El último invento

Un 12 de marzo a mediados de los 80 llegué por vez primera al periódico La República. Su sala de redacción era muy semejante a las demás de la época pero muy distinta de las actuales. No había cubículos, sino filas de escritorios con sus sillas, teléfonos, lámparas, libretas, cámaras, rollos de película, y, lo mejor de todo, máquinas de escribir. Para los que llegan tarde, y según la Wikipedia, “una máquina de escribir es un aparato mecánico con un conjunto de teclas que, al ser presionadas, imprimen caracteres en un documento, normalmente papel”.

En honor a la verdad, y como orgulloso propietario de una Continental que me heredó la tía Cristina, debo decir que esa definición es correcta sólo en parte, porque excluyeron lo más importante de esos mal llamados ‘aparatos’: el ruido que producían; de eso no se habla en ningún lado. Aunque, pensándolo mejor, las máquinas de escribir no producían ruido sino música; una vibrante melodía que sonaba en las salas de redacción como una sinfonía interpretada por virtuosos redactores, conducidos por directores de orquesta usualmente llamados editores. Como en muchas otras piezas de la música clásica, el comienzo de la obra era muy suave, casi imperceptible, pero al compás de las noticias su ritmo iba aumentando gradualmente y sus notas envolvían más y más todos los rincones, hasta llegar al último movimiento, que normalmente ocurría al final del día.

Obviamente la función no estaría completa sin esos otros sonidos exquisitos de los teléfonos, el télex y el fax, que enriquecían cada día los conciertos en esos inigualables auditorios informalmente conocidos como salas de redacción.
Así era la atmósfera de los periódicos en los maravillosos años 80. Había pocos pero suficientes computadores. De hecho, creíamos que ya todo estaba inventado; todo funcionaba, aun sin portátiles por doquier, sin Internet, sin mail, sin Google; incluso sin celulares, ni ningún otro ‘gadget’.

Pero como lo bueno no dura, muy pronto el sonido de las máquinas de escribir fue callado por los computadores, y prácticamente de un día para otro nos quitaron la música y hoy las salas de redacción tienen un espantoso ruido de fondo, dominado por el insoportable y descontrolado repicar de los celulares.

Claro que los computadores y los celulares no fueron los únicos intrusos; desde entonces llegan y llegan aparatos supuestamente creados para simplificarnos la vida, pero que a la hora de agilizar nuestro trabajo no han sido muy efectivos, puesto que hoy, mientras más nuevos son los equipos y las redes, más temprano toca cerrar. ¿No es increíble?

Como si fuera poco, cuando uno ya había aprendido a manejar todos esos juguetes y se había resignado a ser un periodista multimedia (que hace el trabajo de tres por el sueldo de uno), llegó la crisis económica mundial. Ya no importa que usted sea el más diestro manejando todos los inventos al servicio de la prensa. Eso no tiene gracia: ahora tiene que reinventarse usted mismo.

Como quien dice: alt-F4.

3 comentarios sobre “El último invento

  1. El mismo periódico La República que pone a sus redactores a repartir volantes en las calles como cualquier estudiante de colegio varado (varado el estudiante y varado el colegio). En vez de dar empleo así sea por una semana al que lo necesita.Y cuando el periodista de marras suelta su queja al ciberespacio, donde todo se vuelve público, lo llaman a descargos por “deslealtad” y lo obligan a renunciar bajo quién sabe qué tipo de amenazas.Qué casualidad que habiendo ocurrido el suceso ayer usted hoy hable de ese periodicucho. Y no fui yo, yo no soy periodista.

  2. De acuerdo Vladdo, y los que formamos parte de esa generacion de mitad de camino nos quedo cierta nostalgia del otro mundo que alcanzamos a conocer, el de la maquina de escribir y la no existencia del celular…la maquina de escribir la conoci pero, JAMAS, pude con ella, nunca le saque una palabra, sinceramente es uno de los aparatos que me ha hecho sentir mas inutil en mi vida y si, esa partida la perdi, porque ya en ese sentido no hay vuelta atras

  3. Tengo 21 años, y aunque si conocí las maquinas d escribir me siento mejor con los aparatos del S XXI. La verdad no se qué sería del mundo sin ellos.Lo malo es cuando la sociedad se vuelve más competitiva, y es lo que hace que estos aparatos no nos faciliten la vida, sino que hacen que deseemos destruirlos con un martillo por el estres que implica manejarlos. Todo en pro de la competitividad.

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