El reciente anuncio de investigar a algunos parlamentarios por sus supuestos nexos con LAFAR, tiene a más de un furibista frotándose las manos de la dicha, pues creen que se van a sacar el clavo de la para-política. Pero la cosa no es tan simple.
Para empezar, la guerrilla no ha contado nunca con el respaldo que han tenido los paramilitares en la sociedad colombiana, sobre todo en algunos círculos de la dirigencia empresarial. La poca simpatía que los guerrilleros tuvieron en el pasado empezó a declinar cuando éstos acudieron al secuestro como supuesta arma política, convertida en un cruel medio de financiación. Peor aun cuando esta práctica degeneró ya no en el rapto de ejecutivos de multinacionales, líderes empresariales o personas adineradas, sino en la retención de gente común, estudiantes o turistas, cuyo único pecado consistía en caer en las pescas milagrosas.
Y si a esto sumamos boleteo y extorsión, bombardeo de pueblos, atentados urbanos y masacres indiscriminadas de campesinos, se entiende fácilmente no sólo la antipatía sino la rabia que la subversión terminó cultivando en la ciudadanía, prácticamente sin distinción de clase.
Pero a la par que la guerrilla cavaba su propia tumba de ignominia, las autodefensas pescaban en río revuelto para hacer su agosto; y lo que empezó como un antídoto contra la guerrilla o una forma de suplir las carencias de seguridad estatal, terminó convertido en unos escuadrones de la muerte, promovidos, apoyados y financiados por empresarios agrícolas e industriales, que, al tenerlos de su lado, se sentían a salvo.
Esa cercanía con miembros pudientes de la sociedad (quienes repudiaban a la guerrilla, pero se hacían los locos con los excesos de las autodefensas) les facilitó a los paras su tránsito a las más altas instancias regionales y nacionales del gobierno, la economía y hasta el estamento militar, esferas donde se han movido durante años como pez en el agua. No contentos con eso, los paras, en contubernio con sus políticos amigos, concibieron un plan para tomarse el poder, proyecto que arrancó en firme en las elecciones de 2002 y que se consolidó en las de 2006, cuando conquistaron una tercera parte del Congreso, mientras la guerrilla, gracias a sus estupideces criminales lo único que cosechaba era el desprecio de sus compatriotas.
En este escenario, era fácil que floreciera el discurso ‘antiterrorista’, que esgrimía sus mejores argumentos en la lucha contra LAFAR, mencionando tangencialmente a los ‘mal llamados’ grupos paramilitares, quienes tenían fuertes, prestigiosos y millonarios aliados y simpatizantes por todo el país. Es que, sobre todo en la última década, expresarse contra la guerrilla ha estado de moda; y si los paracos ayudan a ‘extirpar ese cáncer’, bienvenidos sean, no importa cómo lo hagan, ni a cuántos colombianos se lleven por delante.
Así que si los propósitos, las acciones, los métodos y los logros de los paras y la guerrilla son inversamente proporcionales, los procesos contra los colaboradores de unos y otros son igualmente distintos. No hay espacio para revanchas.