Me daba risa ver hace pocos días la nota publicada en un periódico acerca de la discusión sobre el apoyo del Partido Conservador al referendo reeleccionista. Lo más chistoso de dicha crónica es que decía que el tema de la reelección se ha convertido para esa colectividad en una guerra de pesos pesados, aludiendo a Hernán Andrade, presidente del Senado, y a Efraín Cepeda, el flamante presidente del conservatismo.
Yo no entiendo cómo puede haber una guerra de pesos pesados en un partido donde sus máximos dirigentes son personajes anónimos que el país prácticamente desconoce; no porque sean de provincia, sino porque sencillamente nunca han dicho nada interesante ni mucho menos memorable.
Uno de los mayores problemas de la política colombiana en la actualidad es la pequeñez de los partidos y la consecuente insignificancia de sus líderes, en especial en el Partido Conservador. En las directivas del Partido Liberal y del Polo Democrático Alternativo hay por lo menos unos personajes reconocibles, empezando por el ex presidente César Gaviria o el ex magistrado Carlos Gaviria. Independientemente de lo que uno piense de ellos, sus nombres –sumados a otros como Rafael Pardo, Piedad Córdoba, Alfonso Gómez Méndez, Jorge Enrique Robledo o Gustavo Petro– son, para bien o para mal, marcas registradas que el ciudadano de a pie inmediatamente asocia con sus respectivas agrupaciones políticas.
A mí me gustaría que hicieran una encuesta y preguntaran por Andrade o Cepeda, a ver si alguien los ubica. Sus identidades son tan desconocidas que podrían perfectamente ser dos refuerzos de la Selección Colombia; un par de oyentes de los que llaman a las emisoras para participar en el programa; o dos concursantes en algún nuevo reality de la televisión.
Yo no sé de dónde ha salido la idea peregrina de que el Partido Conservador está muy fortalecido y hasta lo ponen como factor decisivo para las próximas elecciones.
Me da mucho pesar decirlo, pero este partido atraviesa por una etapa lamentable. El hecho de que la dirigencia azul cuente con una alta cuota de puestos conseguida a punta de transacciones burocráticas con la Casa de Nari no debería ser asumido como un trofeo, sino como una vergüenza.
Desde hace siete años, los dirigentes conservadores no le han propuesto nada valioso a sus seguidores ni al país y su única plataforma ideológica ha consistido en doblar dócilmente la cerviz ante el Mesías del Ubérrimo, dejando de lado cosas tan básicas y que antaño eran banderas inconfundibles del conservatismo, como la defensa de la institucionalidad, empezando por la Carta Fundamental.
La bancada conservadora, por convicciones clientelistas, se ha prestado para apoyar toda clase de trapisondas urdidas para favorecer impunemente al Régimen y ponerle zancadillas a la Constitución y a la ley.
Es muy triste ver al partido de Gómez y Pastrana (ellos sí pesos pesados) rebajado al mismo nivel de cualquier partido de garaje y a sus actuales jefes como administradores de una tienda que insisten en llamar Partido Conservador.