¿Disidente o enemigo de la patria?

Palabras del autor en las jornadas «Colombia sin subtítulos», organizadas por Casa América Catalunya en el marco de la exposición «Ya vuelvo. Carlos Pizarro, una vida por la paz». Este texto y los de los otros participantes aparecen en la nueva edición de la revista Número.


Sobre la disidencia cultural son muchas las cosas que se podrían decir, dependiendo del enfoque que se le quiera dar al asunto, o del interés de quien lo afirme. El recorrido que hace la Casa América Catalunya por la trayectoria del M-19, y la vida de Carlos Pizarro, es un buen pretexto para echar una mirada al caso de Colombia y soltar algunas reflexiones al respecto.

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Según el diccionario, disidencia es la «acción o efecto de disidir». También se define como «grave desacuerdo de opiniones», cosa bastante común entre personas aun con la misma ideología o forma de ver la vida.

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Disidir. Hasta ahora me entero de la existencia de este verbo, pese a que llevo tantos años practicándolo con devoción; en público y en privado, en silencio y a todo pulmón, con dibujos y con textos, con amigos y con desconocidos, dentro y fuera de Colombia… Volviendo al diccionario, disidir quiere decir «separarse de la común doctrina, creencia o conducta». Yo diría que disidir es conjugar el pesimismo.

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Así las cosas, no es exagerado afirmar que la caricatura es sinónimo de disidencia. En mis años de estudiante, sobre todo al final de la secundaria, en medio del descontento de la época, mientras algunos de mis compañeros se debatían entre alinearse con los trotskistas o los maoístas, yo opté por ser caricaturista. Y desde entonces asumí una militancia activa en un movimiento disidente que, en mayor o menor medida, ha tenido tentáculos en todos los países del mundo.

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Una de las características de la disidencia, a mi juicio, consiste en no tragar entero, en ser inconforme. Como dicen los gringos, cuando las cosas parecen muy perfectas, o cuando ciertas cosas se dan por sabidas, think again. Ese repensar las cosas es lo que le permite a uno comprender mejor la realidad.

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Desde luego, la guerrilla es también una forma de disidencia. Es obvio que yo no comparto el uso de las armas para defender las ideas o para manifestar la inconformidad, y por eso opté por la trinchera del periodismo, y he defendido mis argumentos armado de papel, pluma y teclas, propiciando únicamente derramamientos de tinta.

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De los movimientos guerrilleros que conocimos en nuestra juventud el más atractivo sin duda era el M-19, porque a diferencia de los tradicionales métodos de las Farc, el ELN o el EPL, que acudían a discursos oxidados con lenguaje obsoleto y que se movían principalmente en zonas rurales o poblaciones pequeñas del país, el EME buscó llegar a los jóvenes de ciudades grandes y medianas gracias a una mezcla de entusiasmo y empatía; recurriendo además al humor, cosa rara en los movimientos de izquierda, donde aun hoy el humor parece desterrado.

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Sin llegar nunca a la militancia, yo siempre tuve una relación odio/amor con el M-19, pues por una parte me atraían ese mensaje de rebeldía y la irreverencia de sus actuaciones, pero por otra parte me mortificaba el uso de la violencia.

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Incluso yo fui víctima del EME en carne propia en 1988, cuando un comando de esa guerrilla secuestró al director del periódico El Siglo, en el cual yo publicaba mis trabajos. Por cuenta de esa acción del M-19, quienes trabajábamos con Álvaro Gómez vivimos varios días de angustia e interminables noches de zozobra, con el agravante de que en aquella época no había internet, ni correo electrónico, ni chat, por lo cual las vigilias se hacían mucho más largas.

No obstante, debo admitir que tras la ansiedad de los primeros días de ese secuestro, sin saber en manos de quién estaba Álvaro Gómez, la preocupación cambió de tono cuando se supo que lo tenía el M-19. Ahí supimos que se trataba de un secuestro político, relativamente manejable, cosa que no habría ocurrido si el autor del rapto hubiera sido un grupo más radical, como el ELN, o alguno de los carteles de la droga.

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En mi opinión, los principales lunares en la existencia del M-19 fueron el secuestro y posterior asesinato del líder sindical José Raquel Mercado y, desde luego, la toma del Palacio de Justicia. El caso de Mercado me sacudió fuertemente en mi adolescencia y me produjo una fuerte decepción, pues con esa acción la simpatía inicial que despertaba el M-19 se transformó en una crueldad incomprensible. Y, bueno, lo del Palacio de Justicia fue un error garrafal reconocido por los propios líderes de esa guerrilla, que no midió el alcance de su temeraria operación y que detonó una reacción igualmente trágica y absurda por parte del ejército, que le dejó al país una herida que aún no cicatriza.

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No creo mucho en el concepto tradicional de la patria, pues de hecho pienso que la nacionalidad es un accidente. Sin embargo, cuando muchos hablan de la patria como una madre, me pregunto qué clase de madre tenemos los colombianos. En ese orden de ideas, y haciendo un paralelo patria/madre, sobra decir que en principio uno quiere a su mamá; así sea cascarrabias, cursi, cantaletosa, camandulera, gorda o conservadora. No obstante, cuando esa mamá no sólo no protege a sus hijos, sino que además los persigue y los ataca, ¿qué debe hacer uno como hijo? ¿Huye? ¿Le devuelve la agresión? ¿La interna en un sanatorio? ¿Se dedica a hablar mal de ella? ¿Busca refugio en la casa de un amigo? ¿Trata de dialogar con ella, a ver si cambia? Yo creo que este dilema nos carcome a muchos colombianos…

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No nos digamos mentiras: la patria nuestra es una madre que atenta contra sus hijos. Colombia es una patria racista, clasista y excluyente, que no acepta fácilmente la diferencia y, prácticamente, no tolera la disidencia.

El racismo, por ejemplo, llega a tal extremo que a pesar de tanta población negra que hay en Colombia, la gente de esa raza difícilmente sobresale en campos diferentes del deporte o el entretenimiento, y a la mayoría de los negros sus compatriotas los ven con desconfianza. ¿Cuántos dirigentes empresariales negros tenemos? ¿Cuántos generales de las fuerzas armadas? ¿Cuántos actores? La casi totalidad de los negros en este país están condenados a ser ciudadanos de segunda.

Y qué decir de los indígenas. Colombia es el único país donde la palabra indio se utiliza como insulto en todos los estratos sociales… ¡Qué vergüenza de patria!

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En los últimos años, con el chovinismo desbordado desde lo más alto del gobierno, me indigna cada vez más el uso del patriotismo como pretexto para justificar toda suerte de crímenes y atropellos. En nombre de la patria representantes del Estado cometen crímenes de lesa humanidad, ignoran a los desplazados, insultan a la prensa, invaden países vecinos, espían a la oposición, desacreditan a las altas cortes. Y siguiendo esa lógica, quien no esté de acuerdo con el gobierno, no es un disidente ni un inconforme, sino que se convierte en traidor; una crítica a un funcionario, automáticamente se cataloga como una ofensa a la patria, y así subversivamente…

Por eso, si estar en contra de esas prácticas es ser enemigo de la patria, no me importa, acepto el remoquete, aunque preferiría que me llamaran disidente, pues a pesar de que el verbo disidir me suena muy extraño, su significado me parece fantástico. •

3 comentarios sobre “¿Disidente o enemigo de la patria?

  1. Me parece un análisis absolutamente cuerdo. Nuestro patrioterismo nos va a llevar nada mas ni nada menos que al abismo absoluto. En cuanto al EME, mi pensamiento no se aleja de la idea que se dejaron comprar de varias formas. De todas maneras cualquier reflexion que hagamos sobre la verdadera situación actual del País, nos debe llevar a concluir que no tiene arreglo de ningun tipo. Me aterra pensar que a nuestros nietos les vamos a dejar un País de Basura.

  2. Impresionantes y certeras palabras, Vladdo. Y mientras las leia me vinieron a la cabeza tantos recuerdos y tantas nostalgias, quiza ya tenemos suficiente edad para haber sobreviido a varios gupos violentos entre ellos al M19, pero con todo y sus errores, los prefiero en lugar de los grupos criminales que tenemos hoy en dia. Y en cuanto al significado de patria, creo que han desprestigiado tanto ese termino para justificar tanta violencia y abusos hacias los mas debiles, que he terminado dejandola de ultilizar.

    Y se sabe que si, tampoco conocia ese verbo desidir.

  3. Vladdo, es cuestión de simple semántica del receptor del mensaje, pues Usted hasta subvirtió el papel generalizado del lápiz. No obstante, la realidad sí consiste en que en Colombia debemos decirle perro a un burro porque le han colgado a este último un letrero que así dice, sea porque nos pagan por repetirlo o porque nos sentimos bien haciéndolo por congraciarnos con la “autoridad”; en Chile en tiempos de la nefasta dictadura, por miedo y para evitar problemas dibujaban en un muro una vaca y enseguida escribían “er”, nosotros mientras tanto bravos por una camiseta de Calle 13, valiente gracia, nos hubiera bastado con una silueta inteligible del presidente seguida de la señal de tránsito STOP. Formas de mirar este mundo cambalachudo. Un saludo y felicitaciones por su nuevo libro, espero tener algo de plata para comprarlo como una retribución a su esfuerzo de mirar este país de una manera más seria, aún dentro de las diferencias.

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