Tres trinos de vértigo

NOTA: A propósito del primer año del escándalo de Interbolsa, La República me pidió un artículo sobre los trinos que puse en Twitter, en los que di las primeras alertas sobre el colapso de esa firma. Este fue el resultado, publicado en dicho diario.

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Bogotá.— Soltar una primicia por Twitter no es un asunto muy convencional, y menos aún cuando una ‘bomba’ noticiosa puede tener unas implicaciones tan serias como ocurrió en el caso de la firma de corredores Interbolsa el primero de noviembre del año pasado.

Por supuesto, antes de escribir una sílaba con una información tan delicada fue necesario hacer una serie de verificaciones para evitar cualquier error, que en un caso como este podría sepultar para siempre la credibilidad de un periodista.

Desde un comienzo yo fui consciente de las consecuencias que podrían tener las pocas frases contenidas en esos tres trinos, y por eso hasta el último momento confirmé cada uno de los datos que me disponía a divulgar. En una de las conversaciones previas con una de las fuentes consultadas, le pregunté: “¿Usted es consciente de que si esta información es falsa hoy puede ser el fin de mi carrera como periodista?” A pesar de que recibí un parte de tranquilidad de esta persona, consulté nuevamente a otras dos fuentes del sector financiero, una de ellas muy cercana a Interbolsa, las cuales me dieron más detalles y me hicieron algunas precisiones adicionales sobre la crisis que se avecinaba en el mercado bursátil colombiano.

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Así las cosas, faltando unos segundos para las 10:00 am, redacté el primer trino y, no exento de nervios, hundí la tecla de enviar. Obviamente, en unos pocos instantes mi cuenta de Twitter se convirtió en un hervidero de reacciones de mis seguidores. Algunos me tacharon de irresponsable, otros me acusaron de poco ético y los más intransigentes llegaron incluso a afirmar que yo estaba causando pánico económico, delito castigado por la ley en nuestro país.

Desde luego también hubo muchos tuiteros que les daban crédito a mis afirmaciones. En todo caso, sin prestarles atención ni a unos ni a otros yo publiqué dos trinos más con la información que tenía en mi poder sobre la debacle de Interbolsa, tema que en cuestión de minutos invadió las redes sociales y por poco hace reventar mi celular.

Una de mis fuentes me había informado que la empresa comisionista iba a emitir un comunicado a las 11 am reconociendo la crisis en que se encontraba; motivo que me llevó a eliminar mis trinos, pero sin retractarme de su contenido, de manera que a partir de ese momento la información fluyera por los canales convencionales.

Sin embargo, dicho comunicado no se produjo y quienes me señalaron como irresponsable se llenaron de argumentos para continuar atacándome. En medio de semejante agite, apareció en la página web del diario Portafolio una declaración de Rodrigo Jaramillo, presidente de Interbolsa, donde afirmaba que me iba a demandar, asunto que yo no podía tomar a la ligera, a pesar de la solidez que yo creía que mis datos tenían.

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No obstante, pocos minutos después de la amenaza de Jaramillo y mientras arreciaban las críticas de tirios y troyanos en mi contra, Interbolsa expidió el esperado comunicado del cual mi fuente había hablado. Lo que ocurrió a partir de ese momento ya es de dominio público, y aunque yo no sentí ninguna alegría, sí me produjo una inmensa satisfacción profesional.

Situaciones como esta se presentan pocas veces en la vida de un periodista y, por muy avezado que uno sea, cuando ejerce con intensidad este oficio las primicias siempre le ponen a hervir la sangre. Independientemente de que estas sean publicadas en la primera página de un gran periódico o en las tres líneas de una cuenta de Twitter. •

Aquí, el link del artículo en La República:
http://www.larepublica.co/finanzas/historia-de-tres-trinos-de-v%C3%A9rtigo_67171

“A mi edad, aún no entiendo la tostadora eléctrica”: Fontanarrosa

[Una entrevista] A finales de 2001, llamé a Fontanarrosa a su casa en Rosario, para pedirle una entrevista para la última página de la revista ‘Poder’. Luego de contarle de qué se trataba, le envié un cuestionario y un par de días después recibí un fax con las respuestas, las cuales se reproducen a continuación. Sobra aclarar que fue una de las entrevistas más divertidas que se publicaron en esa sección de la revista. —Vladdo

¿Qué tan en serio se toma usted?
—Me tomo muy en serio porque deseo cambiar muchas cosas con mi humor. Primero, el auto; luego mi casa…

¿Qué prefiere: dibujar o escribir?
—Las dos cosas. Por eso hago tiras cómicas.

¿De qué chica de tira cómica se enamoraría?
—Experimento un amor casi infantil por Lisa Simpson.

¿Una mina de diamantes o una mina de amante?
—Una mina de diamantes. Con eso se pueden conseguir miles de amantes.

¿Qué es lo más difícil de ser caricaturista?
—Convencer a los invitados de que una fiesta no se anima cuando llega uno.

Una caricatura que no le gustaría hacer…
—Todas las que no he hecho no me gustaban.

¿Hubo algún día feliz en la vida de Boogie?
—Boogie no tiene sentimientos. Tiene sensaciones, como el frío, el calor, el olor a café. Para él la felicidad puede ser el sabor de la cerveza.

Si pudiera encarnarse en uno de estos personajes suyos, ¿en cuál preferiría hacerlo: Inodoro Pereyra, Sperman o Boogie?
—Si el asunto pasa por encarnarse, lo mejor sería hacerlo en la Eulogia, la carnosa mujer de Inodoro Pereyra.

¿Qué haría Boogie si un día se tropezara con Mafalda?
—Boogie es un profesional. Sabe que hay que atacar las causas y no los efectos. Dejaría marchar a Mafalda e iría en busca de Quino.

¿Qué prefiere: el fax o el e-mail?
—El fax es el más sano. No tiene virus como el e-mail ni ántrax como las cartas.

¿Cuántas horas por semana usa la computadora?
—Las suficientes como para que a ella no se le vuelva una costumbre.

¿Qué es lo peor de las computadoras?
—Su permanente curiosidad. La mía me hace más preguntas que mi propia esposa.

¿A qué atribuye su ‘tecnofobia’?
—A mi edad, aún no entiendo la tostadora eléctrica.

¿Por qué es hincha de Rosario Central?
—Porque Dios, en su infinita sabiduría, me ha puesto sobre este mundo para sufrir.

¿Cuál es el mejor gol que ha metido?
—Los goles son como mis hijos. Y, debo confesarlo, Franco es hijo único.

¿…y el mejor gol que le han hecho?
—He recibido infinidad de goles por una deformación profesional. Como dibujante debo cuidar mis manos.

¿Pelé o Maradona?
—He gritado con más ganas los goles de Maradona que los de Pelé.

¿Menotti o Passarella?
—En Argentina la controversia es ‘Menotti o Bilardo’. En ese caso me quedo con Passarella.

¿Maturana o el ‘Bolillo Gómez’?
—El respeto por las autonomías regionales me inhibe de opinar sobre un problema estricamente colombiano.

Su selección ideal de fútbol…
—Fillol; Cafú, Beckenbauer, Passarella, Roberto Carlos; Platini, Bobby Charlton, Maradona; Pelé, Cruyff, Kempes.

¿Qué no le gusta de ser argentino?
—Tener que fingir permanente humildad a pesar de nuestra innegable grandeza.

¿Quién manda en la Argentina?
—George Bush.

¿Cree en la resurrección del señor… Menem?
—Por supuesto. Hace milagros. Multiplicó los peces, los panes, los campos y las mansiones de su fortuna personal.

¿Cree que alguna vez su país ha estado en el Primer Mundo?
—Si. Cuando pertenecía a España.

“Lo que murió con Castaño”

NOTA DEL EDITOR: Para prevenir cualquier accidente que se pueda presentar con los archivos de la edición digital del periódico ‘El Colombiano’, guardo en este blog la siguiente copia de respaldo de esta importante columna del doctor Fernando Londoño Hoyos. Es una pieza literaria, política y periodística, digna de leer y releer con regularidad, para entender mejor lo que pasa en este país y lo que puede pasar en los próximos meses. —Vladdo

Por Fernando Londoño Hoyoslondono-hoyos

Hace mucho tiempo supimos que Carlos Castaño había sido asesinado por los sicarios de las autodefensas. Ahora sabemos que lo mató su propio hermano -la vieja historia de Caín y Abel, otra vez- quiénes fueron los verdugos y en cuáles atroces condiciones cumplieron su encargo siniestro. Lo que hoy corresponde examinar es otro asunto bien distinto, y de mucha mayor entidad, a saber, qué murió con Carlos Castaño.

Las autodefensas existen porque existe la guerrilla marxista, valga decir, el ataque. Esa perogrullada suele pasarse por alto, y no por accidente. En su origen, están, pues, atadas a dos hechos fundamentales: el oprobioso vejamen al que estaban sometidos los campesinos colombianos, y la ineptitud del Estado para garantizarles la vida, la honra y los bienes, que es exactamente aquello para lo que el Estado existe.

Pero las cosas se complicaron, por donde peor complicadas pudieran verse. Y es que aparecieron en la escena de nuestra tragedia los mafiosos, disfrazados de campesinos. Lo mismo que andaban en las selvas celebrando con la guerrilla la más vil de las alianzas posibles, ahora aparecían en las zonas agrícolas más ricas, posando de hacendados y de mártires. Para defender el producto de sus ganacias miserables, se tomaron las organizaciones que los campesinos habían montado para ejercer el sagrado derecho a defenderse. Y así quedó planteada nuestra desventura: la guerrilla era fuerte por el auxilio de la cocaína, y las autodefensas se hicieron fuertes por la cocaína. En el fondo, esa sería la guerra entre hijos de la misma despreciable madre, auspiciada por la ineptitud del Estado para hacer lo suyo.

Quien tenga alguna duda sobre este planteamiento puede recordar el reportaje que Carlos Castaño le concedió a Claudia Gurisati, uno de los documentos periodísticos más importantes que se hayan producido en Colombia. Carlos Castaño, intelectual hecho a pulso, en el desorden metodológico y conceptual que puede suponerse, era la ortodoxia plena de las autodefensas originales, que de mal grado admitían valerse del narcotráfico, y solo como de un instrumento indispensable para sobrevivir. Pero que no perdían y no querían perder el norte de su naturaleza política antisubersiva y anticomunista.

Pero el dinero es mal aliado, hasta de las causas más limpias. Y además es poderoso y capaz de envilecerlas y de dominarlas. Que fue lo que pasó con las autodefensas, que se convirtieron de señoras en siervas, y trocaron su vocación política por su concupiscencia por la riqueza fácil. Y ahí se armó la gresca entre los que en medio de los excesos y contradicciones de las autofensas no querían renunciar a su sentido prístino, y los que preferían convertirlas en mafias fabulosamente rentables.

Lo que murió con Carlos Castaño fue el significado político de las autodefensas, su sentido como medio para enfrentar las Farc y sostener el derecho de propiedad en el campo y con ese derecho una manera de concebir la vida. Los que mataron a Castaño querían recoger el legado detestable de Pablo Escobar, de quienes fueron amigos y servidores algunos de los que hoy se llaman, tan injustamente, paramilitares.

Cuando en los acuerdos de paz se toleraron los mellizos, los bernas, los macacos y valoyes, la suerte quedó echada. Y cuando se olvidó proponer como condición primera y esencial la entrega de la droga, sus caminos, sus medios, sus cómplices, para acceder a un beneficio jurídico cualquiera, se abrieron las compuertas del desastre. Castaño murió físicamente, Ernesto Báez ha sido silenciado y Mancuso pareciera ser el próximo Castaño. Mientras los cultivos de coca subsisten, los laboratorios pululan y nadie toca las desafiantes riquezas de los supuestos negociadores de la paz, que apenas son delincuentes horrorosos en busca de impunidad.

Castaño murió. Ya lo sabíamos. Es hora de que resucite su elemental pero preciso ideario, la única manera de recuperar el alcance y la legitimidad de la paz que se viene discutiendo.

Artículo publicado originalmente en 2006, en la web de http://www.elcolombiano.com.
http://t.co/ImH9W0so9o

El enigma de los dos Chávez

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[Perfil de Hugo Chávez, escrito por Gabriel García Márquez, para la revista Cambio, edición Colombia, en 1999. El enlace de la publicación original en http://www.cambio.com.co no está disponible].

Carlos Andrés Pérez descendió al atardecer del avión que lo llevó de Davos, Suiza, y se sorprendió de ver en la plataforma al general Fernando Ochoa Antich, su ministro de Defensa. “¿Qué pasa?”, le preguntó intrigado. El ministro lo tranquilizó, con razones tan confiables, que el presidente no fue al Palacio de Miraflores sino a la residencia presidencial de La Casona. Empezaba a dormirse cuando el mismo ministro de Defensa lo despertó por teléfono para informarle de un levantamientio militar en Maracay. Había entrado apenas en Miraflores cuando estallaron las primeras cargas de artillería.

Era el 4 de febrero de 1992. El coronel Hugo Chávez Frías, con su culto sacramental de las fechas históricas, comandaba el asalto desde su puesto de mando improvisado en el Museo Histórico de La Planicie. El Presidente comprendió entonces que su único recurso estaba en el apoyo popular, y se fue a los estudios de Venevisión para hablarle al país. Doce horas después el golpe militar estaba fracasado. Chávez se rindió, con la condición de que también a él le permitieran dirigirse al pueblo por la televisión. El joven coronel criollo, con la boina de paracaidista y su admirable facilidad de palabra, asumió la responsabilidad del movimiento. Pero su alocución fue un triunfo político. Cumplió dos años de cárcel hasta que fue amnistiado por el presidente Rafael Caldera. Sin embargo, muchos partidarios como no pocos enemigos han creído que el discurso de la derrota fue el primero de la campaña electoral que lo llevó a la presidencia de la República menos de nueve años después.

El presidente Hugo Chávez Frías me contaba esta historia en el avión de la Fuerza Aérea Venezolana que nos llevaba de La Habana a Caracas, hace dos semanas, a menos de quince días de su posesión como presidente constitucional de Venezuela por elección popular. Nos habíamos conocido tres días antes en La Habana, durante su reunión con los presidentes Castro y Pastrana, y lo primero que me impresionó fue el poder de su cuerpo de cemento armado. Tenía la cordialidad inmediata, y la gracia criolla de un venezolano puro. Ambos tratamos de vernos otra vez, pero no nos fue posible por culpa de ambos, así que nos fuimos juntos a Caracas para conversar de su vida y milagros en el avión.

Fue una buena experiencia de reportero en reposo. A medida que me contaba su vida iba yo descubriendo una personalidad que no correspondía para nada con la imagen de déspota que teníamos formada a través de los medios. Era otro Chávez. ¿Cuál de los dos era el real?

El argumento duro en su contra durante la campaña había sido su pasado reciente de conspirador y golpista. Pero la historia de Venezuela ha digerido a más de cuatro. Empezando por Rómulo Betancourt, recordado con razón o sin ella como el padre de la democracia venezolana, que derribó a Isaías Medina Angarita, un antiguo militar demócrata que trataba de purgar a su país de los treintiséis años de Juan Vicente Gómez. A su sucesor, el novelista Rómulo Gallegos, lo derribó el general Marcos Pérez Jiménez, que se quedaría casi once años con todo el poder. Éste, a su vez, fue derribado por toda una generación de jóvenes demócratas que inauguró el período más largo de presidentes elegidos.

A medida que me contaba su vida iba yo descubriendo una personalidad que no correspondía para nada con la imagen de déspota que teníamos formada a través de los medios”.

El golpe de febrero parece ser lo único que le ha salido mal al coronel Hugo Chávez Frías. Sin embargo, él lo ha visto por el lado positivo como un revés providencial. Es su manera de entender la buena suerte, o la inteligencia, o la intuición, o la astucia, o cualquiera cosa que sea el soplo mágico que ha regido sus actos desde que vino al mundo en Sabaneta, estado Barinas, el 28 de julio de 1954, bajo el signo del poder: Leo. Chávez, católico convencido, atribuye sus hados benéficos al escapulario de más de cien años que lleva desde niño, heredado de un bisabuelo materno, el coronel Pedro Pérez Delgado, que es uno de sus héroes tutelares.

Sus padres sobrevivían a duras penas con sueldos de maestros primarios, y él tuvo que ayudarlos desde los nueve años vendiendo dulces y frutas en una carretilla. A veces iba en burro a visitar a su abuela materna en Los Rastrojos, un pueblo vecino que les parecía una ciudad porque tenía una plantita eléctrica con dos horas de luz a prima noche, y una partera que lo recibió a él y a sus cuatro hermanos. Su madre quería que fuera cura, pero sólo llegó a monaguillo y tocaba las campanas con tanta gracia que todo el mundo lo reconocía por su repique. “Ese que toca es Hugo”, decían. Entre los libros de su madre encontró una enciclopedia providencial, cuyo primer capítulo lo sedujo de inmediato: Cómo triunfar en la vida.

Era en realidad un recetario de opciones, y él las intentó casi todas. Como pintor asombrado ante las láminas de Miguel Angel y David, se ganó el primer premio a los doce años en una exposición regional. Como músico se hizo indispensable en cumpleaños y serenatas con su maestría del cuatro y su buena voz. Como beisbolista llegó a ser un catcher de primera. La opción militar no estaba en la lista, ni a él se le habría ocurrido por su cuenta, hasta que le contaron que el mejor modo de llegar a las grandes ligas era ingresar en la academia militar de Barinas. Debió ser otro milagro del escapulario, porque aquel día empezaba el plan Andrés Bello, que permitía a los bachilleres de las escuelas militares ascender hasta el más alto nivel académico.

Estudiaba ciencias políticas, historia y marxismo al leninismo. Se apasionó por el estudio de la vida y la obra de Bolívar, su Leo mayor, cuyas proclamas aprendió de memoria. Pero su primer conflicto consciente con la política real fue la muerte de Allende en septiembre de 1973. Chávez no entendía. ¿Y por qué si los chilenos eligieron a Allende, ahora los militares chilenos van a darle un golpe? Poco después, el capitán de su compañía le asignó la tarea de vigilar a un hijo de José Vicente Rangel, a quien se creía comunista. “Fíjate las vueltas que da la vida”, me dice Chávez con una explosión de risa. “Ahora su papá es mi canciller”. Más irónico aún es que cuando se graduó recibió el sable de manos del presidente que veinte años después trataría de tumbar: Carlos Andrés Pérez.

“Además”, le dije, “usted estuvo a punto de matarlo”. “De ninguna manera”, protestó Chávez. “La idea era instalar una asamblea constituyente y volver a los cuarteles”. Desde el primer momento me había dado cuenta de que era un narrador natural. Un producto íntegro de la cultura popular venezolana, que es creativa y alborazada. Tiene un gran sentido del manejo del tiempo y una memoria con algo de sobrenatural, que le permite recitar de memoria poemas de Neruda o Whitman, y páginas enteras de Rómulo Gallegos.

Desde muy joven, por casualidad, descubrió que su bisabuelo no era un asesino de siete leguas, como decía su madre, sino un guerrero legendario de los tiempos de Juan Vicente Gómez. Fue tal el entusiasmo de Chávez, que decidió escribir un libro para purificar su memoria. Escudriñó archivos históricos y bibliotecas militares, y recorrió la región de pueblo en pueblo con un morral de historiador para reconstruir los itinerarios del bisabuelo por los testimonios de sus sobrevivientes. Desde entonces lo incorporó al altar de sus héroes y empezó a llevar el escapulario protector que había sido suyo.

Uno de aquellos días atravesó la frontera sin darse cuenta por el puente de Arauca, y el capitán colombiano que le registró el morral encontró motivos materiales para acusarlo de espía: llevaba una cámara fotográfica, una grabadora, papeles secretos, fotos de la región, un mapa militar con gráficos y dos pistolas de reglamento. Los documentos de identidad, como corresponde a un espía, podían ser falsos. La discusión se prolongó por varias horas en una oficina donde el único cuadro era un retrato de Bolívar a caballo. “Yo estaba ya casi rendido, –me dijo Chávez–, pues mientras más le explicaba menos me entendía”. Hasta que se le ocurrió la frase salvadora: “Mire mi capitán lo que es la vida: hace apenas un siglo éramos un mismo ejército, y ése que nos está mirando desde el cuadro era el jefe de nosotros dos. ¿Cómo puedo ser un espía?”. El capitán, conmovido, empezó a hablar maravillas de la Gran Colombia, y los dos terminaron esa noche bebiendo cerveza de ambos países en una cantina de Arauca. A la mañana siguiente, con un dolor de cabeza compartido, el capitán le devolvió a Chávez sus enseres de historiador y lo despidió con un abrazo en la mitad del puente internacional.

“De esa época me vino la idea concreta de que algo andaba mal en Venezuela”, dice Chávez. Lo habían designado en Oriente como comandante de un pelotón de trece soldados y un equipo de comunicaciones para liquidar los últimos reductos guerrilleros. Una noche de grandes lluvias le pidió refugio en el campamento un coronel de inteligencia con una patrulla de soldados y unos supuestos guerrilleros acabados de capturar, verdosos y en los puros huesos. Como a las diez de la noche, cuando Chávez empezaba a dormirse, oyó en el cuarto contiguo unos gritos desgarradores. “Era que los soldados estaban golpeando a los presos con bates de béisbol envueltos en trapos para que no les quedaran marcas”, contó Chávez. Indignado, le exigió al coronel que le entregara los presos o se fuera de allí, pues no podía aceptar que torturara a nadie en su comando. “Al día siguiente me amenazaron con un juicio militar por desobediencia, –contó Chávez– pero sólo me mantuvieron por un tiempo en observación”.

Pocos días después tuvo otra experiencia que rebasó las anteriores. Estaba comprando carne para su tropa cuando un helicóptero militar aterrizó en el patio del cuartel con un cargamento de soldados mal heridos en una emboscada guerrillera. Chávez cargó en brazos a un soldado que tenía varios balazos en el cuerpo. “No me deje morir, mi teniente…”, le dijo aterrorizado. Apenas alcanzó a meterlo dentro de un carro. Otros siete murieron. Esa noche, desvelado en la hamaca, Chávez se preguntaba: “¿Para qué estoy yo aquí? Por un lado campesinos vestidos de militares torturaban a campesinos guerrilleros, y por el otro lado campesinos guerrilleros mataban a campesinos vestidos de verde. A estas alturas, cuando la guerra había terminado, ya no tenía sentido disparar un tiro contra nadie”. Y concluyó en el avión que nos llevaba a Caracas: “Ahí caí en mi primer conflicto existencial”.

Tiene un gran sentido del manejo del tiempo y una memoria con algo de sobrenatural, que le permite recitar de memoria poemas de Neruda o Whitman, y páginas enteras de Rómulo Gallegos”.

Al día siguiente despertó convencido de que su destino era fundar un movimiento. Y lo hizo a los veintitrés años, con un nombre evidente: Ejército bolivariano del pueblo de Venezuela. Sus miembros fundadores: cinco soldados y él, con su grado de subteniente. “¿Con qué finalidad?”, le pregunté. Muy sencillo, dijo él: “con la finalidad de prepararnos por si pasa algo”. Un año después, ya como oficial paracaidista en un batallón blindado de Maracay, empezó a conspirar en grande. Pero me aclaró que usaba la palabra conspiración sólo en su sentido figurado de convocar voluntades para una tarea común.

Esa era la situación el 17 de diciembre de 1982 cuando ocurrió un episodio inesperado que Chávez considera decisivo en su vida. Era ya capitán en el segundo regimiento de paracaidistas, y ayudante de oficial de inteligencia. Cuando menos lo esperaba, el comandante del regimiento, Ángel Manrique, lo comisionó para pronunciar un discurso ante mil doscientos hombres entre oficiales y tropa.

A la una de la tarde, reunido ya el batallón en el patio de fútbol, el maestro de ceremonias lo anunció. “¿Y el discurso?”, le preguntó el comandante del regimiento al verlo subir a la tribuna sin papel. “Yo no tengo discurso escrito”, le dijo Chávez. Y empezó a improvisar. Fue un discurso breve, inspirado en Bolívar y Martí, pero con una cosecha personal sobre la situación de presión e injusticia de América Latina transcurridos doscientos años de su independencia. Los oficiales, los suyos y los que no lo eran, lo oyeron impasibles. Entre ellos los capitanes Felipe Acosta Carle y Jesús Urdaneta Hernández, simpatizantes de su movimiento. El comandante de la guarnición, muy disgustado, lo recibió con un reproche para ser oído por todos:

“Chávez, usted parece un político”. “Entendido”, le replicó Chávez.

Felipe Acosta, que medía dos metros y no habían logrado someterlo diez contendores, se paró de frente al comandante, y le dijo: “Usted está equivocado, mi comandante. Chávez no es ningún político. Es un capitán de los de ahora, y cuando ustedes oyen lo que él dijo en su discurso se mean en los pantalones”.

Entonces el coronel Manrique puso firmes a la tropa, y dijo: “Quiero que sepan que lo dicho por el capitán Chávez estaba autorizado por mí. Yo le di la orden de que dijera ese discurso, y todo lo que dijo, aunque no lo trajo escrito, me lo había contado ayer”. Hizo una pausa efectista, y concluyó con una orden terminante: “¡Que eso no salga de aquí!”.

Al final del acto, Chávez se fue a trotar con los capitanes Felipe Acosta y Jesús Urdaneta hacia el Samán del Guere, a diez kilómetros de distancia, y allí repitieron el juramento solemne de Simón Bolívar en el monte Aventino. “Al final, claro, le hice un cambio”, me dijo Chávez. En lugar de “cuando hayamos roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español”, dijeron: “Hasta que no rompamos las cadenas que nos oprimen y oprimen al pueblo por voluntad de los poderosos”.

Desde entonces, todos los oficiales que se incorporaban al movimiento secreto tenían que hacer ese juramento. La última vez fue durante la campaña electoral ante cien mil personas. Durante años hicieron congresos clandestinos cada vez más numerosos, con representantes militares de todo el país. “Durante dos días hacíamos reuniones en lugares escondidos, estudiando la situación del país, haciendo análisis, contactos con grupos civiles, amigos. “En diez años -me dijo Chávez- llegamos a hacer cinco congresos sin ser descubiertos”.

A estas alturas del diálogo, el Presidente rió con malicia, y reveló con una sonrisa de malicia: “Bueno, siempre hemos dicho que los primeros éramos tres. Pero ya podemos decir que en realidad había un cuarto hombre, cuya identidad ocultamos siempre para protegerlo, pues no fue descubierto el 4 de febrero y quedó activo en el Ejército y alcanzó el grado de coronel. Pero estamos en 1999 y ya podemos revelar que ese cuarto hombre está aquí con nosotros en este avión”. Señaló con el índice al cuarto hombre en un sillón apartado, y dijo: “¡El coronel Badull!”.

De acuerdo con la idea que el comandante Chávez tiene de su vida, el acontecimiento culminante fue El Caracazo, la sublevación popular que devastó a Caracas. Solía repetir: “Napoleón dijo que una batalla se decide en un segundo de inspiración del estratega”. A partir de ese pensamiento, Chávez desarrolló tres conceptos: uno, la hora histórica. El otro, el minuto estratégico. Y por fin, el segundo táctico. “Estábamos inquietos porque no queríamos irnos del Ejército”, decía Chávez. “Habíamos formado un movimiento, pero no teníamos claro para qué”. Sin embargo, el drama tremendo fue que lo que iba a ocurrir ocurrió y no estaban preparados. “Es decir –concluyó Chávez– que nos sorprendió el minuto estratégico”.

Se refería, desde luego, a la asonada popular del 27 de febrero de 1989: El Caracazo. Uno de los más sorprendidos fue él mismo. Carlos Andrés Pérez acababa de asumir la presidencia con una votación caudalosa y era inconcebible que en veinte días sucediera algo tan grave. “Yo iba a la universidad a un posgrado, la noche del 27, y entro en el fuerte Tiuna en busca de un amigo que me echara un poco de gasolina para llegar a la casa”, me contó Chávez minutos antes de aterrizar en Caracas. “Entonces veo que están sacando las tropas, y le pregunto a un coronel: ¿Para dónde van todos esos soldados? Porque qué sacaban los de Logística que no están entrenados para el combate, ni menos para el combate en localidades. Eran reclutas asustados por el mismo fusil que llevaban. Así que le pregunto al coronel: ¿Para dónde va ese pocotón de gente? . Y el coronel me dice: A la calle, a la calle. La orden que dieron fue esa: hay que parar la vaina como sea, y aquí vamos. Dios mío, ¿pero qué orden les dieron?. Bueno Chávez, me contesta el coronel: la orden es que hay que parar esta vaina como sea. Y yo le digo: Pero mi coronel, usted se imagina lo que puede pasar. Y él me dice: Bueno, Chávez, es una orden y ya no hay nada qué hacer. Que sea lo que Dios quiera.

Chávez dice que también él iba con mucha fiebre por un ataque de rubéola, y cuando encendió su carro vio un soldadito que venía corriendo con el casco caído, el fusil guindando y la munición desparramada. “Y entonces me paro y lo llamo”, dijo Chávez. “Y él se monta, todo nervioso, sudado, un muchachito de 18 años. Y yo le pregunto: Ajá, ¿y para dónde vas tú corriendo así? No, dijo él, es que me dejó el pelotón, y allí va mi teniente en el camión. Lléveme, mi mayor, lléveme. Y yo alcanzo el camión y le pregunto al que los lleva: ¿Para dónde van? Y él me dice: Yo no sé nada. Quién va a saber, imagínese”. Chávez toma aire y casi grita ahogándose en la angustia de aquella noche terrible: “Tú sabes, a los soldados tú los mandas para la calle, asustados, con un fusil, y quinientos cartuchos, y se los gastan todos. Barrían las calles a bala, barrían los cerros, los barrios populares. ¡Fue un desastre! Así fue: miles, y entre ellos Felipe Acosta”. “Y el instinto me dice que lo mandaron a matar”, dice Chávez. “Fue el minuto que esperábamos para actuar”. Dicho y hecho: desde aquel momento empezó a fraguarse el golpe que fracasó tres años después.

Me estremeció la inspiración de que había viajado y conversado a gusto con dos hombres opuestos. Uno a quien la suerte empedernida le ofrecía la oportunidad de salvar a su país. Y el otro, un ilusionista, que podía pasar a la historia como un déspota más.”.

El avión aterrizó en Caracas a las tres de la mañana. Vi por la ventanilla la ciénaga de luces de aquella ciudad inolvidable donde viví tres años cruciales de Venezuela que lo fueron también para mi vida. El presidente se despidió con su abrazo caribe y una invitación implícita: “Nos vemos aquí el 2 de febrero”. Mientras se alejaba entre sus escoltas de militares condecorados y amigos de la primera hora, me estremeció la inspiración de que había viajado y conversado a gusto con dos hombres opuestos. Uno a quien la suerte empedernida le ofrecía la oportunidad de salvar a su país. Y el otro, un ilusionista, que podía pasar a la historia como un déspota más.

Una bomba en el vecindario

NOTA: Estas fotos estuvieron refundidas durante más de 9 años. Hace un par de meses las recuperé y hoy, por primera vez, las hago públicas.

Hace 10 años, al final de la tarde, regresaba a mi casa, ubicada a una cuadra escasa del Club El Nogal. Iba por la carrera 7a., hacia el norte, pero –por cosas del destino– un pequeño atasco de tráfico en la calle 77 me hizo cambiar mi ruta habitual y en vez de pasar frente al club, como era mi costumbre, decidí desviarme por la calle 76, hacia el occidente.

En cuestión de minutos llegué a mi apartamento, donde tenía una cita con mi amigo Gustavo del Castillo, quien llegó al mismo tiempo.

Entramos a mi casa, cerramos la puerta y no nos habíamos ni sentado, cuando sonó ese terrible estruendo. El inconfundible sonido de una explosión que lo sacudió todo, como si se tratara de un terremoto pequeño. En un principio, creímos que se trataba de un atentado en la Avenida Chile, pero muy pronto vimos que la cosa era más cerca a mi edificio y ahí sí me asusté.

Sin dudarlo un momento, tomé mi cámara –una vieja pero impecable Nikon F, de rollo– y salimos corriendo a la carrera 7. La imagen era espantosa. Todo era un caos, el edificio incendiado, la fachada destrozada y humeante, carros aplastados, ulular de sirenas, pitos, gritos de la gente.

Recuerdo al entonces director del periódico Portafolio, Mauricio Rodríguez, quien casi no respondió mi saludo, porque andaba entre escombros como un zombie, porque creía que alguno de sus hijos estaba en el Club, pero por fortuna no fue así.

En el andén occidental de la carrera 7a. encontré recibos de la cafetería del club. Junto a nosotros, había un carro bastante averiado; de su interior sacaron a un señor y lo pusieron en el andén, donde segundos después murió.

Y ese fue apenas el principio del caos. Las dimensiones reales de este nuevo acto demencial de las FARC apenas se empezaban a ver y los pormenores del mismo han llenado páginas de diarios y revistas en la última década.

De ese día son estas fotos, tomadas con mi antigua y entrañable Nikon.

Los clones de Vladdo

[Nota publicada en la nueva edición de la revista CARAS].

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Gracias a la magia de Photoshop, Vladdo se representa a sí mismo en las distintas ocupaciones con que soñaba en la niñez. Es una singular forma de romper el hielo en las conferencias que dicta y una buena excusa para explicarle al público cómo terminó convertido en caricaturista.

En su tierna infancia, y como todos los niños, Vladdo soñó ejercer muchas profesiones. Antes de convertirse en el controvertido caricaturista que es en la actualidad, cuando sólo se llamaba Vladimir Flórez, por su cabeza pasaron las más variadas ocupaciones, incluida la de bombero; “no sólo para apagar incendios, sino para rescatar personas y animales de edificaciones en llamas”.

Con base en esos recuerdos de la niñez y en la nostalgia de lo que pudo haber sido y no fue, el creador de Aleida decidió plasmar gráficamente sus ‘frustraciones’, para justificar por qué terminó convertido en caricaturista. El resultado es un repaso que, con la ayuda de Photoshop, transformó en una divertida introducción a las conferencias a las que dicta, dentro y fuera de Colombia. “Se convirtió en la mejor manera de romper el hielo con el auditorio”, dice, mientras retoca uno de sus ‘clones’.

El recorrido comienza con sus sueños de superhéroe, influencia de la avidez con que leía los cómics de Supermán, personaje que no sólo le sirvió de inspiración para dibujar, sino que lo acercó por primera vez al periodismo, de la mano del reportero Clark Kent. “Aunque nunca leí ni un lead escrito por Clark Kent, el ambiente de la sala de redacción de los años 60 del diario El Planeta me parecía alucinante”, dice.

Caras-2En su época de monaguillo, Vladdo alcanzó a pensar en el seminario, pero el celibato lo desanimó. “En ese entonces decían que los curas no podían tener novia; así que ni modo”, dice.  Y aunque descartó los destinos celestiales –y se resignó a su condición humana y ‘pecadora’– sucumbió al hechizo de las excursiones espaciales y al auge de las series de ciencia ficción. Así que, con la complicidad de su hermano Alfonso, también soñó con ser astronauta, negándose de nuevo a poner los pies sobre la tierra.

Y razón no le faltaba, pues en la tierra lo esperaba otra frustración: la de ser futbolista. Según sus palabras, “ese sueño no duró nada porque yo estaba predestinado a ganarme la vida no con los pies, sino con las manos”. Un amigo suyo, el periodista Álvaro Montoya, es más enfático y dice que Vladdo no fue futbolista por una razón técnica: el reglamento prohíbe que haya dos pelotas en la cancha.

Aunque acepta que es negado para la música, por influencia de Gustavo del Castillo, su amigo de toda la vida, Vladdo se convirtió en admirador incondicional de The Rolling Stones, no sólo por sus canciones, sino por su actitud provocadora. “Junto a ellos, The Beatles parecen unas monjitas”, dice con sorna.

El caricaturista admite que todavía no pierde la esperanza de convertirse en actor. De hecho, cuando cursaba noveno grado, tuvo un papel de extra en televisión, en El cuento del domingo, y a finales de los 90 apareció en algunos capítulos de las telenovelas Perro amor y Por qué diablos.

Vladdo no niega que le gustan los escenarios, las cámaras y los reflectores y, en efecto, desde marzo del año pasado tiene un programa de televisión, en el que emula a otro de sus héroes: el presentador David Letterman, con quien tiene cierto parecido. “Pues a mí sí me gustaría parecerme más a Letterman, pero en la billetera”, reconoce jocosamente.

Vea aquí la galería completa de los ‘clones’ de Vladdo.




Vladdomanía, 20130106

Repaso de 2012, en 70 caricaturas de Vladdo

Semana, sin Myreyita

Mireya-Duran

Para quienes trabajamos en la revista Semana hoy es un día triste, doloroso, negro. Uno de esos días que temíamos que iba a llegar, pero para el cual nunca íbamos a estar preparados. Este miércoles, al filo del mediodía, falleció en Bogotá Myreya Durán, quien fue durante 27 años la secretaria de Felipe López y de la presidencia de Publicaciones Semana. Myreyita –como le dijimos siempre– era el alma no sólo del quinto piso, sino de todo el edificio ubicado a media cuadra del Parque de la 93, donde funciona esta casa editorial.

Como buena santandereana, Myreyita era sincera, muy directa, y no se ponía con rodeos a la hora de los amores ni de los disgustos. Llamaba al pan, pan, y al vino, vino, y desde que uno la saludaba era fácil adivinar en qué actitud se encontraba: si estaba molesta, contenta, fatigada, aburrida…

Y era igual con todo el mundo: con los que trabajábamos con ella, con los periodistas de otros medios, con los políticos o los empresarios a quienes tenía que poner en contacto con Felipe López, con los familiares y amigos de su jefe; con todos. No tenía dobleces.

Su temperamento no le restaba simpatía y casi siempre estaba dispuesta a entablar conversación con todo el que atravesara la puerta de vidrio de su despacho. Eso sí, siempre y cuando Felipe no la requiriera para alguna tarea.

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Aunque vivía y trabajaba muy cerca de influyentes personajes, jamás abusó de su poder, ni de su proximidad con uno de los periodistas más importantes del país. Tampoco se aprovechó de su cargo para ningunear a los demás, ni para darse ínfulas de dueña. Por el contrario: su modestia y su sencillez sólo eran comparables con su discreción.

Myreyita se desvivía por su familia y cada vez que podía viajaba a Santander a visitarla. Antes de llegar a Semana, estuvo fugazmente casada en Londres con un paisa y no tuvo hijos, pero se derretía con los niños de sus hermanos, de sus compañeros y, por supuesto, con la hija y nietos de su jefe.

Myreyita vio nacer y crecer a Sofía, mi hija, y con frecuencia me pedía que la llevara a visitarla, cosa que hice en innumerables oportunidades. La última vez que ellas se vieron fue hace pocos meses, a mediados de este año, sin sospechar, desde luego, que no habría una próxima ocasión.

En las últimas semanas, de manera fulminante, un cáncer óseo la doblegó y finalmente nos la arrebató. Y aunque esperábamos este trágico desenlace, la confirmación de la noticia nos deja totalmente desolados.

Sin duda, la ausencia definitiva de Myreyita ensombrece este final de año en Semana, pero su recuerdo y su sonrisa nos iluminarán siempre. Descanse en paz.

Antes de cerrar esta página dedicada a Myreyita, y a manera de semblanza, les comparto unas notas escritas hace tres años, que quedaron consignadas en el libro Una semana de quince años

Para llegar adonde Felipe López, es necesario pasar por una antesala amable pero celosamente resguardada por Myreya Durán, su secretaria de casi toda la vida, una santandereana de armas tomar, a la que no le tiembla el pulso para filtrar las visitas que pretendan importunar al doctor, pero que con igual firmeza es capaz de plantársele a su jefe cuando a éste le dan sus pataletas, que no han sido pocas. “Myreya nunca me ha sacado de casillas, pero yo a ella sí más de una vez”, admite Felipe, quien subraya la calma que caracteriza a su cercana colaboradora.

En una oportunidad, en medio de un altercado, y con Felipe vociferando como un loco, Myreyita acudió a la sabiduría mockusiana y le desocupó un vaso de agua fría en la cara, cosa que sorprendió a Felipe, pero que le devolvió la cordura.

En cualquier otra circunstancia semejante insolencia hubiera puesto a la fiel secretaria de patitas en la calle. Sin embargo, en el caso de Myreyita esto es poco menos que un imposible, pues ella es imprescindible no sólo en los asuntos de trabajo de Felipe, sino también en su vida cotidiana.

Esa dependencia ha quedado de manifiesto en incontables oportunidades, pero una de las más memorables ocurrió en un viaje de Felipe a Nueva York, cuando telefoneó a Myreyita para pedirle que llamara al mismísimo hotel donde él se hospedaba y pidiera que le llevaran algo de comer al cuarto, puesto que no había sido capaz de comunicarse con la recepción.

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Desde su oficina en Bogotá, Felipe López suele pedirle a Myreya que lo comunique con cualquier personaje que surja en una conversación, tarea que su secretaria cumple cabalmente en cuestión de segundos, pues para ella no hay persona imposible de localizar, gracias al completo directorio que ha ido construyendo a lo largo de casi tres décadas hablando con las personas más influyentes del país en todas los campos. Con la misma facilidad que llama a un político o a un banquero, encuentra a un actor o a un plomero; y en todos los casos siempre dice: “Mi jefe le quiere hablar, ¿se lo puedo pasar?”.

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Myreya llegó a Semana en 1985, cuando la Revista tenía su sede en una vieja casa, ubicada en la calle 85 con carrera 11. Estaba recién desempacada de Europa, de donde había regresado tras cinco años en Londres y uno más en Madrid. A la capital británica se fue con un contrato de trabajo para cuidar niños, oficio que sólo soportó durante un año, al cabo del cual descubrió que esa tarea requería de una paciencia que ella no tenía.

Allá se enamoró de un paisa, con quien contrajo matrimonio civil y en compañía del cual ejerció diversas actividades para ganarse la vida. Durante unos meses, incluso, tuvieron un rumbeadero clandestino, que funcionó hasta que Scotland Yard los descubrió y en un allanamiento los dejaron sin una gota de licor. Por fortuna para Myreya, su marido y su clientela, los bobbies se conformaron con llevarse el trago y los discos, pero no emprendieron ninguna acción legal en su contra.

En otra ocasión, en cambio, fue sorprendida colándose en el metro de Londres, motivo por el cual tuvo que comparecer ante una corte, para responder por el cargo de “robo a la Corona”. Para evitar que la deportaran, se tuvo que declarar culpable —recuerda Myreya— y le tocó pagar una multa de 60 libras esterlinas de la época, suma que le representaba una fortuna, y que hubo de cancelar en cómodas cuotas mensuales de 5 libras o algo parecido.

La historia nazi del padre de Horst Paulmann, nuevo propietario de Carrefour

Horst Paulmann (izq.), con el presidente de Carrefour, Georges Plassat, tras el acuerdo para la compra de los supermercados de la cadena francesa en Colombia. (Tomada de http://www.semana.com)

Hace un par de semanas, se divulgó la venta de la filial colombiana de Carrefour al consorcio chileno Cencosud, presidido por Horst Paulmann, uno de los hombres más ricos del país austral. Sin embargo, cuando los medios contaron la historia de la exitosa transacción, se omitió un secreto que estuvo muy bien guardado hasta comienzos de este año, cuando el periódico digital de Santiago El Mostrador lo sacó a la luz pública.

Según documentos conocidos y revisados por dicha publicación, Werner Paulmann –padre del exitoso empresario– fue un dirigente nazi, que incluso fue juez de las SS en Kassel, Alemania, motivo por el cual, al término de la guerra, huyó de su país, en compañía de su familia. Paulmann padre fue investigado en la década de los años 50 por la justicia alemana, pero murió antes de ser llevado a los tribunales de su país.

A su vez, en Chile se conoce la cercanía que Horst Paulmann tuvo con el dictador Augusto Pinochet.  Aunque ni la familia Paulmann ni las directivas de Cencosud quisieron pronunciarse al respecto, el reportaje, firmado por Claudia Urquieta y Felipe Saleh, nunca fue desmentido.

Lea aquí la historia completa, publicada en febrero pasado por El Mostrador.

En defensa de los delfines y las ballenas en Japón

Apreciado lector, si tiene la sensibilidad para defender la vida de los delfines y las ballenas de esta terrible práctica en Taiji, Japón, por favor, envíe un mensaje copiando este texto al siguiente mail: info@embjp-colombia.com

Bogotá, Octubre 30 de 2012.

Excmo. Sr. Embajador de Japón en Colombia

Sr. Kazumi Suzuki

En estos momentos, una familia de calderones (ballenas piloto) está siendo retenida contra su voluntad en una cala de Taiji, Japón.

Esta mañana, los llamados “pescadores” de este pueblo repudiado internacionalmente, incluso por muchos de sus compatriotas, han obligado a entrar en la cala a esta indefensa familia a su paso por las costas de su país. Su destino puede ser el cruel cautiverio para algunos y la muerte horrorosa y violenta para el resto del grupo. Hemos sabido que entre el grupo hay  madres con sus bebés.

Desde mi más profunda indignación y tristeza por estas crueles actividades que no tienen cabida en el siglo XXI y que no hacen más que manchar la imagen de su país, le suplico su intervención inmediata para la liberación de estos delfines a mar abierto.

Los delfines y otros pequeños cetáceos son seres salvajes cuyas poblaciones en sus costas se están viendo gravemente diezmadas por culpa de estas actividades, pudiendo perjudicar gravemente el ecosistema marino, no solo en sus aguas costeras sino en todos los océanos en general.

Los delfines no pertenecen a ningún grupo ni sociedad humana, pertenecen al océano. Los delfines tienen su propia cultura y esta cultura debe prevalecer por encima de los intereses de un puñado de “pescadores” en Taiji que no hacen más que manchar permanentemente la reputación de su país y provocar el rechazo de la comunidad internacional.

Las vidas de estos gentiles y amables seres, con fuertes y complejos vínculos afectivos entre los miembros de sus familias, puede que esté en sus manos. Por favor, pida al menos la liberación de las madres y sus bebés.

Ruego considere mi petición como una llamada a la cordura en beneficio de los océanos y la humanidad.

Atentamente,

Vladdo [insertar su nombre]

Bogotá, Colombia

La paz y el arte de especular

ImageAunque no han empezado los diálogos de paz entre los miembros del gobierno de Colombia y la guerrilla de las FARC, ya muchos están sacando conclusiones de algo que no ha ocurrido, están analizando cosas que no se han dicho y están condenando hechos que no han pasado.

Sin duda, en la instalación formal del proceso, llevada a cabo la semana pasada en Oslo, el tono de los discursos de las dos partes fue muy diferente, pero no debería ser motivo para alarmarse, ni para invocar a los jinetes del Apocalipsis. Si el gobierno y la guerrilla pensaran igual, no estarían negociando nada; no habría necesidad. Fueron dos discursos distintos en fondo, en forma, en duración y, claro, en intención. Y esto no es algo fortuito, pues se trata de dos visiones del mundo completamente divergentes, y cada parte, de entrada, tenía que marcar territorio.

El negociador jefe de Colombia, Humberto de la Calle, habló brevemente para ratificar lo dicho por el presidente, Juan Manuel Santos, en el sentido de no sentirse ‘rehenes’ del proceso y de invitar a las FARC no a modificar su manera de pensar, sino su manera de actuar; cambiando la lucha armada por la lucha política.

A su vez, y en claro contraste, el discurso de un altivo ‘Iván Márquez’, vocero de la guerrilla, fue un extenso catálogo de denuncias, con algunas pretensiones líricas, donde ratificaba las mismas tesis que su organización ha expuesto en anteriores conatos de negociación, que nunca condujeron a nada.

Muchos se sintieron indignados por las palabras de ‘Márquez’, donde prácticamente presentaba a su movimiento no como victimario, sino como víctima; pese a la estela de ataques a civiles, secuestros, siembra de minas antipersona y otros hechos violentos e injustificados de los que las FARC han sido responsables en medio siglo de lucha armada. Inmediatamente, se habló de su cinismo, falta de consideración, irrespeto, soberbia y otras cosas más, que, según los profetas del desastre, no eran un buen augurio. Yo, en cambio, creo que eso era lo esperable: así son ellos.

Era impensable que aparecieran con la cabeza inclinada, dándose golpes de pecho y prometiendo ‘nunca más pecar’… Pese a los golpes que el Ejército de Colombia le ha propinado a las FARC –con la eliminación física de casi toda su cúpula–, al desprestigio con que cuentan entre la gente común y a la creciente desaprobación internacional, su vocero no podía llegar a la mesa con actitud de vencido; entre otras razones, porque la derrota de su grupo aún no es un hecho cumplido, así algunos militares y funcionarios de defensa hayan dicho en más de una ocasión que las “las FARC están llegando al fin del fin”.

Así las cosas, lo único cierto es que aquí no ha pasado nada. Las conversaciones y el pulso entre las partes han de comenzar en unas semanas, cuando unos y otros se sienten cara a cara en La Habana.

A los pesimistas, habría que pedirles que, al menos, esperen que el proceso arranque, a ver contra qué o contra quién deben chillar, patalear o protestar… A los optimistas, recordarles que el de la paz, lejos de un cuento de hadas, es un camino largo, pedregoso, polvoriento, resbaloso, oscuro a ratos, a veces tormentoso, y que por lo tanto toca esperar con cautela.

Por último, hay que tener en cuenta que si, como es lo deseable, gobierno y FARC logran firmar un acuerdo que ponga fin al conflicto, ese apenas será el comienzo de un largo proceso de reconciliación nacional, para el cual debemos prepararnos, si de veras queremos una paz estable y duradera. Y en este propósito, se necesita el aporte de todos. Sin excepción.

Bolívar y las elecciones en Venezuela

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A propósito de las elecciones de este 7 de octubre en Venezuela, vale la pena desempolvar estas palabras, pronunciadas por el Libertador Simón Bolívar, en el Congreso de Angostura, el 15 de febrero de 1819.

La continuación de la autoridad en un mismo individuo frecuentemente ha sido el término de los gobiernos democráticos.
Las repetidas elecciones son esenciales en los sistemas populares, porque nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder.
El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía.
Un justo celo es la garantía de la libertad republicana, y nuestros ciudadanos deben temer con sobrada justicia que el mismo magistrado, que los ha mandado mucho tiempo, los mande perpetuamente.

Sin duda alguna, en este momento de la historia –no sólo de Venezuela, sino del Continente–, estas frases son un lúcido llamado a la sensatez.

—Vladdo

Audiencia cautiva

[NOTA: Cualquier parecido con la historia de algún expresidente
gringo
 o colombiano, publicada en Internet, no es mera coincidencia]

En una conferencia en un colegio, un expresidente llamado cariñosamente ‘El Cínico’ –rodeado de guardaespaldas y tras un interminable discurso sobre las virtudes de la seguridad democrática– abrió la sesión de preguntas.

Un niño de la última fila, flaquito, trigueño, de gafas, levanta la mano y dice:

Mi nombre es Jaime; le tengo tres preguntas: 
—¿Por qué cambió la Constitución a punta de trampa para hacerse reelegir? 
—¿Por qué no ha mostrado sus declaraciones de renta, ni las de sus hijos? 
—¿Por qué no ha respondido por los falsos positivos?

Cuando el expresidente se disponía a contestar, sonó el timbre del recreo y, por razones de seguridad, todos los niños salieron del salón.

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Al regreso,  El Cínico les da de nuevo la bienvenida y les dice:

Hijos, sigamos el diálogo. Yo no tengo nada que ocultar.
Levante la mano el que tenga alguna inquietud… 

Entonces otro niño pidió la palabra: 

Me llamo Daniel, y quisiera hacer las tres preguntas anteriores, más otras dos: 
—¿Por qué sonó el timbre del recreo 20 minutos antes de lo normal? 
—Y, la más importante, ¿dónde está Jaime?

Por qué soy comunista

[Columna publicada en mayo de de 2006, en el diario Portafolio]

Me pregunto qué llevó a Herr Urribe a tratar de meterle miedo al electorado con el tema del comunismo disfrazado. ¿Será que estaba asustado con la descolgada suya en las encuestas? ¿Estaba haciendo un mandado? ¿Les quería calentar la oreja a los generales y demás oficiales del auditorio? ¿O simplemente fue un arranque de nostalgia sesentera? Yo me niego a creer que un tipo como él tenga una mentalidad tan obtusa como para ponerse a reencauchar de buenas a primeras esas tesis obsoletas según las cuales los comunistas comían niños vivos. En pleno siglo XXI, tratar de presentar el comunismo como si se tratara del coco es poco menos que un despropósito que raya con la ignorancia.

Ahora, si es verdad que Herr Urribe piensa eso, entonces, ¿qué demonios hace coqueteándole a Fidel Castro, el más veterano de los comunistas del continente, para que le ayude a mediar con los comunistas del ELN? Si de veras está convencido de que el comunismo es la encarnación del mismísimo demonio, ¿qué diablos fue a hacer a China el año pasado? ¿Y por qué dijo tantas cosas lindas de ese país? Y que no nos venga ahora con el cuento de que en la China ya no hay comunismo y que Cuba está en medio de un proceso democrático.

En cambio, si, como me temo, esta salida en falso del Mesías obedece a su conocido afán de acuñar nuevos términos, la cosa es diferente. Así las cosas, si ser comunista es no aceptar su argumento de que los crímenes atroces de los paramilitares son delitos políticos, entonces yo de una vez me acojo a esa doctrina y me declaro comunista.

Si el hecho de reclamarle al presidente que aclare (y asuma) las responsabilidades que le pueden caber por los nexos del DAS con los grupos paramilitares lo convierte a uno en comunista, me le apunto: soy comunista.

Si considerar que el gobierno no debería usar el servicio exterior para devolver favores políticos es una conducta comunista, entonces listo: soy comunista.

Si por reclamar que el denominado proceso de paz con los paras se haga de cara al país y no de espaldas como hasta ahora ha sucedido, uno clasifica en esa nueva definición de comunismo, entonces me declaro comunista.

Si es una consigna comunista el hecho de exigir que la actuación del Estado y de sus fuerzas armadas se ciñan a las normas del Derecho Internacional Humanitario, entonces debo admitir que soy comunista.

Si uno debe ser etiquetado como comunista por el hecho de criticar la forma descarada como el presidente le dio una voltereta a la Constitución para hacerse reelegir, entonces le debo agradecer al doctor Uribe por hacerme caer en cuenta de que soy un comunista.

Si es un grave síntoma de comunismo considerar que la implantación de microchips en el cuerpo de las personas es una idea con tinte fascista, no hay nada que hacer: me volví comunista.

En fin, si por estar en desacuerdo con un gobierno que miente, que manipula la información y que no ha sido tan transparente como lo pregona, uno debe ser señalado como comunista, entonces me complace informarle a ese mismo gobierno que soy comunista. Y sin disfraz.

Carta a Caloi

Dibujo de Caloi. Calarcá (Colombia). 1989

María Verónica Ramírez (mujer de Caloi), Caloi, Pepón (COL), Pancho Cajas y Bonil (ECU) y Vladdo; entre otros colegas, en un encuentro de caricaturistas en Brasil, en 2005.

Vladdo (COL), Caloi (ARG), Chico Caruso (BRA) y Pepón (COL). Brasilia, 2005.

Viejo querido,

Aquella de tarde se septiembre de 2005, cuando nos encontramos accidentalmente en la playa de Ipanema, no pasó por mi cabeza que sería la última vez que nos íbamos a ver en la vida.
¿Recuerdas cómo fue ese grato reencuentro? Yo tengo esas imágenes en mi cabeza, perfectamente nítidas.

Después del encuentro de caricaturistas que tuvimos en Brasilia, donde nos despedimos todos los participantes en medio de besos, abrazos y promesas de reencuentro, yo salí de esa maqueta de ciudad y me fui a pasar unos días a Río de Janeiro, para respirar el aire de una metrópoli de verdad.

Por pura casualidad, desde mi habitación en el Cesar Park Hotel podía contemplar en toda su extensión la playa de Ipanema. Pese a mi aversión a la arena, el calor y demás singularidades de esos sitios, no me pude resistir y resolví bajar, animado, quizás, por la brisa fresca de la tarde moribunda. Pensé también que no podía estar en Ipanema y negarme a untarme de un poco de leyenda…

Así las cosas, luego de estar un rato sentado en la arena contemplando el mar, mientras disfrutaba una cerveza fría, me pareció ver a alguien conocido a unos 10 metros de distancia. Malo como soy para quedarme con alguna curiosidad, decidí acercarme unos pasos y… Cuál no sería mi sorpresa al verte ahí, como si tal cosa, sentado en una toalla con María, tu mujer.

—¡Caloi! —exclamé medio incrédulo…

—Pero, ¿qué hacés, Vladdo? —me dijiste, mientras María nos acompañaba con su sonrisa de adolescente.

Fue el comienzo de un rato muy agradable, lleno de cometarios de parte y parte. De recuento de los días que acabábamos de pasar en Brasilia, de los amigos, de los encuentros en Buenos Aires, de aquella velada en el Club del Vino, del Festival de Humor Gráfico, en Calarcá… En fin… Me contaste de las andanzas de tu hijo, Tute, que ya era un caricaturista hecho y derecho. Y también hablamos del Negro Fontanarrosa, ¿recuerdas?

Como en muchas veces anteriores, quedamos de volvernos a ver donde fuera. Y mira, ahora tan lejos, me vas a tener que esperar un poco…

La última vez que estuve en Capital Federal, por allá en 2009, te llamé y escasamente pudimos hablar por teléfono, pero no alcanzamos a vernos, y pensé: otra vez será. Hoy veo que no pudo ser. No por ahora, mi amigo.

Se enredan los recuerdos, me atraganto con las palabras. Te escribo y te hablo al tiempo. Y me bombardean las imágenes de tantas cosas que vimos; de los tragos que compartimos; de las discusiones que tuvimos (no se puede ser amigo de un argentino sin discutir nunca). Y aún me parece mentira que has partido ya…

Espero que ya te hayas encontrado con el Negro Fontanarrosa, que se te adelantó en el viaje, y que juntos, estén muertos de la risa, cargándose a todo el mundo.

Hasta siempre.

—Vladdo

Vladdomanía, Mayo 7, 2012

Conclusiones de la Cumbre

Conclusiones de la Cumbre

Los líderes del Hemisferio, en la ‘foto familiar’ en Cartagena, el domingo 15 de abril de 2012. Se notaban más los mandatarios ausentes que los presentes.

•Al comienzo, la Cumbre se vio opacada por la sed de los medios de comunicación de presenciar (y transmitir) un ‘enfrentamiento’ entre Obama y Chávez; pero se quedaron con las ganas.

•Las autoridades locales y nacionales se sienten orgullosas del evento

•Con la seguridad de los agentes de la CIA, el Servicio Secreto y del FBI, los habitantes de la ciudad se sintieron probablemente más seguros que nunca en toda su vida.

•La mayoría de los líderes de América Latina parecía un montón de adolescentes cuando rodeaban a Obama para tomarse fotos.

•El presidente de Bolivia, Evo Morales, salió blandiendo sus armas y criticó la exclusión de Cuba de la Cumbre, habló de derechos humanos, criticó a Barack Obama y las políticas de Estados Unidos.

•Los líderes del Caribe hablaron de ayudar a Haití, el país más pobre del hemisferio occidental.

•Muchos millones de dólares después: sonrisas, apretones de manos, sesiones fotográficas, risas ¡y nada más!

•No hubo siquiera confirmación de que los líderes estevieran muy de acuerdo en comprometerse con los cuentos de hadas y los prácticamente insignificantes logros de la Cumbre…

•Sobre las críticas de quienes dicen que la Cumbre es demasiado costosa, el anfitrión respondió diciendo que ningún precio es excesivo ya que la Cumbre será “beneficiosa para la inversión”, y que “los ojos del mundo están en nuestro país”.

•De modo que reconoce oficialmente que es válido gastar todo lo que sea posible en mejoras estéticas con el fin de que el país refleje una buena imagen.

Nota: las anteriores fueron las conclusiones de la V Cumbre de las Américas, efectuada en abril de 2009 en Trinidad y Tobago.

Uribe, el Bobito

—Inspirado en ocho años de bobaditas—

Uribe, el Bobito, llamó al consejero:
¡A ver los paracos, los quiero ayudar!
Sí, repuso el otro, pero antes yo quiero
que veas que son muchos, aun sin contar.
En dos minuticos el buen Alvarito
pensó y solo dijo: Que no hable ni unito.

* * *

Uribe, el Bobito, se siente apaleado
y quiere defenderse como un león,
y pasa las horas sentado, sentado,
trinando y trinando sin ton y sin son.

* * *

Armó Alvarito un sucesor de nieve
y en las elecciones mucho lo impulsó;
pero ya presidente se deshizo en breve,
olvidó las promesas y lo traicionó.

* * *

Uribe, el Bobito, saca las espuelas
si le tocan del DAS lo que se vino a saber.
Son gajes del oficio, normales secuelas,
puras bobaditas y ganas de joder.

* * *

Buscó congresistas decentes a ratos,
para sus bobaditas un buen empujón,
y si le metían por liebres los gatos
salía y decía: ¡Son de oposición!

* * *

Aplaude la fuga de la coneja exiliada
y le manda mensajes de admiración;
y siempre le pide que siga escapada
porque según él es persecución.

Se siente víctima de la perseguidera
por esas bobaditas que hicieron tan bien,
y a punta de brincos y de pateadera
se enoja y se exalta en un santiamén.

* * *

Santos presidente lo ha decepcionado
pues sus tres huevitos prontico rompió;
Uribe, el Bobito, lo creía amaestrado,
pero sus bobaditas caritas pagó.

* * *

Lo tenía verraco la mujer de Lucio,
y la denunciaba también por traición;
pegado del Twitter hacía trabajo sucio
y se puso feliz con su destitución.

* * *

Creyendo que él era enviado del cielo
Uribe, el Bobito, se quiso quedar,
pero de repente ya no tuvo suelo
por culpa de la Corte Constitucional.

* * *

De todos los bobitos el mejor se ha sentido,
no tuvo esta patria igual defensor…
Y a aquel que sus bobaditas no haya creído,
lo insulta y lo acusa de ser un traidor.

* * *

A Andrés Felipito le encuentran chancuco;
y Uribe, el Bobito, lo va a consolar.
Tranquilo, mijito, sé que es muy maluco,
pero de esa bobadita lo voy a salvar

* * *

La crítica abunda, la alabanza es escasa;
el complot de los medios le alborota la hiel,
y pensar que esa prensa que hoy lo rechaza
en sus buenos tiempos babeaba por él.

* * *

Montón de demandas estorban el paso,
y los buenos muchachos se asustan así.
¡Bobos! dice Alvarito resolviendo el caso;
cuando les pregunten digan: Yo no fui.

* * *

Lo acusan tan solo por no ser blandito,
mas él siempre sigue tan firme y tan fiel,
Y digan lo que digan de Uribe, el Bobito,
todo el mundo añora las bobaditas de él.

 

* * *

(Una subversión libre de ‘Simón, el Bobito’, de Rafael Pombo)

Del palacio al santuario presidencial

Del palacio al santuario presidencial

A partir de la primera edición de 2012 de Semana, y luego de tres gobiernos y medio, el Palacito Presidencial sufre una nueva y radical transformación. Pero antes de hablar de este cambio extremo, es importante recordar los antecedentes de esta sección, que ha sido termómetro político de la presidencia en los años recientes.

El inicio. Como tantas otras creaciones, esta fue producto, si no de un accidente, de una afortunada coincidencia. El segundo semestre de 1998, durante el gobierno recién inaugurado de Andrés Pastrana, la Casa de Nariño empezó a publicar una suerte de boletín mensual, en el que se resumían las actividades del Jefe de Estado y sus ejecutorias.

Lo único rescatable de esos libracos era la portada. El mes en la Casa de Nariño, se denominaba cada tomo, y junto a los emblemas oficiales y el nombre del mandatario traía un dibujo en línea del palacio presidencial, a manera de grabado clásico. Al verlo, me llegó a la memoria una imagen muy familiar de la televisión de los años setenta: la última escena de cada capítulo de la serie Los Waltons, en la que aparecía una casita oscura, donde apenas se veían las luces de unas ventanas que se iban apagando en medio de diálogos candorosos y despedidas. “Buenas noches, John Boy”, se oía por una parte; “buenas noches, Mary Ellen”, respondían en la otra, hasta que la pantalla quedaba totalmente negra, y luego caía una hoja que formaba un logotipo, mientras un locutor en off repetía: “una producción Lorimar”.

El Palazo, en 2001

Cuando vi esa fachada de la Casa de Nariño, me resultó inevitable imaginar a Andrés, Nora, los niños y yo, repitiendo el mismo guión. “Buenas noches, Valentina”… “Buenas noches, Santiago”… “Buenas noches, Laura”… “Buenas noches, papá”… Pero como yo no trabajaba para la revista TV y Novelas, sino para una revista de actualidad, como lo es Semana, me tocaba meterle política al asunto, y fue así como resolví crear un monólogo, con una vocecita que salía de la ventana del despacho presidencial.

Así se publicó un buen tiempo, antes de que empezara su metamorfosis. Lo primero que le cambié fue el cielo, pues en el dibujo original el fondo de la imagen aparecía lleno de nubes, que producían mucho ruido visual. Yo decidí ponerle un cielo gris, más neutral. Tras la posesión de Uribe, en 2002, le hice la primera modificación seria a la fachada presidencial. Ese 7 de agosto dos granadas de rocket lanzadas por las FARC impactaron la sede del palacio presidencial, lo cual produjo unos daños menores en una cornisa de la sede del gobierno. Ese atentado fue la inspiración para poner la curita que apareció en la siguiente edición de la Vladdomanía y que permaneció inalterable hasta el año pasado.

El Palacito, en 2004

Luego de la presidencia de Pastrana y en el extenso gobierno de Álvaro Uribe, la viñeta del palacio presidencial fue un gran escaparate donde se podían apreciar las ‘hazañas’ del gobernante, como en un mercado persa. Ahí también estuvieron temporalmente muchos elementos que hicieron parte de la historia trágica de este país en esos ocho años: cortinas de humo, banderas extranjeras, animales, logotipos, emblemas de instituciones humanitarias, modelos desnudas y trofeos, entre otras cosas.

Desde esa época también la mansión presidencial quedó bautizada como Casa de Nari, en alusión a los términos en que se referían a ella ciertos personajes del bajo mundo que sostuvieron allí reuniones con varios miembros del gobierno, encabezados por José Obdulio Gaviria y César Mauricio Velásquez, a quien cariñosamente denominaban el ‘Cura’.

Y para estar a tono con los vaivenes del momento, el nombre mismo de esa pequeña sección ha variado sustancialmente. Lo que hoy se conoce como Santuario Presidencial empezó llamándose Palazo Presidencial; luego se transformó en Palazzo y después en Palacito, hasta desembocar en el Paracito Presidencial, nombre que adoptó desde 2008, cuando se destapó el escándalo (¡otro!) de la visita de alias ‘Job’ a la sede de gobierno, a la cual ingresó por un sótano.

Si a alguien le da pereza repasar las páginas completas de la Vladdomanía, al consultar las viñetas del Paracito Presidencial y ver su evolución, podrá encontrar un testimonio de primera mano de varios de los lunares más horrendos no sólo de la presidencia estirada de Álvaro Uribe, sino de la historia reciente de nuestro país.

Una nueva perspectiva. La nueva imagen escogida para ilustrar esa esquina de la Vladdomanía busca reflejar el cambio que ha habido en la sede presidencial desde hace año y medio, cuando Juan Manuel Santos se convirtió en su nuevo inquilino.

El estilo, las maneras, la concepción de la política, la visión del país y del mundo y el manejo de los medios, así como las prioridades de gobierno de Santos son radicalmente diferentes del estilo de Uribe y la idea era que eso se reflejara en el Santuario Presidencial.

Para hacer notorio ese cambio no era suficiente agregarle color a la antigua imagen, sino que se requería buscar algo que mostrara esa nueva perspectiva, desde la cual todo se aprecia en forma diferente.

Por otra parte, en esta nueva imagen se puede apreciar no solo la fachada sino también el tejado, las azoteas y una buena parte de las ‘entrañas’ de la sede presidencial, que en un momento dado pueden ser muy útiles para jugar con elementos que se pueden poner y quitar, objetos que salgan o entren, personajes que se asomen, etcétera…

En esta primera aparición, en efecto, el Santuario Presidencial aparece muy limpio, casi impoluto, y esto se debe a que era su presentación en sociedad. Sin embargo, con el correr  del tiempo (y de El Tiempo, seguramente) en esta imagen se verán reflejados los cambios políticos, los hechos noticiosos y demás situaciones que inevitablemente afectarán no solo al presidente y a su gobierno sino también al país.

Sigan en sintonía; esta nueva historia apenas comienza…

Libro al parque

A propósito del comienzo de la Feria del Libro, retomo esta nota que escribí hace unos años, pero que sigue muy vigente.

Uno de los mejores programas que les ofrece Bogotá a sus habitantes es sin duda alguna la Feria del libro. Pensar en la Feria siempre me produce un sabor dulce en la boca pues, desde sus primeras versiones, he vivido en el recinto de Corferias algunas de las experiencias más gratificantes de la vida. Si no hubiera sido por un remate de Feria, nunca hubiera tenido yo la oportunidad de asistir a un improvisado concierto a cuatro manos de Frank Fernández con Teresita Gómez, en el apartamento de ésta última en el centro de Bogotá.

Los libros son el pretexto para que cada año entren en contacto innumerable cantidad de individuos, culturas y organizaciones de procedencias muy diversas que encuentran un espacio para el intercambio, la discusión, los negocios, el conocimiento, la distracción y hasta la rumba. También puede ser la disculpa perfecta para reencontrarse con las personas a las que uno menos ve, o para pasar un rato con los ‘amigos’ que uno sólo se encuentra en la Feria. Como aquel señor que año tras año iba al pabellón de los caricaturistas con el único propósito de renovar, sagradamente, su burlón retrato.

Como en todo evento cultural, académico o de esparcimiento, el toque de la Feria lo pone la gente. No necesariamente los premios Nobel que puedan asistir, ni los Coelhos que en maratónicas sesiones se dedican a repartir autógrafos a diestra y siniestra.

Además, la ventaja de la Feria es que no hay que ir sólo a comprar libros. También se puede ir a curiosear, a buscar música, a escuchar conferencias o a caminar en medio de una multitud que, con intereses distintos de los de uno, respira ese aire único que la Feria emana.

Sin embargo, ese aire de nostalgia de los días de Feria que me hace recordar todas las cosas que me ha dejado la lectura (de libros, periódicos, revistas, pantallazos de Internet, etcétera), también me pone a meditar acerca de todo lo que no he leído. ¿Habrá leido alguien todos los libros que quisiera? Difícilmente debe haber una persona que pueda responder afirmativamente esta inquietud.

Y las razones para que eso sea así son muy diversas. Hay personas que no leen porque no quieren, porque no les nace; la lectura es un hábito que se cultiva desde la infancia y que los adultos encuentran difícil de adoptar. Existen también aquellos que disfrazan su falta de interés con la falta de tiempo. Ellos se lo pierden.

Sin embargo, hay gente que no lee porque realmente no puede, porque los libros son costosos, porque no tienen acceso a la educación, porque no saben cómo se pronuncia la ‘m’, con la ‘a’. Ellos deberían ser una prioridad para el Estado.

¿Qué tal que, cada año —y con respaldo oficial—, la Feria del libro se descentralizara y se hicieran miniferias en las distintas localidades de la ciudad, al estilo del Festival de teatro? Sería un primer paso para que en todos los barrios la gente pudiera cumplir siquiera una cita anual con los libros.

Sobre los manuales de convivencia

Por Fernando Iriarte Guillén

Debo decir que soy muy afortunado. Hace ocho años que salí del closet y, desde entonces, no he recibido más que apoyo: mi familia, mis amigos, mis universidades, mis sitios de trabajos y todas las personas que rodean mi vida han sido una fuente de respeto y cariño. En ese sentido, repito, soy muy afortunado. Pero no se me olvida lo que es estar en el closet a los trece años. No se me olvida el miedo. El miedo desbordado nunca se me olvida.

Nunca se me habría ocurrido en mis años de adolescencia que estaría escribiendo estas palabras en Facebook, pero afortunadamente hoy en día tengo la fortaleza, el apoyo y el conocimiento para poder hacerlo, para compartir lo terrible que es crecer con miedo. Y hoy hablo por todos los jóvenes petrificados por el miedo. Porque yo sé lo que es que uno le griten maricón en el colegio, yo sé lo que es despertarse llorando rogándole a la vida que lo cambie, sé lo que se siente procurar hablar poquito para que la gente no se burle, pero sobretodo sé lo que es sentirse abandonado sin poder refugiarse en nadie porque nadie sabe lo que se siente por dentro. Y a mí, como a muchos, nos tocaba fingir que nada pasaba.

“Le pido a todo el mundo que piense el momento
en el que más asustado y abandonado se haya sentido;
y en lo que significa crecer con ese sentimiento
día tras día en una etapa de la vida…”

El Ministerio de Educación tiene que seguir en su campaña de eliminar la discriminación de los colegios. Una adolescencia atormentada es algo que nadie tiene por qué soportar. Hoy en día estoy en una posición que me permite aguantar (aunque me indigne) que haya sectores de la sociedad que me consideren inmoral e indigno, que se tenga que recurrir a estudios científicos para comprobar que soy un ser humano decente, que se hagan marchas y referendos para quitarme, y a muchos otros, derechos. Pero hace quince años, cuando me sentía más solo y confundido que nunca, ese tipo de discursos hicieron que pasara noches enteras desvelado sintiéndome como un enfermo.

Le pido a las personas que marchan en contra de las propuestas del ministerio que recapaciten. Por favor, hagan el esfuerzo de entender el daño tan tremendo que le están haciendo a los jóvenes que están en el closet. Esto no es un problema de los derechos de los colegios, es un problema de salud mental de los adolescentes. El caso de Sergio Urrego no es el único, cientos de jóvenes gays se suicidan cada año en el mundo y muchos otros desarrollan trastornos psiquiátricos y no pueden lograr su potencial.

Le pido a todo el mundo que piense el momento en el que más asustado y abandonado se haya sentido; y en lo que significa crecer con ese sentimiento día tras día en una etapa de la vida que es fundamental para el desarrollo de cada ser humano.

Los colegios tienen que entender que su labor es proteger a los estudiantes y no acorralarlos. Le pido a los que marcharon que ayuden a erradicar el miedo tan brutal que sentimos los homosexuales en el closet; porque sé que, si bien no son gays, pueden entender la desgracia que es vivir con ese sentimiento. Pueden entender lo que es ser un niño y pensar que no hay lugar para uno en el mundo.

Debo decir que soy muy afortunado, pero que hay miles de personas que no comparten mis privilegios y que están en riesgo de convertirse en víctimas de tragedias atroces si esta campaña de opresión contra los jóvenes continúa. No más maltrato contra los más vulnerables. No es justo que personas que hasta ahora empiezan a vivir tengan que tragarse solos tanto desprecio. Ellos, como todos, merecen que los traten como seres humanos y no como a depravados o delincuentes. A todos los niños hay que inculcarles el respeto por los demás. Es un principio básico de humanidad.

Puertas adentro

En mi escritorio, en La República, en 1986.

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La caricatura me abrió las puertas del periodismo.

Un fugaz recuerdo de mi ingreso al diario La República y a los intrincados senderos del periodismo, ocurrido hace 30 años.

Con frecuencia reniego de los porteros por la pésima administración que hacen de su pequeña cuota de poder. Sin embargo, tengo que reconocer que fue gracias a uno de ellos —a quien sólo recuerdo como Jorge— que mi vida cambió de rumbo hace 30 años.

La mañana del miércoles 12 de marzo de 1986, a mis cándidos y altivos 22 años, me acerqué vacilante a la pequeña cabina de vidrio donde Jorge no sólo fungía como portero sino también como recepcionista del diario La República, cuya sede quedaba justo en la esquina de la calle 16 con carrera 5 de Bogotá. Después de cruzarnos un breve saludo, fui directo al grano.

—Es que yo soy caricaturista —le dije, algo escéptico— y quiero saber con quién puedo hablar, a ver si me dan trabajo.

—Un momento —replicó él, mientras hundía algunos botones de la consola de madera del conmutador.

Segundos después de hablar con alguien se dirigió a mí nuevamente.

—Suba al segundo piso y pregunte por don Ovidio Rincón, que es el subdirector.

Raudo y veloz subí por las escaleras que no sólo me condujeron a la sala de redacción, sino a este mundo del periodismo al que tanto le debo. Contiguo a la vieja sala, donde repiqueteaban tímidamente los télex y las máquinas de escribir, estaba el despacho de don Ovidio Rincón Peláez, quien aquella mañana me atendió sin cita previa, sin conocerme, sin cartas de recomendación, sin apellidos, sin pergaminos, sin experiencia; incluso sin un portafolio de trabajo.

En esa oficina, en una cuartilla de papel periódico que él me dio y aún conservo, hice los trazos que me sirvieron de credenciales para que al día siguiente me recibiera el director, Rodrigo Ospina Hernández, quien me contrató sin vacilaciones. Lo demás ya es una historia más o menos conocida, que en parte se refleja en las páginas de la revista Semana, así como en las publicaciones por las que he pasado y en varios libros que he cometido a lo largo de estos años.

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En mi escritorio, en La República, en 1986.

 

Treinta años después me pregunto qué habría pasado si aquel 12 de marzo Jorge me hubiera recibido con dos piedras en la mano, o si me hubiera remitido a la persona equivocada, o si simplemente me hubiera dicho que volviera luego…

¿Estaría aún en la oficina de finca raíz de mi tía Cristina? ¿Habría desistido de mi intención de trabajar en un periódico, como lo soñaba desde cuando estaba en bachillerato?

Como esas hipótesis no tienen sustento ni esas preguntas respuesta, me limitaré a agradecer por medio de Jorge a todos aquellos que, como él, me han abierto las puertas que en 30 años me han facilitado el acceso a los intrincados senderos del periodismo, no siempre llanos ni iluminados, pero sin duda fascinantes.

Sexo, primicias y video

El revuelo causado por Vicky Dávila con la publicación del video en el cual aparecen el capitán de la Policía Nacional Ányelo Palacios Montero y el exviceministro Carlos Ferro suscitó toda clase de reacciones. Aunque algunas voces se han pronunciado en favor de la periodista, la gran mayoría de los comentarios se centraron en criticarla por la divulgación de ese video, en el cual los dos hombres sostienen una conversación de alto contenido sexual.

Si uno se atiene estrictamente a las imágenes y al audio del clip –que dura unos ocho minutos– no puede deducir que haya ninguna conducta censurable desde el punto de vista institucional, ni nada que constituya un delito. Se trata de dos adultos involucrados en un affaire, que nadie debería juzgar. En cualquier circunstancia –y esta no es la excepción– las preferencias sexuales son un asunto íntimo, sobre el cual los implicados no tienen por qué rendir cuentas ni dar explicaciones públicas.

Así las cosas, el contenido del video no le agregaba nada a la investigación sobre las denuncias que desde más de dos años se vienen haciendo sobre la existencia de una red de prostitución homosexual, conocida como la ‘comunidad del anillo’ en la cual podrían estar involucrados no pocos alumnos de la Escuela de Cadetes General Santander, varios oficiales de rango superior de la Policía Nacional y algunos congresistas de la República.

Aunque las primeras voces de alerta sobre las actividades de la ‘comunidad del anillo’ datan del año 2014, desde hace unos seis meses Vicky Dávila le estaba metiendo el diente con más insistencia al tema, en un hecho que se cruzaba con las denuncias contra la Policía que había hecho la misma periodista por los seguimientos de que eran objeto ella y otros periodistas. Es decir, se trata de dos casos diferentes que, al mezclarse, terminaron convertidos en un explosivo coctel de señalamientos, indirectas, insinuaciones, pataletas, investigaciones y renuncias, que no parecen tener fin ni siquiera con la renuncia de la directora de noticias de La FM.

Como si lo anterior fuera poco, había otra ramificación del escándalo, relacionada con el general Rodolfo Palomino, no sólo por los seguimientos e interceptaciones de comunicaciones de los periodistas, sino por su presunta participación en las andanzas de la ‘comunidad del anillo’ y por otros asuntos por los cuales la Procuraduría le abrió una investigación formal, decisión que finalmente lo obligó a abandonar la dirección general de la Policía.

Una decisión desafortunada

Ahora bien, en cuanto a la publicación del video, buena parte de la opinión y la mayoría de los colegas de Vicky coincidimos en que fue una equivocación garrafal, motivada más por un afán sensacionalista que informativo. Si la idea era aportar algo al proceso, se habría podido hacer alusión al video y a la conversación, en vez de difundirlo todo sin editar.

Hay muchas razones que hacen inexplicable la motivación que tuvo Vicky para emitir semejantes imágenes. Para empezar, si ella –como tanto lo ha denunciado– ha sido víctima de la invasión de su privacidad y la de su familia y sabe el costo que eso significa en términos de tranquilidad, de prestigio y de seguridad, ¿por qué no pensó en la violación de la privacidad y el perjuicio a la familia de Ferro?

También se pregunta uno si la publicación de ese escabroso video estuvo de alguna manera influenciada por un ánimo revanchista de Vicky contra la policía en general y contra el general Palomino en particular, dado el pulso que ambos sostenían desde el año pasado.

Por otra parte, me parece que La FM desperdició una buena oportunidad periodística, pues lo interesante de ese video no estaba propiamente en la cruda conversación de los protagonistas, sino un poco más allá. Si de investigar se trataba, lo lógico habría sido indagar si Ferro y Palacios llegaron a esa situación debido a las conexiones con otros policías o políticos, clientes o integrantes de la ‘comunidad del anillo’.

Aunque creo que cuando un funcionario usa su cargo o jerarquía para satisfacer sus caprichos sexuales su vida íntima deja de ser un asunto personal, este no es el caso, pues el video de marras no contiene nada que involucre al senador en una situación de abuso de poder ni de prostitución. Es más, en las imágenes el hoy capitán Palacios –quien grabó la conversación– no luce como víctima de presión alguna y ellos no hablan de sexo a cambio de dinero, ni de ninguna otra contraprestación. De hecho, el oficial aparece más insistente e incitador que el entonces senador Ferro.

La caída

encuesta-vickyEn fin, por muchas vueltas que uno le de al tema, la conclusión es la misma: en este episodio la autoproclamada periodista–periodista resultó más amarillista que periodista, hecho que sin duda le costó su puesto en la emisora de la familia Ardila Lülle, que por instinto de supervivencia decidió prescindir de ella, después de la desaprobación casi unánime de sus oyentes.

[En una encuesta que hice en Twitter el miércoles en la tarde, la gran mayoría de los 1,665 tuiteros que la respondieron desaprobaron la decisión de publicar el video.]

Por eso se me hace un poco apresurada y sin mucho sustento la teoría que algunos han esbozado sobre la influencia de Juan Manuel Santos en la salida de Vicky Dávila de RCN. Aunque en un foro de la revista Semana el Presidente manifestó su desacuerdo con la difusión del video, sería ingenuo creer que la superpoderosa familia Ardila toma una decisión tan drástica sólo para congraciarse con Santos.

Por el contrario, considero que es lógica la decisión de RCN de apartar a Vicky Dávila de sus micrófonos, pues con esta determinación envían un claro mensaje de que ese tipo de prácticas periodísticas no pueden tener cabida en un medio que se considera serio ni en un país que pretende tener una prensa responsable.

Para los periodistas, esta va a ser una semana de ingrata recordación pero que seguramente nos deja muchas lecciones, no sólo acerca del rigor que se debe tener a la hora de informar, sino de la pulcritud y la responsabilidad que debemos observar al ejercer el oficio más bello del mundo, como bien lo llamaba Camus.

 

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