Ni ley, ni justicia, ni paz

En este rollo de la extradición de la cúpula paramilitar a Estados Unidos hay una parte de la historia que todavía no conocemos y que probablemente nunca llegaremos a conocer. Me refiero al motivo último que llevó al doctor Álvaro Uribe a tomar la sorpresiva decisión. Como es bien sabido, el final del proceso del Cagúan se precipitó cuando las FARC secuestraron el avión donde iba el senador Jorge Gechem, hecho que obligó al entonces presidente Andrés Pastrana a romper las negociaciones con la guerrilla.

En cambio en este caso, como es costumbre en el actual régimen, la decisión se tomó a espaldas del país y sin dar explicaciones a la ciudadanía. El martes, en su inocuo discurso, el Presidente no dio la menor pista al respecto, no contó nada nuevo, no reveló cuál fue la gota que supuestamente rebosó la copa.

Que no cooperaron con la justicia, que reincidieron en los delitos o que la reparación falló, como lo resumía ingeniosamente el periódico de Juan Manuel Santos, no es ningún descubrimiento. Eso ya lo había denunciado hace rato la revista Semana, y lo habíamos criticado muchos otros, sin que nadie del gobierno le hubiera prestado atención. Calumnias de la oposición, dirían.

Sin embargo, con la repentina extradición de esos señores se confirmaron varios hechos que el gobierno se había empeñado en negar todo este tiempo. Una, en Colombia no hay cárceles de máxima seguridad, pues en ese tipo de prisiones los reclusos no pueden tener celulares, computadores, Internet, visitas indiscriminadas, ni otras comodidades de las que gozaban los cabecillas de las AUC. Dos, si ellos seguían delinquiendo desde su confinamiento, quiere decir que de barrotes para afuera sus estructuras militares seguían intactas, o sea que los que se entregaron eran combatientes de utilería y las desmovilizaciones eran puro teatro, como se dijo tantas veces. Tres, el Comic-Sionado era un alcahuete o un cómplice en todo ese proceso, que no hacía sino defender a los paras, pese a las múltiples y comprometedoras evidencias en su contra. “Nadie ha demostrado que ellos hayan violado ningún acuerdo ni cometido delitos después de la desmovilización”, le decía descaradamente a Semana en junio del año pasado.

Además, al haberlos extraditado por delitos de narcotráfico, el Presidente (otra vez) nos da la razón a quienes creímos y dijimos que eran narcos que posaban de paramilitares para torcerle el pescuezo a la justicia, cosa que en efecto estaban haciendo con anuencia del Gobierno. Y como la Corte Suprema de Colombia autorizó su extradición por narcotráfico (tal como lo pedía el Tío Sam) serán juzgados por ese delito y no por crímenes de lesa humanidad, como ingenuamente creen algunos.

Así que de verdad, justicia y reparación de las víctimas del paramilitarismo, pocón pocón. Si hubiera existido algún interés en resarcir a estas víctimas, en vez de esa extradición masiva de ‘paras’ el gobierno debió pasarlos a la justicia ordinaria, donde a Mancuso, por ejemplo, le esperaba una condena de 40 años por la masacre de Ituango.

3 comentarios sobre “Ni ley, ni justicia, ni paz

  1. Vladdo: Este Gobierno resulta espectacular, ya sabíamos del programa “Computadores para Educar”. De qué nos quejamos de los computadores de Reyes y de los señores paramilitares. Los primeros se salvan de bombardeos y los segundos se desaparecen, eso debería llamarse Alfabetización Cibernética, curso que podrá dictar Ordulio.

  2. Pues sí…. No hay este tipo de análisis en El Tiempo, pero… corro a ver la página de El Espectador a ver si ahí sí veen las cosas de esta manera!!! Que rico tener dos periodicos!!! 😉

  3. El cinismo, la inmoralidad y el descaro de este gobierno están llegando a cimas y simas inconmensurables. Lo más terrible del asunto es la indiferencia y peor aun la complacencia de los colombianos urbanos. En medio del clima de mentiras y terror que ha creado este gobierno, gran parte de los colombianos, sentados en sus apartamentos y viendo RCN, viven felices, celebrando el supuesto final de una guerra que aun continua y en la cual ellos no han perdido nada. Los pocos que nos resistimos a caer en la ignominia de aceptar el triunfo del narcotráfico, y los millones de victimas, que no cuentan, vivimos en el miedo, en la invisibilidad y la incomunicación.

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