Ese carro nuevo

La obra de mostrar más destacada que tiene el presidente Álvaro Uribe es la recuperación de la seguridad, gracias a la cual ahora sí es posible viajar por carretera, cosa que tiene felices a muchos que ahora sí pueden ir los fines de semana a las fincas, los balnearios, las playas o los clubes cuyo acceso estuvo vedado por muchos años, debido a la omnipresencia de la guerrilla en el país.

A simple vista, el presidente le ha dado gusto a un país que pedía a gritos eso: seguridad. En principio ese ambiente de tranquilidad es un logro sorprendente que todo el mundo aplaude, no sólo en Colombia sino también en el exterior. No obstante, las cosas tienden a complicarse un poco cuando uno se pone a analizar los costos que esta seguridad conlleva, sobre todo a largo plazo.

Es como si a cierta mujer su marido le pone en la puerta de la casa un carro último modelo y le entrega las llaves diciendo: “Es todo tuyo”. Ella, embargada de emoción, ni siquiera se toma la molestia de preguntarle al hombre de dónde sacó la plata para pagar semejante regalo en medio de una crisis económica como la que estamos atravesando, ni cae en cuenta de que en su casa había otras prioridades, que debía atender con igual o mayor urgencia. Así que, ni corta ni perezosa, le estampa un beso al tipo, toma las llaves del vehículo con el que llevaba años soñando y se va a pasear con sus amigas.

Casi todas las pasajeras la felicitan, alaban el color de la pintura, quedan seducidas por la bocelería, admiran la tapicería y quedan descrestadas con el sonido de los potentes parlantes del equipo. “Ay, mija, qué envidia. Ese marido tuyo es una joya, ¿de dónde lo sacaste? Lástima que todos los tipos no fueran así; mira la carcacha en la que yo ando”, dice una de ellas, a cuyo comentario las demás se suman asintiendo con la cabeza.

Pero como en todas partes siempre hay un aguafiestas, no falta la amiga indiscreta que les comenta a las otras ocupantes del flamante vehículo: “Oigan, ¿ustedes no sienten un olor raro?” Como es de suponer, las demás no le prestan atención, y la única que se atreve a responderle a la impertinente, lo hace para decirle que está loca, que no sea cansona, que lo que huele así es la tapicería nueva.

Sin embargo, al final del día, después de dejar a cada amiga en su respectiva casa, cuando ya tiene el carro nuevo estacionado en su garaje, la feliz mujer siente que se ha acentuado el mal olor del que hablaba la imprudente; así que decide abrir todas las puertas para que el vehículo se ventile. Pero al levantar la tapa del maletero descubre la causa de tanta pestilencia: hay un cadáver en el fondo del baúl. Obviamente, el hallazgo la deja estupefacta.

Y eso que no sabe que, además, el carro es robado.

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