El superpresidente

La crisis social del departamento del Chocó deja al desnudo la mediocridad de la administración Uribe, pese a sus famosos índices de popularidad.

No es posible que, tras casi cinco años en el gobierno, durante los cuales se han celebrado tres consejos comunales sobre la situación de ese departamento, apenas ahora Uribe se venga a enterar de las dificultades que atraviesan sus habitantes. ¡No hay derecho….!

Apenas hace unas semanas Uribe se dio cuenta de que el acueducto de Quibdó cubre escasamente al 30% de la población.

Apenas en estos días, el gobierno descubre (¡oh, sopresa!) que Quibdó necesita un hospital decente.

Apenas ahora se les ocurre intervenir directamente para atajar la corrupción que azota esa región.

¡Por favor! Que no nos crean idiotas a todos. Pese a que todos sabemos que el Chocó es un departamento miserable desde antes de que Uribe naciera, a éste no se le ocurrió hacer nada por mejorar sus precarias condiciones de vida, apenas llegó al gobierno en 2002.

Ni Uribe ni sus funcionarios se pueden lavar las manos diciendo que todo es responsabilidad de los mandatarios locales. Eso no es serio. Como tampoco lo es el hecho de que el ministro de Protección Social venga ahora a decir que el problema es que hay pueblos que quedan muy lejos. Que no sean tan indolentes.

Todo esto es apenas una muestra de que los dichosos consejos comunales no son más que actos populistas y de propaganda, que sólo sirven para darle pantalla al Presidente, pero en los cuales no se resuelve nada. Una farsa continuada a lo largo de meses y de años, para hacer ver a Uribe como el ejecutivo que no es.

¿Para qué diablos sirve el crecimiento anual del 7% de la economía del país si eso no se traduce en mejorar las condiciones de vida de los más pobres? Y lo peor es que faltan noticias de otros municipios, de otros lugares del país, de los cuales aún no tenemos datos, pero que seguramente atraviesan situaciones semejantes o quizás mucho peores.

Vergüenza debería darle a Uribe al ver lo poco que ha hecho por tantos niños del país que no tienen fuerzas para sostener –ellos sí, literalmente- esa carnita y esos huesitos.

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