Me alegró mucho ver que Semana tenía toda la razón hace algunos meses cuando habló del nombramiento de Roberto Pombo como nuevo director de El Tiempo, información que fue vehementemente desmentida por Luis Fernando Santos, presidente de esa casa editorial. Varias cosas cabe anotar sobre ese relevo en el que es sin duda uno de los medios más influyentes del país, pero que dejó de ser el dueño de la verdad, como se creía antaño.
Su poder llegó a ser tan grande que un humorista que escribía en sus páginas editoriales puso a tambalear a un presidente. Para que me entiendan algunos, como el joven representante Simón Gaviria, hay que recordar que las picantes notas de Lucas Caballero, Klim, le causaron tal enojo a Alfonso López Michelsen que, para calmar su irritación, el periódico respaldó al mandatario y prescindió del columnista, quien regresó a El Espectador, donde había comenzado su carrera varias décadas antes. Ese espisodio ilustra bien cómo funciona la independencia de ese diario frente al poder.
A propósito, Daniel Samper Pizano, uno de sus más leídos columnistas, decía ayer que alguna vez el director Roberto García–Peña al referirse a las contradicciones editoriales del periódico decía “que El Tiempo es a veces un fantasma que opina distinto a lo que pensamos quienes lo escribimos”. Esta frase al parecer no ha perdido vigencia y explica, pero no justifica, el cinismo de su filosofía editorial.
Sobre los salientes directores, el balance creo que no es el mejor. Yo leo El Tiempo desde 1976 y creo que informativamente no lo había visto en un punto más bajo: hay muchas noticias que no trae; otras que distorsiona y otras que publica reducidas a un párrafo en cualquier rincón invisible. Por ejemplo, la forma como presentaron el año pasado la información sobre la captura de Mario Uribe (con el título “Ambiente político, al rojo vivo”) es apenas un vergonzoso botón de muestra.
En el área de opinión, a Enrique y Rafael hay que abonarles el hecho de que diversificaron la oferta de columnistas de distintas tendencias, pero el periódico como tal conserva una marcada influencia uribista, tal vez jalonado por el hecho de que tres de sus accionistas son funcionarios del ejecutivo. (Claro que a veces me pregunto si El Tiempo es uribista porque ellos están en el gobierno, o si Uribe los escogió porque ellos eran de El Tiempo).
Adicionalmente, Enrique se va en deuda con los caricaturistas, que son tratados como columnistas de segunda, tal como se lo he reclamado a él mismo reiteradamente. Hace muchos años el ahora consejero me dijo: “Espere que yo asuma la dirección”. Y la asumió, la ejerció y la dejó sin resolver nada, gracias a lo cual los caricaturistas siguen sometidos a un filtro diario, y terminan haciendo caricaturas pensando más en el director que en el lector.
En todo caso le deseo la mejor suerte a Roberto, por el bien del periódico, de nuestro oficio y, sobre todo, de los lectores.