estos son tan tarados que anteponen sus ideales a simples resultados.

    Lo que pasa con las encuestas es que el colombiano de a pie es un pobre ludopata que siempre está apostando por algo (de ahí a que no sea gratis que los bancos atraigan a los ahorradores con premios) y esa obsesión por ganar la traslada a la mesa de votación.

    Las encuestas son sólo un frío reflejo de lo que piensan algunos votantes. Sólo pretenden mostrar cómo van las cosas. Y todos tenemos derecho a esa información

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