Solidaridad de Osuna

Una nueva voz de respaldo recibí con motivo de la ‘desactivación’ de mi columna en Portafolio.

El maestro Héctor Osuna, en su condición de Lorenzo Madrigal, publica en la edición que está circulando de El Espectador una nota que agradezco de corazón y que se suma a una caricatura suya aparecida hace una semana, en el mismo sentido.

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Este es el artículo:

Sale Vladdo de ‘Portafolio’
Lorenzo Madrigal

Nos soy lector de Portafolio, publicación económica del gran pulpo El Tiempo. No lo soy porque no me gusta el color salmón (aunque lo encuentro espléndido en los cuadros de Joaquín Sorolla) y porque las tan importantes como discutibles razones económicas ‘no han mecido mis sueños’.

Pero allí escribía, invitado a temas de otra índole por su director, don Mauricio Rodríguez, el apreciado colega Vladimir Flórez Flórez, de todos conocido como Vladdo.

La noticia de que ha salido Vladdo de Portafolio es vieja de quince días, pero que esté por fuera, es asunto de hoy y de los días que siguen. Las razones aducidas para el cierre de su columna velan, como es de ocurrencia normal, las verdaderas causas del degüello periodístico. Muy dueños son los propietarios de los órganos de prensa, en un país libre, de escoger o prescindir de sus colaboradores. Vaya si no. Pero cómo no ver en ello políticas oficiales, cuando es notoria la afinidad del medio periodístico con el Gobierno, donde tiene anclados a sus antiguos editores y jefes de redacción.

Mi amigo Vladimir tal vez molestó más de la cuenta al Ministro de Defensa, enhiesta figura del Régimen, quien, como si fuera poco, es cuñado del propio director de la hoja de negocios. Así no se puede. Era del todo imposible que se le permitiera escribir. No estaba Vladdo en el portafolio de propuestas “libres”, que le fuera anunciado en el comienzo de su colaboración. El excluido columnista descansa, por hoy, en la paz de quienes no están sujetos a la obligación, generalmente voluntaria, de pasar a lenguaje escrito sus pensamientos. Sigue, por supuesto, dibujando, y llenando tantos espacios, políticos y culturales, como los que él llena, con su personalidad altiva y multipresente.

Dios no quiera que los aires de la Venezuela Bolivariana, que empiezan a hacer irrespirable la libre expresión, nos lleguen por la frontera, como al Ecuador dicen que le llega el glifosato, y nos ocurra que el gobierno perpetuo, que igualmente nos asiste, controle y depure el periodismo, a su antojo.

No será fácil silenciar a Vladdo. Si lo echan de algún medio, sus colegas y lectores –leía en ocasiones su columna de atún con espinas– lo echaremos mucho más, pero de menos. Imagino que no dejará de publicar Un Pasquín, un tabloide muy suyo, de tan escasa circulación como bella factura editorial y excelente nómina de colaboradores.

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