“A mi edad, aún no entiendo la tostadora eléctrica”: Fontanarrosa

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[Una entrevista] A finales de 2001, llamé a Fontanarrosa a su casa en Rosario, para pedirle una entrevista para la última página de la revista ‘Poder’. Luego de contarle de qué se trataba, le envié un cuestionario y un par de días después recibí un fax con las respuestas, las cuales se reproducen a continuación. Sobra aclarar que fue una de las entrevistas más divertidas que se publicaron en esa sección de la revista. —Vladdo

¿Qué tan en serio se toma usted?
—Me tomo muy en serio porque deseo cambiar muchas cosas con mi humor. Primero, el auto; luego mi casa…

¿Qué prefiere: dibujar o escribir?
—Las dos cosas. Por eso hago tiras cómicas.

¿De qué chica de tira cómica se enamoraría?
—Experimento un amor casi infantil por Lisa Simpson.

¿Una mina de diamantes o una mina de amante?
—Una mina de diamantes. Con eso se pueden conseguir miles de amantes.

¿Qué es lo más difícil de ser caricaturista?
—Convencer a los invitados de que una fiesta no se anima cuando llega uno.

Una caricatura que no le gustaría hacer…
—Todas las que no he hecho no me gustaban.

¿Hubo algún día feliz en la vida de Boogie?
—Boogie no tiene sentimientos. Tiene sensaciones, como el frío, el calor, el olor a café. Para él la felicidad puede ser el sabor de la cerveza.

Si pudiera encarnarse en uno de estos personajes suyos, ¿en cuál preferiría hacerlo: Inodoro Pereyra, Sperman o Boogie?
—Si el asunto pasa por encarnarse, lo mejor sería hacerlo en la Eulogia, la carnosa mujer de Inodoro Pereyra.

¿Qué haría Boogie si un día se tropezara con Mafalda?
—Boogie es un profesional. Sabe que hay que atacar las causas y no los efectos. Dejaría marchar a Mafalda e iría en busca de Quino.

¿Qué prefiere: el fax o el e-mail?
—El fax es el más sano. No tiene virus como el e-mail ni ántrax como las cartas.

¿Cuántas horas por semana usa la computadora?
—Las suficientes como para que a ella no se le vuelva una costumbre.

¿Qué es lo peor de las computadoras?
—Su permanente curiosidad. La mía me hace más preguntas que mi propia esposa.

¿A qué atribuye su ‘tecnofobia’?
—A mi edad, aún no entiendo la tostadora eléctrica.

¿Por qué es hincha de Rosario Central?
—Porque Dios, en su infinita sabiduría, me ha puesto sobre este mundo para sufrir.

¿Cuál es el mejor gol que ha metido?
—Los goles son como mis hijos. Y, debo confesarlo, Franco es hijo único.

¿…y el mejor gol que le han hecho?
—He recibido infinidad de goles por una deformación profesional. Como dibujante debo cuidar mis manos.

¿Pelé o Maradona?
—He gritado con más ganas los goles de Maradona que los de Pelé.

¿Menotti o Passarella?
—En Argentina la controversia es ‘Menotti o Bilardo’. En ese caso me quedo con Passarella.

¿Maturana o el ‘Bolillo Gómez’?
—El respeto por las autonomías regionales me inhibe de opinar sobre un problema estricamente colombiano.

Su selección ideal de fútbol…
—Fillol; Cafú, Beckenbauer, Passarella, Roberto Carlos; Platini, Bobby Charlton, Maradona; Pelé, Cruyff, Kempes.

¿Qué no le gusta de ser argentino?
—Tener que fingir permanente humildad a pesar de nuestra innegable grandeza.

¿Quién manda en la Argentina?
—George Bush.

¿Cree en la resurrección del señor… Menem?
—Por supuesto. Hace milagros. Multiplicó los peces, los panes, los campos y las mansiones de su fortuna personal.

¿Cree que alguna vez su país ha estado en el Primer Mundo?
—Si. Cuando pertenecía a España.

“Lo que murió con Castaño”

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NOTA DEL EDITOR: Para prevenir cualquier accidente que se pueda presentar con los archivos de la edición digital del periódico ‘El Colombiano’, guardo en este blog la siguiente copia de respaldo de esta importante columna del doctor Fernando Londoño Hoyos. Es una pieza literaria, política y periodística, digna de leer y releer con regularidad, para entender mejor lo que pasa en este país y lo que puede pasar en los próximos meses. —Vladdo

Por Fernando Londoño Hoyoslondono-hoyos

Hace mucho tiempo supimos que Carlos Castaño había sido asesinado por los sicarios de las autodefensas. Ahora sabemos que lo mató su propio hermano -la vieja historia de Caín y Abel, otra vez- quiénes fueron los verdugos y en cuáles atroces condiciones cumplieron su encargo siniestro. Lo que hoy corresponde examinar es otro asunto bien distinto, y de mucha mayor entidad, a saber, qué murió con Carlos Castaño.

Las autodefensas existen porque existe la guerrilla marxista, valga decir, el ataque. Esa perogrullada suele pasarse por alto, y no por accidente. En su origen, están, pues, atadas a dos hechos fundamentales: el oprobioso vejamen al que estaban sometidos los campesinos colombianos, y la ineptitud del Estado para garantizarles la vida, la honra y los bienes, que es exactamente aquello para lo que el Estado existe.

Pero las cosas se complicaron, por donde peor complicadas pudieran verse. Y es que aparecieron en la escena de nuestra tragedia los mafiosos, disfrazados de campesinos. Lo mismo que andaban en las selvas celebrando con la guerrilla la más vil de las alianzas posibles, ahora aparecían en las zonas agrícolas más ricas, posando de hacendados y de mártires. Para defender el producto de sus ganacias miserables, se tomaron las organizaciones que los campesinos habían montado para ejercer el sagrado derecho a defenderse. Y así quedó planteada nuestra desventura: la guerrilla era fuerte por el auxilio de la cocaína, y las autodefensas se hicieron fuertes por la cocaína. En el fondo, esa sería la guerra entre hijos de la misma despreciable madre, auspiciada por la ineptitud del Estado para hacer lo suyo.

Quien tenga alguna duda sobre este planteamiento puede recordar el reportaje que Carlos Castaño le concedió a Claudia Gurisati, uno de los documentos periodísticos más importantes que se hayan producido en Colombia. Carlos Castaño, intelectual hecho a pulso, en el desorden metodológico y conceptual que puede suponerse, era la ortodoxia plena de las autodefensas originales, que de mal grado admitían valerse del narcotráfico, y solo como de un instrumento indispensable para sobrevivir. Pero que no perdían y no querían perder el norte de su naturaleza política antisubersiva y anticomunista.

Pero el dinero es mal aliado, hasta de las causas más limpias. Y además es poderoso y capaz de envilecerlas y de dominarlas. Que fue lo que pasó con las autodefensas, que se convirtieron de señoras en siervas, y trocaron su vocación política por su concupiscencia por la riqueza fácil. Y ahí se armó la gresca entre los que en medio de los excesos y contradicciones de las autofensas no querían renunciar a su sentido prístino, y los que preferían convertirlas en mafias fabulosamente rentables.

Lo que murió con Carlos Castaño fue el significado político de las autodefensas, su sentido como medio para enfrentar las Farc y sostener el derecho de propiedad en el campo y con ese derecho una manera de concebir la vida. Los que mataron a Castaño querían recoger el legado detestable de Pablo Escobar, de quienes fueron amigos y servidores algunos de los que hoy se llaman, tan injustamente, paramilitares.

Cuando en los acuerdos de paz se toleraron los mellizos, los bernas, los macacos y valoyes, la suerte quedó echada. Y cuando se olvidó proponer como condición primera y esencial la entrega de la droga, sus caminos, sus medios, sus cómplices, para acceder a un beneficio jurídico cualquiera, se abrieron las compuertas del desastre. Castaño murió físicamente, Ernesto Báez ha sido silenciado y Mancuso pareciera ser el próximo Castaño. Mientras los cultivos de coca subsisten, los laboratorios pululan y nadie toca las desafiantes riquezas de los supuestos negociadores de la paz, que apenas son delincuentes horrorosos en busca de impunidad.

Castaño murió. Ya lo sabíamos. Es hora de que resucite su elemental pero preciso ideario, la única manera de recuperar el alcance y la legitimidad de la paz que se viene discutiendo.

Artículo publicado originalmente en 2006, en la web de http://www.elcolombiano.com.

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El enigma de los dos Chávez

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[Perfil de Hugo Chávez, escrito por Gabriel García Márquez, para la revista Cambio, edición Colombia, en 1999. El enlace de la publicación original en http://www.cambio.com.co no está disponible].

Carlos Andrés Pérez descendió al atardecer del avión que lo llevó de Davos, Suiza, y se sorprendió de ver en la plataforma al general Fernando Ochoa Antich, su ministro de Defensa. “¿Qué pasa?”, le preguntó intrigado. El ministro lo tranquilizó, con razones tan confiables, que el presidente no fue al Palacio de Miraflores sino a la residencia presidencial de La Casona. Empezaba a dormirse cuando el mismo ministro de Defensa lo despertó por teléfono para informarle de un levantamientio militar en Maracay. Había entrado apenas en Miraflores cuando estallaron las primeras cargas de artillería.

Era el 4 de febrero de 1992. El coronel Hugo Chávez Frías, con su culto sacramental de las fechas históricas, comandaba el asalto desde su puesto de mando improvisado en el Museo Histórico de La Planicie. El Presidente comprendió entonces que su único recurso estaba en el apoyo popular, y se fue a los estudios de Venevisión para hablarle al país. Doce horas después el golpe militar estaba fracasado. Chávez se rindió, con la condición de que también a él le permitieran dirigirse al pueblo por la televisión. El joven coronel criollo, con la boina de paracaidista y su admirable facilidad de palabra, asumió la responsabilidad del movimiento. Pero su alocución fue un triunfo político. Cumplió dos años de cárcel hasta que fue amnistiado por el presidente Rafael Caldera. Sin embargo, muchos partidarios como no pocos enemigos han creído que el discurso de la derrota fue el primero de la campaña electoral que lo llevó a la presidencia de la República menos de nueve años después.

El presidente Hugo Chávez Frías me contaba esta historia en el avión de la Fuerza Aérea Venezolana que nos llevaba de La Habana a Caracas, hace dos semanas, a menos de quince días de su posesión como presidente constitucional de Venezuela por elección popular. Nos habíamos conocido tres días antes en La Habana, durante su reunión con los presidentes Castro y Pastrana, y lo primero que me impresionó fue el poder de su cuerpo de cemento armado. Tenía la cordialidad inmediata, y la gracia criolla de un venezolano puro. Ambos tratamos de vernos otra vez, pero no nos fue posible por culpa de ambos, así que nos fuimos juntos a Caracas para conversar de su vida y milagros en el avión.

Fue una buena experiencia de reportero en reposo. A medida que me contaba su vida iba yo descubriendo una personalidad que no correspondía para nada con la imagen de déspota que teníamos formada a través de los medios. Era otro Chávez. ¿Cuál de los dos era el real?

El argumento duro en su contra durante la campaña había sido su pasado reciente de conspirador y golpista. Pero la historia de Venezuela ha digerido a más de cuatro. Empezando por Rómulo Betancourt, recordado con razón o sin ella como el padre de la democracia venezolana, que derribó a Isaías Medina Angarita, un antiguo militar demócrata que trataba de purgar a su país de los treintiséis años de Juan Vicente Gómez. A su sucesor, el novelista Rómulo Gallegos, lo derribó el general Marcos Pérez Jiménez, que se quedaría casi once años con todo el poder. Éste, a su vez, fue derribado por toda una generación de jóvenes demócratas que inauguró el período más largo de presidentes elegidos.

A medida que me contaba su vida iba yo descubriendo una personalidad que no correspondía para nada con la imagen de déspota que teníamos formada a través de los medios”.

El golpe de febrero parece ser lo único que le ha salido mal al coronel Hugo Chávez Frías. Sin embargo, él lo ha visto por el lado positivo como un revés providencial. Es su manera de entender la buena suerte, o la inteligencia, o la intuición, o la astucia, o cualquiera cosa que sea el soplo mágico que ha regido sus actos desde que vino al mundo en Sabaneta, estado Barinas, el 28 de julio de 1954, bajo el signo del poder: Leo. Chávez, católico convencido, atribuye sus hados benéficos al escapulario de más de cien años que lleva desde niño, heredado de un bisabuelo materno, el coronel Pedro Pérez Delgado, que es uno de sus héroes tutelares.

Sus padres sobrevivían a duras penas con sueldos de maestros primarios, y él tuvo que ayudarlos desde los nueve años vendiendo dulces y frutas en una carretilla. A veces iba en burro a visitar a su abuela materna en Los Rastrojos, un pueblo vecino que les parecía una ciudad porque tenía una plantita eléctrica con dos horas de luz a prima noche, y una partera que lo recibió a él y a sus cuatro hermanos. Su madre quería que fuera cura, pero sólo llegó a monaguillo y tocaba las campanas con tanta gracia que todo el mundo lo reconocía por su repique. “Ese que toca es Hugo”, decían. Entre los libros de su madre encontró una enciclopedia providencial, cuyo primer capítulo lo sedujo de inmediato: Cómo triunfar en la vida.

Era en realidad un recetario de opciones, y él las intentó casi todas. Como pintor asombrado ante las láminas de Miguel Angel y David, se ganó el primer premio a los doce años en una exposición regional. Como músico se hizo indispensable en cumpleaños y serenatas con su maestría del cuatro y su buena voz. Como beisbolista llegó a ser un catcher de primera. La opción militar no estaba en la lista, ni a él se le habría ocurrido por su cuenta, hasta que le contaron que el mejor modo de llegar a las grandes ligas era ingresar en la academia militar de Barinas. Debió ser otro milagro del escapulario, porque aquel día empezaba el plan Andrés Bello, que permitía a los bachilleres de las escuelas militares ascender hasta el más alto nivel académico.

Estudiaba ciencias políticas, historia y marxismo al leninismo. Se apasionó por el estudio de la vida y la obra de Bolívar, su Leo mayor, cuyas proclamas aprendió de memoria. Pero su primer conflicto consciente con la política real fue la muerte de Allende en septiembre de 1973. Chávez no entendía. ¿Y por qué si los chilenos eligieron a Allende, ahora los militares chilenos van a darle un golpe? Poco después, el capitán de su compañía le asignó la tarea de vigilar a un hijo de José Vicente Rangel, a quien se creía comunista. “Fíjate las vueltas que da la vida”, me dice Chávez con una explosión de risa. “Ahora su papá es mi canciller”. Más irónico aún es que cuando se graduó recibió el sable de manos del presidente que veinte años después trataría de tumbar: Carlos Andrés Pérez.

“Además”, le dije, “usted estuvo a punto de matarlo”. “De ninguna manera”, protestó Chávez. “La idea era instalar una asamblea constituyente y volver a los cuarteles”. Desde el primer momento me había dado cuenta de que era un narrador natural. Un producto íntegro de la cultura popular venezolana, que es creativa y alborazada. Tiene un gran sentido del manejo del tiempo y una memoria con algo de sobrenatural, que le permite recitar de memoria poemas de Neruda o Whitman, y páginas enteras de Rómulo Gallegos.

Desde muy joven, por casualidad, descubrió que su bisabuelo no era un asesino de siete leguas, como decía su madre, sino un guerrero legendario de los tiempos de Juan Vicente Gómez. Fue tal el entusiasmo de Chávez, que decidió escribir un libro para purificar su memoria. Escudriñó archivos históricos y bibliotecas militares, y recorrió la región de pueblo en pueblo con un morral de historiador para reconstruir los itinerarios del bisabuelo por los testimonios de sus sobrevivientes. Desde entonces lo incorporó al altar de sus héroes y empezó a llevar el escapulario protector que había sido suyo.

Uno de aquellos días atravesó la frontera sin darse cuenta por el puente de Arauca, y el capitán colombiano que le registró el morral encontró motivos materiales para acusarlo de espía: llevaba una cámara fotográfica, una grabadora, papeles secretos, fotos de la región, un mapa militar con gráficos y dos pistolas de reglamento. Los documentos de identidad, como corresponde a un espía, podían ser falsos. La discusión se prolongó por varias horas en una oficina donde el único cuadro era un retrato de Bolívar a caballo. “Yo estaba ya casi rendido, –me dijo Chávez–, pues mientras más le explicaba menos me entendía”. Hasta que se le ocurrió la frase salvadora: “Mire mi capitán lo que es la vida: hace apenas un siglo éramos un mismo ejército, y ése que nos está mirando desde el cuadro era el jefe de nosotros dos. ¿Cómo puedo ser un espía?”. El capitán, conmovido, empezó a hablar maravillas de la Gran Colombia, y los dos terminaron esa noche bebiendo cerveza de ambos países en una cantina de Arauca. A la mañana siguiente, con un dolor de cabeza compartido, el capitán le devolvió a Chávez sus enseres de historiador y lo despidió con un abrazo en la mitad del puente internacional.

“De esa época me vino la idea concreta de que algo andaba mal en Venezuela”, dice Chávez. Lo habían designado en Oriente como comandante de un pelotón de trece soldados y un equipo de comunicaciones para liquidar los últimos reductos guerrilleros. Una noche de grandes lluvias le pidió refugio en el campamento un coronel de inteligencia con una patrulla de soldados y unos supuestos guerrilleros acabados de capturar, verdosos y en los puros huesos. Como a las diez de la noche, cuando Chávez empezaba a dormirse, oyó en el cuarto contiguo unos gritos desgarradores. “Era que los soldados estaban golpeando a los presos con bates de béisbol envueltos en trapos para que no les quedaran marcas”, contó Chávez. Indignado, le exigió al coronel que le entregara los presos o se fuera de allí, pues no podía aceptar que torturara a nadie en su comando. “Al día siguiente me amenazaron con un juicio militar por desobediencia, –contó Chávez– pero sólo me mantuvieron por un tiempo en observación”.

Pocos días después tuvo otra experiencia que rebasó las anteriores. Estaba comprando carne para su tropa cuando un helicóptero militar aterrizó en el patio del cuartel con un cargamento de soldados mal heridos en una emboscada guerrillera. Chávez cargó en brazos a un soldado que tenía varios balazos en el cuerpo. “No me deje morir, mi teniente…”, le dijo aterrorizado. Apenas alcanzó a meterlo dentro de un carro. Otros siete murieron. Esa noche, desvelado en la hamaca, Chávez se preguntaba: “¿Para qué estoy yo aquí? Por un lado campesinos vestidos de militares torturaban a campesinos guerrilleros, y por el otro lado campesinos guerrilleros mataban a campesinos vestidos de verde. A estas alturas, cuando la guerra había terminado, ya no tenía sentido disparar un tiro contra nadie”. Y concluyó en el avión que nos llevaba a Caracas: “Ahí caí en mi primer conflicto existencial”.

Tiene un gran sentido del manejo del tiempo y una memoria con algo de sobrenatural, que le permite recitar de memoria poemas de Neruda o Whitman, y páginas enteras de Rómulo Gallegos”.

Al día siguiente despertó convencido de que su destino era fundar un movimiento. Y lo hizo a los veintitrés años, con un nombre evidente: Ejército bolivariano del pueblo de Venezuela. Sus miembros fundadores: cinco soldados y él, con su grado de subteniente. “¿Con qué finalidad?”, le pregunté. Muy sencillo, dijo él: “con la finalidad de prepararnos por si pasa algo”. Un año después, ya como oficial paracaidista en un batallón blindado de Maracay, empezó a conspirar en grande. Pero me aclaró que usaba la palabra conspiración sólo en su sentido figurado de convocar voluntades para una tarea común.

Esa era la situación el 17 de diciembre de 1982 cuando ocurrió un episodio inesperado que Chávez considera decisivo en su vida. Era ya capitán en el segundo regimiento de paracaidistas, y ayudante de oficial de inteligencia. Cuando menos lo esperaba, el comandante del regimiento, Ángel Manrique, lo comisionó para pronunciar un discurso ante mil doscientos hombres entre oficiales y tropa.

A la una de la tarde, reunido ya el batallón en el patio de fútbol, el maestro de ceremonias lo anunció. “¿Y el discurso?”, le preguntó el comandante del regimiento al verlo subir a la tribuna sin papel. “Yo no tengo discurso escrito”, le dijo Chávez. Y empezó a improvisar. Fue un discurso breve, inspirado en Bolívar y Martí, pero con una cosecha personal sobre la situación de presión e injusticia de América Latina transcurridos doscientos años de su independencia. Los oficiales, los suyos y los que no lo eran, lo oyeron impasibles. Entre ellos los capitanes Felipe Acosta Carle y Jesús Urdaneta Hernández, simpatizantes de su movimiento. El comandante de la guarnición, muy disgustado, lo recibió con un reproche para ser oído por todos:

“Chávez, usted parece un político”. “Entendido”, le replicó Chávez.

Felipe Acosta, que medía dos metros y no habían logrado someterlo diez contendores, se paró de frente al comandante, y le dijo: “Usted está equivocado, mi comandante. Chávez no es ningún político. Es un capitán de los de ahora, y cuando ustedes oyen lo que él dijo en su discurso se mean en los pantalones”.

Entonces el coronel Manrique puso firmes a la tropa, y dijo: “Quiero que sepan que lo dicho por el capitán Chávez estaba autorizado por mí. Yo le di la orden de que dijera ese discurso, y todo lo que dijo, aunque no lo trajo escrito, me lo había contado ayer”. Hizo una pausa efectista, y concluyó con una orden terminante: “¡Que eso no salga de aquí!”.

Al final del acto, Chávez se fue a trotar con los capitanes Felipe Acosta y Jesús Urdaneta hacia el Samán del Guere, a diez kilómetros de distancia, y allí repitieron el juramento solemne de Simón Bolívar en el monte Aventino. “Al final, claro, le hice un cambio”, me dijo Chávez. En lugar de “cuando hayamos roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español”, dijeron: “Hasta que no rompamos las cadenas que nos oprimen y oprimen al pueblo por voluntad de los poderosos”.

Desde entonces, todos los oficiales que se incorporaban al movimiento secreto tenían que hacer ese juramento. La última vez fue durante la campaña electoral ante cien mil personas. Durante años hicieron congresos clandestinos cada vez más numerosos, con representantes militares de todo el país. “Durante dos días hacíamos reuniones en lugares escondidos, estudiando la situación del país, haciendo análisis, contactos con grupos civiles, amigos. “En diez años -me dijo Chávez- llegamos a hacer cinco congresos sin ser descubiertos”.

A estas alturas del diálogo, el Presidente rió con malicia, y reveló con una sonrisa de malicia: “Bueno, siempre hemos dicho que los primeros éramos tres. Pero ya podemos decir que en realidad había un cuarto hombre, cuya identidad ocultamos siempre para protegerlo, pues no fue descubierto el 4 de febrero y quedó activo en el Ejército y alcanzó el grado de coronel. Pero estamos en 1999 y ya podemos revelar que ese cuarto hombre está aquí con nosotros en este avión”. Señaló con el índice al cuarto hombre en un sillón apartado, y dijo: “¡El coronel Badull!”.

De acuerdo con la idea que el comandante Chávez tiene de su vida, el acontecimiento culminante fue El Caracazo, la sublevación popular que devastó a Caracas. Solía repetir: “Napoleón dijo que una batalla se decide en un segundo de inspiración del estratega”. A partir de ese pensamiento, Chávez desarrolló tres conceptos: uno, la hora histórica. El otro, el minuto estratégico. Y por fin, el segundo táctico. “Estábamos inquietos porque no queríamos irnos del Ejército”, decía Chávez. “Habíamos formado un movimiento, pero no teníamos claro para qué”. Sin embargo, el drama tremendo fue que lo que iba a ocurrir ocurrió y no estaban preparados. “Es decir –concluyó Chávez– que nos sorprendió el minuto estratégico”.

Se refería, desde luego, a la asonada popular del 27 de febrero de 1989: El Caracazo. Uno de los más sorprendidos fue él mismo. Carlos Andrés Pérez acababa de asumir la presidencia con una votación caudalosa y era inconcebible que en veinte días sucediera algo tan grave. “Yo iba a la universidad a un posgrado, la noche del 27, y entro en el fuerte Tiuna en busca de un amigo que me echara un poco de gasolina para llegar a la casa”, me contó Chávez minutos antes de aterrizar en Caracas. “Entonces veo que están sacando las tropas, y le pregunto a un coronel: ¿Para dónde van todos esos soldados? Porque qué sacaban los de Logística que no están entrenados para el combate, ni menos para el combate en localidades. Eran reclutas asustados por el mismo fusil que llevaban. Así que le pregunto al coronel: ¿Para dónde va ese pocotón de gente? . Y el coronel me dice: A la calle, a la calle. La orden que dieron fue esa: hay que parar la vaina como sea, y aquí vamos. Dios mío, ¿pero qué orden les dieron?. Bueno Chávez, me contesta el coronel: la orden es que hay que parar esta vaina como sea. Y yo le digo: Pero mi coronel, usted se imagina lo que puede pasar. Y él me dice: Bueno, Chávez, es una orden y ya no hay nada qué hacer. Que sea lo que Dios quiera.

Chávez dice que también él iba con mucha fiebre por un ataque de rubéola, y cuando encendió su carro vio un soldadito que venía corriendo con el casco caído, el fusil guindando y la munición desparramada. “Y entonces me paro y lo llamo”, dijo Chávez. “Y él se monta, todo nervioso, sudado, un muchachito de 18 años. Y yo le pregunto: Ajá, ¿y para dónde vas tú corriendo así? No, dijo él, es que me dejó el pelotón, y allí va mi teniente en el camión. Lléveme, mi mayor, lléveme. Y yo alcanzo el camión y le pregunto al que los lleva: ¿Para dónde van? Y él me dice: Yo no sé nada. Quién va a saber, imagínese”. Chávez toma aire y casi grita ahogándose en la angustia de aquella noche terrible: “Tú sabes, a los soldados tú los mandas para la calle, asustados, con un fusil, y quinientos cartuchos, y se los gastan todos. Barrían las calles a bala, barrían los cerros, los barrios populares. ¡Fue un desastre! Así fue: miles, y entre ellos Felipe Acosta”. “Y el instinto me dice que lo mandaron a matar”, dice Chávez. “Fue el minuto que esperábamos para actuar”. Dicho y hecho: desde aquel momento empezó a fraguarse el golpe que fracasó tres años después.

Me estremeció la inspiración de que había viajado y conversado a gusto con dos hombres opuestos. Uno a quien la suerte empedernida le ofrecía la oportunidad de salvar a su país. Y el otro, un ilusionista, que podía pasar a la historia como un déspota más.”.

El avión aterrizó en Caracas a las tres de la mañana. Vi por la ventanilla la ciénaga de luces de aquella ciudad inolvidable donde viví tres años cruciales de Venezuela que lo fueron también para mi vida. El presidente se despidió con su abrazo caribe y una invitación implícita: “Nos vemos aquí el 2 de febrero”. Mientras se alejaba entre sus escoltas de militares condecorados y amigos de la primera hora, me estremeció la inspiración de que había viajado y conversado a gusto con dos hombres opuestos. Uno a quien la suerte empedernida le ofrecía la oportunidad de salvar a su país. Y el otro, un ilusionista, que podía pasar a la historia como un déspota más.

Una bomba en el vecindario

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NOTA: Estas fotos estuvieron refundidas durante más de 9 años. Hace un par de meses las recuperé y hoy, por primera vez, las hago públicas.

Hace 10 años, al final de la tarde, regresaba a a mi casa, ubicada a una cuadra escasa del Club El Nogal. Iba por la carrera 7a., hacia el norte, pero –por cosas del destino– un pequeño atasco de tráfico en la calle 77, me hizo cambiar mi ruta habitual y en vez de pasar frente al club, como era mi costumbre, decidí desviarme por la calle 76, hacia el occidente.

En cuestión de minutos llegué a mi apartamento, donde tenía una cita con mi amigo Gustavo del Castillo, quien llegó al mismo tiempo.

Entramos a mi casa, cerramos la puerta y no nos habíamos ni sentado, cuando sonó ese terrible estruendo. El inconfundible sonido de una explosión que lo sacudió todo, como si se tratara de un terremoto pequeño. En un principio, creímos que se trataba de un atentado en la Avenida Chile, pero muy pronto vimos que la cosa era más cerca a mi edificio y ahí sí me asusté.

Sin dudarlo un momento, tomé mi cámara –una vieja pero impecable Nikon F, de rollo– y salimos corriendo a la carrera 7. La imagen era espantosa. Todo era un caos, el edificio incendiado, la fachada destrozada y humeante, carros aplastados, ulular de sirenas, pitos, gritos de la gente.

Recuerdo al entonces director del periódico Portafolio, Mauricio Rodríguez, quien casi no respondió mi saludo, porque andaba entre escombros como un zombie, porque creía que alguno de sus hijos estaba en el Club, pero por fortuna no fue así.

En el andén occidental de la carrera 7a. encontré recibos de la cafetería del club. Junto a nosotros, había un carro bastante averiado; de su interior sacaron a un señor y lo pusieron en el andén, donde segundos después murió.

Y ese fue apenas el principio del caos. Las dimensiones reales de este nuevo acto demencial de las FARC apenas se empezaban a ver y los pormenores del mismo han llenado páginas de diarios y revistas en la última década.

De ese día son estas fotos, tomadas con mi antigua y entrañable Nikon.

Los clones de Vladdo

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[Nota publicada en la nueva edición de la revista CARAS].

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Gracias a la magia de Photoshop, Vladdo se representa a sí mismo en las distintas ocupaciones con que soñaba en la niñez. Es una singular forma de romper el hielo en las conferencias que dicta y una buena excusa para explicarle al público cómo terminó convertido en caricaturista.

En su tierna infancia, y como todos los niños, Vladdo soñó ejercer muchas profesiones. Antes de convertirse en el controvertido caricaturista que es en la actualidad, cuando sólo se llamaba Vladimir Flórez, por su cabeza pasaron las más variadas ocupaciones, incluida la de bombero; “no sólo para apagar incendios, sino para rescatar personas y animales de edificaciones en llamas”.

Con base en esos recuerdos de la niñez y en la nostalgia de lo que pudo haber sido y no fue, el creador de Aleida decidió plasmar gráficamente sus ‘frustraciones’, para justificar por qué terminó convertido en caricaturista. El resultado es un repaso que, con la ayuda de Photoshop, transformó en una divertida introducción a las conferencias a las que dicta, dentro y fuera de Colombia. “Se convirtió en la mejor manera de romper el hielo con el auditorio”, dice, mientras retoca uno de sus ‘clones’.

El recorrido comienza con sus sueños de superhéroe, influencia de la avidez con que leía los cómics de Supermán, personaje que no sólo le sirvió de inspiración para dibujar, sino que lo acercó por primera vez al periodismo, de la mano del reportero Clark Kent. “Aunque nunca leí ni un lead escrito por Clark Kent, el ambiente de la sala de redacción de los años 60 del diario El Planeta me parecía alucinante”, dice.

Caras-2En su época de monaguillo, Vladdo alcanzó a pensar en el seminario, pero el celibato lo desanimó. “En ese entonces decían que los curas no podían tener novia; así que ni modo”, dice.  Y aunque descartó los destinos celestiales –y se resignó a su condición humana y ‘pecadora’– sucumbió al hechizo de las excursiones espaciales y al auge de las series de ciencia ficción. Así que, con la complicidad de su hermano Alfonso, también soñó con ser astronauta, negándose de nuevo a poner los pies sobre la tierra.

Y razón no le faltaba, pues en la tierra lo esperaba otra frustración: la de ser futbolista. Según sus palabras, “ese sueño no duró nada porque yo estaba predestinado a ganarme la vida no con los pies, sino con las manos”. Un amigo suyo, el periodista Álvaro Montoya, es más enfático y dice que Vladdo no fue futbolista por una razón técnica: el reglamento prohíbe que haya dos pelotas en la cancha.

Aunque acepta que es negado para la música, por influencia de Gustavo del Castillo, su amigo de toda la vida, Vladdo se convirtió en admirador incondicional de The Rolling Stones, no sólo por sus canciones, sino por su actitud provocadora. “Junto a ellos, The Beatles parecen unas monjitas”, dice con sorna.

El caricaturista admite que todavía no pierde la esperanza de convertirse en actor. De hecho, cuando cursaba noveno grado, tuvo un papel de extra en televisión, en El cuento del domingo, y a finales de los 90 apareció en algunos capítulos de las telenovelas Perro amor y Por qué diablos.

Vladdo no niega que le gustan los escenarios, las cámaras y los reflectores y, en efecto, desde marzo del año pasado tiene un programa de televisión, en el que emula a otro de sus héroes: el presentador David Letterman, con quien tiene cierto parecido. “Pues a mí sí me gustaría parecerme más a Letterman, pero en la billetera”, reconoce jocosamente.

Vea aquí la galería completa de los ‘clones’ de Vladdo.




Semana, sin Myreyita

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Mireya-Duran

Para quienes trabajamos en la revista Semana hoy es un día triste, doloroso, negro. Uno de esos días que temíamos que iba a llegar, pero para el cual nunca íbamos a estar preparados. Este miércoles, al filo del mediodía, falleció en Bogotá Myreya Durán, quien fue durante 27 años la secretaria de Felipe López y de la presidencia de Publicaciones Semana. Myreyita –como le dijimos siempre– era el alma no sólo del quinto piso, sino de todo el edificio ubicado a media cuadra del Parque de la 93, donde funciona esta casa editorial.

Como buena santandereana, Myreyita era sincera, muy directa, y no se ponía con rodeos a la hora de los amores ni de los disgustos. Llamaba al pan, pan, y al vino, vino, y desde que uno la saludaba era fácil adivinar en qué actitud se encontraba: si estaba molesta, contenta, fatigada, aburrida…

Y era igual con todo el mundo: con los que trabajábamos con ella, con los periodistas de otros medios, con los políticos o los empresarios a quienes tenía que poner en contacto con Felipe López, con los familiares y amigos de su jefe; con todos. No tenía dobleces.

Su temperamento no le restaba simpatía y casi siempre estaba dispuesta a entablar conversación con todo el que atravesara la puerta de vidrio de su despacho. Eso sí, siempre y cuando Felipe no la requiriera para alguna tarea.

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Aunque vivía y trabajaba muy cerca de influyentes personajes, jamás abusó de su poder, ni de su proximidad con uno de los periodistas más importantes del país. Tampoco se aprovechó de su cargo para ningunear a los demás, ni para darse ínfulas de dueña. Por el contrario: su modestia y su sencillez sólo eran comparables con su discreción.

Myreyita se desvivía por su familia y cada vez que podía viajaba a Santander a visitarla. Antes de llegar a Semana, estuvo fugazmente casada en Londres con un paisa y no tuvo hijos, pero se derretía con los niños de sus hermanos, de sus compañeros y, por supuesto, con la hija y nietos de su jefe.

Myreyita vio nacer y crecer a Sofía, mi hija, y con frecuencia me pedía que la llevara a visitarla, cosa que hice en innumerables oportunidades. La última vez que ellas se vieron fue hace pocos meses, a mediados de este año, sin sospechar, desde luego, que no habría una próxima ocasión.

En las últimas semanas, de manera fulminante, un cáncer óseo la doblegó y finalmente nos la arrebató. Y aunque esperábamos este trágico desenlace, la confirmación de la noticia nos deja totalmente desolados.

Sin duda, la ausencia definitiva de Myreyita ensombrece este final de año en Semana, pero su recuerdo y su sonrisa nos iluminarán siempre. Descanse en paz.

Antes de cerrar esta página dedicada a Myreyita, y a manera de semblanza, les comparto unas notas escritas hace tres años, que quedaron consignadas en el libro Una semana de quince años

Para llegar adonde Felipe López, es necesario pasar por una antesala amable pero celosamente resguardada por Myreya Durán, su secretaria de casi toda la vida, una santandereana de armas tomar, a la que no le tiembla el pulso para filtrar las visitas que pretendan importunar al doctor, pero que con igual firmeza es capaz de plantársele a su jefe cuando a éste le dan sus pataletas, que no han sido pocas. “Myreya nunca me ha sacado de casillas, pero yo a ella sí más de una vez”, admite Felipe, quien subraya la calma que caracteriza a su cercana colaboradora.

En una oportunidad, en medio de un altercado, y con Felipe vociferando como un loco, Myreyita acudió a la sabiduría mockusiana y le desocupó un vaso de agua fría en la cara, cosa que sorprendió a Felipe, pero que le devolvió la cordura.

En cualquier otra circunstancia semejante insolencia hubiera puesto a la fiel secretaria de patitas en la calle. Sin embargo, en el caso de Myreyita esto es poco menos que un imposible, pues ella es imprescindible no sólo en los asuntos de trabajo de Felipe, sino también en su vida cotidiana.

Esa dependencia ha quedado de manifiesto en incontables oportunidades, pero una de las más memorables ocurrió en un viaje de Felipe a Nueva York, cuando telefoneó a Myreyita para pedirle que llamara al mismísimo hotel donde él se hospedaba y pidiera que le llevaran algo de comer al cuarto, puesto que no había sido capaz de comunicarse con la recepción.

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Desde su oficina en Bogotá, Felipe López suele pedirle a Myreya que lo comunique con cualquier personaje que surja en una conversación, tarea que su secretaria cumple cabalmente en cuestión de segundos, pues para ella no hay persona imposible de localizar, gracias al completo directorio que ha ido construyendo a lo largo de casi tres décadas hablando con las personas más influyentes del país en todas los campos. Con la misma facilidad que llama a un político o a un banquero, encuentra a un actor o a un plomero; y en todos los casos siempre dice: “Mi jefe le quiere hablar, ¿se lo puedo pasar?”.

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Myreya llegó a Semana en 1985, cuando la Revista tenía su sede en una vieja casa, ubicada en la calle 85 con carrera 11. Estaba recién desempacada de Europa, de donde había regresado tras cinco años en Londres y uno más en Madrid. A la capital británica se fue con un contrato de trabajo para cuidar niños, oficio que sólo soportó durante un año, al cabo del cual descubrió que esa tarea requería de una paciencia que ella no tenía.

Allá se enamoró de un paisa, con quien contrajo matrimonio civil y en compañía del cual ejerció diversas actividades para ganarse la vida. Durante unos meses, incluso, tuvieron un rumbeadero clandestino, que funcionó hasta que Scotland Yard los descubrió y en un allanamiento los dejaron sin una gota de licor. Por fortuna para Myreya, su marido y su clientela, los bobbies se conformaron con llevarse el trago y los discos, pero no emprendieron ninguna acción legal en su contra.

En otra ocasión, en cambio, fue sorprendida colándose en el metro de Londres, motivo por el cual tuvo que comparecer ante una corte, para responder por el cargo de “robo a la Corona”. Para evitar que la deportaran, se tuvo que declarar culpable —recuerda Myreya— y le tocó pagar una multa de 60 libras esterlinas de la época, suma que le representaba una fortuna, y que hubo de cancelar en cómodas cuotas mensuales de 5 libras o algo parecido.

La historia nazi del padre de Horst Paulmann, nuevo propietario de Carrefour

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Horst Paulmann (izq.), con el presidente de Carrefour, Georges Plassat, tras el acuerdo para la compra de los supermercados de la cadena francesa en Colombia. (Tomada de http://www.semana.com)

Hace un par de semanas, se divulgó la venta de la filial colombiana de Carrefour al consorcio chileno Cencosud, presidido por Horst Paulmann, uno de los hombres más ricos del país austral. Sin embargo, cuando los medios contaron la historia de la exitosa transacción, se omitió un secreto que estuvo muy bien guardado hasta comienzos de este año, cuando el periódico digital de Santiago El Mostrador lo sacó a la luz pública.

Según documentos conocidos y revisados por dicha publicación, Werner Paulmann –padre del exitoso empresario– fue un dirigente nazi, que incluso fue juez de las SS en Kassel, Alemania, motivo por el cual, al término de la guerra, huyó de su país, en compañía de su familia. Paulmann padre fue investigado en la década de los años 50 por la justicia alemana, pero murió antes de ser llevado a los tribunales de su país.

A su vez, en Chile se conoce la cercanía que Horst Paulmann tuvo con el dictador Augusto Pinochet.  Aunque ni la familia Paulmann ni las directivas de Cencosud quisieron pronunciarse al respecto, el reportaje, firmado por Claudia Urquieta y Felipe Saleh, nunca fue desmentido.

Lea aquí la historia completa, publicada en febrero pasado por El Mostrador.

En defensa de los delfines y las ballenas en Japón

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Apreciado lector, si tiene la sensibilidad para defender la vida de los delfines y las ballenas de esta terrible práctica en Taiji, Japón, por favor, envíe un mensaje copiando este texto al siguiente mail: info@embjp-colombia.com

Bogotá, Octubre 30 de 2012.

Excmo. Sr. Embajador de Japón en Colombia

Sr. Kazumi Suzuki

En estos momentos, una familia de calderones (ballenas piloto) está siendo retenida contra su voluntad en una cala de Taiji, Japón.

Esta mañana, los llamados “pescadores” de este pueblo repudiado internacionalmente, incluso por muchos de sus compatriotas, han obligado a entrar en la cala a esta indefensa familia a su paso por las costas de su país. Su destino puede ser el cruel cautiverio para algunos y la muerte horrorosa y violenta para el resto del grupo. Hemos sabido que entre el grupo hay  madres con sus bebés.

Desde mi más profunda indignación y tristeza por estas crueles actividades que no tienen cabida en el siglo XXI y que no hacen más que manchar la imagen de su país, le suplico su intervención inmediata para la liberación de estos delfines a mar abierto.

Los delfines y otros pequeños cetáceos son seres salvajes cuyas poblaciones en sus costas se están viendo gravemente diezmadas por culpa de estas actividades, pudiendo perjudicar gravemente el ecosistema marino, no solo en sus aguas costeras sino en todos los océanos en general.

Los delfines no pertenecen a ningún grupo ni sociedad humana, pertenecen al océano. Los delfines tienen su propia cultura y esta cultura debe prevalecer por encima de los intereses de un puñado de “pescadores” en Taiji que no hacen más que manchar permanentemente la reputación de su país y provocar el rechazo de la comunidad internacional.

Las vidas de estos gentiles y amables seres, con fuertes y complejos vínculos afectivos entre los miembros de sus familias, puede que esté en sus manos. Por favor, pida al menos la liberación de las madres y sus bebés.

Ruego considere mi petición como una llamada a la cordura en beneficio de los océanos y la humanidad.

Atentamente,

Vladdo [insertar su nombre]

Bogotá, Colombia

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La paz y el arte de especular

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ImageAunque no han empezado los diálogos de paz entre los miembros del gobierno de Colombia y la guerrilla de las FARC, ya muchos están sacando conclusiones de algo que no ha ocurrido, están analizando cosas que no se han dicho y están condenando hechos que no han pasado.

Sin duda, en la instalación formal del proceso, llevada a cabo la semana pasada en Oslo, el tono de los discursos de las dos partes fue muy diferente, pero no debería ser motivo para alarmarse, ni para invocar a los jinetes del Apocalipsis. Si el gobierno y la guerrilla pensaran igual, no estarían negociando nada; no habría necesidad. Fueron dos discursos distintos en fondo, en forma, en duración y, claro, en intención. Y esto no es algo fortuito, pues se trata de dos visiones del mundo completamente divergentes, y cada parte, de entrada, tenía que marcar territorio.

El negociador jefe de Colombia, Humberto de la Calle, habló brevemente para ratificar lo dicho por el presidente, Juan Manuel Santos, en el sentido de no sentirse ‘rehenes’ del proceso y de invitar a las FARC no a modificar su manera de pensar, sino su manera de actuar; cambiando la lucha armada por la lucha política.

A su vez, y en claro contraste, el discurso de un altivo ‘Iván Márquez’, vocero de la guerrilla, fue un extenso catálogo de denuncias, con algunas pretensiones líricas, donde ratificaba las mismas tesis que su organización ha expuesto en anteriores conatos de negociación, que nunca condujeron a nada.

Muchos se sintieron indignados por las palabras de ‘Márquez’, donde prácticamente presentaba a su movimiento no como victimario, sino como víctima; pese a la estela de ataques a civiles, secuestros, siembra de minas antipersona y otros hechos violentos e injustificados de los que las FARC han sido responsables en medio siglo de lucha armada. Inmediatamente, se habló de su cinismo, falta de consideración, irrespeto, soberbia y otras cosas más, que, según los profetas del desastre, no eran un buen augurio. Yo, en cambio, creo que eso era lo esperable: así son ellos.

Era impensable que aparecieran con la cabeza inclinada, dándose golpes de pecho y prometiendo ‘nunca más pecar’… Pese a los golpes que el Ejército de Colombia le ha propinado a las FARC –con la eliminación física de casi toda su cúpula–, al desprestigio con que cuentan entre la gente común y a la creciente desaprobación internacional, su vocero no podía llegar a la mesa con actitud de vencido; entre otras razones, porque la derrota de su grupo aún no es un hecho cumplido, así algunos militares y funcionarios de defensa hayan dicho en más de una ocasión que las “las FARC están llegando al fin del fin”.

Así las cosas, lo único cierto es que aquí no ha pasado nada. Las conversaciones y el pulso entre las partes han de comenzar en unas semanas, cuando unos y otros se sienten cara a cara en La Habana.

A los pesimistas, habría que pedirles que, al menos, esperen que el proceso arranque, a ver contra qué o contra quién deben chillar, patalear o protestar… A los optimistas, recordarles que el de la paz, lejos de un cuento de hadas, es un camino largo, pedregoso, polvoriento, resbaloso, oscuro a ratos, a veces tormentoso, y que por lo tanto toca esperar con cautela.

Por último, hay que tener en cuenta que si, como es lo deseable, gobierno y FARC logran firmar un acuerdo que ponga fin al conflicto, ese apenas será el comienzo de un largo proceso de reconciliación nacional, para el cual debemos prepararnos, si de veras queremos una paz estable y duradera. Y en este propósito, se necesita el aporte de todos. Sin excepción.

Bolívar y las elecciones en Venezuela

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A propósito de las elecciones de este 7 de octubre en Venezuela, vale la pena desempolvar estas palabras, pronunciadas por el Libertador Simón Bolívar, en el Congreso de Angostura, el 15 de febrero de 1819.

La continuación de la autoridad en un mismo individuo frecuentemente ha sido el término de los gobiernos democráticos.
Las repetidas elecciones son esenciales en los sistemas populares, porque nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder.
El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía.
Un justo celo es la garantía de la libertad republicana, y nuestros ciudadanos deben temer con sobrada justicia que el mismo magistrado, que los ha mandado mucho tiempo, los mande perpetuamente.

Sin duda alguna, en este momento de la historia –no sólo de Venezuela, sino del Continente–, estas frases son un lúcido llamado a la sensatez.

—Vladdo

Audiencia cautiva

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[NOTA: Cualquier parecido con la historia de algún expresidente
gringo
 o colombiano, publicada en Internet, no es mera coincidencia]

En una conferencia en un colegio, un expresidente llamado cariñosamente ‘El Cínico’ –rodeado de guardaespaldas y tras un interminable discurso sobre las virtudes de la seguridad democrática– abrió la sesión de preguntas.

Un niño de la última fila, flaquito, trigueño, de gafas, levanta la mano y dice:

Mi nombre es Jaime; le tengo tres preguntas: 
—¿Por qué cambió la Constitución a punta de trampa para hacerse reelegir? 
—¿Por qué no ha mostrado sus declaraciones de renta, ni las de sus hijos? 
—¿Por qué no ha respondido por los falsos positivos?

Cuando el expresidente se disponía a contestar, sonó el timbre del recreo y, por razones de seguridad, todos los niños salieron del salón.

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Al regreso,  El Cínico les da de nuevo la bienvenida y les dice:

Hijos, sigamos el diálogo. Yo no tengo nada que ocultar.
Levante la mano el que tenga alguna inquietud… 

Entonces otro niño pidió la palabra: 

Me llamo Daniel, y quisiera hacer las tres preguntas anteriores, más otras dos: 
—¿Por qué sonó el timbre del recreo 20 minutos antes de lo normal? 
—Y, la más importante, ¿dónde está Jaime?

Por qué soy comunista

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[Columna publicada en mayo de de 2006, en el diario Portafolio]

Me pregunto qué llevó a Herr Urribe a tratar de meterle miedo al electorado con el tema del comunismo disfrazado. ¿Será que estaba asustado con la descolgada suya en las encuestas? ¿Estaba haciendo un mandado? ¿Les quería calentar la oreja a los generales y demás oficiales del auditorio? ¿O simplemente fue un arranque de nostalgia sesentera? Yo me niego a creer que un tipo como él tenga una mentalidad tan obtusa como para ponerse a reencauchar de buenas a primeras esas tesis obsoletas según las cuales los comunistas comían niños vivos. En pleno siglo XXI, tratar de presentar el comunismo como si se tratara del coco es poco menos que un despropósito que raya con la ignorancia.

Ahora, si es verdad que Herr Urribe piensa eso, entonces, ¿qué demonios hace coqueteándole a Fidel Castro, el más veterano de los comunistas del continente, para que le ayude a mediar con los comunistas del ELN? Si de veras está convencido de que el comunismo es la encarnación del mismísimo demonio, ¿qué diablos fue a hacer a China el año pasado? ¿Y por qué dijo tantas cosas lindas de ese país? Y que no nos venga ahora con el cuento de que en la China ya no hay comunismo y que Cuba está en medio de un proceso democrático.

En cambio, si, como me temo, esta salida en falso del Mesías obedece a su conocido afán de acuñar nuevos términos, la cosa es diferente. Así las cosas, si ser comunista es no aceptar su argumento de que los crímenes atroces de los paramilitares son delitos políticos, entonces yo de una vez me acojo a esa doctrina y me declaro comunista.

Si el hecho de reclamarle al presidente que aclare (y asuma) las responsabilidades que le pueden caber por los nexos del DAS con los grupos paramilitares lo convierte a uno en comunista, me le apunto: soy comunista.

Si considerar que el gobierno no debería usar el servicio exterior para devolver favores políticos es una conducta comunista, entonces listo: soy comunista.

Si por reclamar que el denominado proceso de paz con los paras se haga de cara al país y no de espaldas como hasta ahora ha sucedido, uno clasifica en esa nueva definición de comunismo, entonces me declaro comunista.

Si es una consigna comunista el hecho de exigir que la actuación del Estado y de sus fuerzas armadas se ciñan a las normas del Derecho Internacional Humanitario, entonces debo admitir que soy comunista.

Si uno debe ser etiquetado como comunista por el hecho de criticar la forma descarada como el presidente le dio una voltereta a la Constitución para hacerse reelegir, entonces le debo agradecer al doctor Uribe por hacerme caer en cuenta de que soy un comunista.

Si es un grave síntoma de comunismo considerar que la implantación de microchips en el cuerpo de las personas es una idea con tinte fascista, no hay nada que hacer: me volví comunista.

En fin, si por estar en desacuerdo con un gobierno que miente, que manipula la información y que no ha sido tan transparente como lo pregona, uno debe ser señalado como comunista, entonces me complace informarle a ese mismo gobierno que soy comunista. Y sin disfraz.

Carta a Caloi

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Dibujo de Caloi. Calarcá (Colombia). 1989

María Verónica Ramírez (mujer de Caloi), Caloi, Pepón (COL), Pancho Cajas y Bonil (ECU) y Vladdo; entre otros colegas, en un encuentro de caricaturistas en Brasil, en 2005.

Vladdo (COL), Caloi (ARG), Chico Caruso (BRA) y Pepón (COL). Brasilia, 2005.

Viejo querido,

Aquella de tarde se septiembre de 2005, cuando nos encontramos accidentalmente en la playa de Ipanema, no pasó por mi cabeza que sería la última vez que nos íbamos a ver en la vida.
¿Recuerdas cómo fue ese grato reencuentro? Yo tengo esas imágenes en mi cabeza, perfectamente nítidas.

Después del encuentro de caricaturistas que tuvimos en Brasilia, donde nos despedimos todos los participantes en medio de besos, abrazos y promesas de reencuentro, yo salí de esa maqueta de ciudad y me fui a pasar unos días a Río de Janeiro, para respirar el aire de una metrópoli de verdad.

Por pura casualidad, desde mi habitación en el Cesar Park Hotel podía contemplar en toda su extensión la playa de Ipanema. Pese a mi aversión a la arena, el calor y demás singularidades de esos sitios, no me pude resistir y resolví bajar, animado, quizás, por la brisa fresca de la tarde moribunda. Pensé también que no podía estar en Ipanema y negarme a untarme de un poco de leyenda…

Así las cosas, luego de estar un rato sentado en la arena contemplando el mar, mientras disfrutaba una cerveza fría, me pareció ver a alguien conocido a unos 10 metros de distancia. Malo como soy para quedarme con alguna curiosidad, decidí acercarme unos pasos y… Cuál no sería mi sorpresa al verte ahí, como si tal cosa, sentado en una toalla con María, tu mujer.

—¡Caloi! —exclamé medio incrédulo…

—Pero, ¿qué hacés, Vladdo? —me dijiste, mientras María nos acompañaba con su sonrisa de adolescente.

Fue el comienzo de un rato muy agradable, lleno de cometarios de parte y parte. De recuento de los días que acabábamos de pasar en Brasilia, de los amigos, de los encuentros en Buenos Aires, de aquella velada en el Club del Vino, del Festival de Humor Gráfico, en Calarcá… En fin… Me contaste de las andanzas de tu hijo, Tute, que ya era un caricaturista hecho y derecho. Y también hablamos del Negro Fontanarrosa, ¿recuerdas?

Como en muchas veces anteriores, quedamos de volvernos a ver donde fuera. Y mira, ahora tan lejos, me vas a tener que esperar un poco…

La última vez que estuve en Capital Federal, por allá en 2009, te llamé y escasamente pudimos hablar por teléfono, pero no alcanzamos a vernos, y pensé: otra vez será. Hoy veo que no pudo ser. No por ahora, mi amigo.

Se enredan los recuerdos, me atraganto con las palabras. Te escribo y te hablo al tiempo. Y me bombardean las imágenes de tantas cosas que vimos; de los tragos que compartimos; de las discusiones que tuvimos (no se puede ser amigo de un argentino sin discutir nunca). Y aún me parece mentira que has partido ya…

Espero que ya te hayas encontrado con el Negro Fontanarrosa, que se te adelantó en el viaje, y que juntos, estén muertos de la risa, cargándose a todo el mundo.

Hasta siempre.

—Vladdo

Vladdomanía, Mayo 7, 2012

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Conclusiones de la Cumbre

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Los líderes del Hemisferio, en la ‘foto familiar’ en Cartagena, el domingo 15 de abril de 2012. Se notaban más los mandatarios ausentes que los presentes.

•Al comienzo, la Cumbre se vio opacada por la sed de los medios de comunicación de presenciar (y transmitir) un ‘enfrentamiento’ entre Obama y Chávez; pero se quedaron con las ganas.

•Las autoridades locales y nacionales se sienten orgullosas del evento

•Con la seguridad de los agentes de la CIA, el Servicio Secreto y del FBI, los habitantes de la ciudad se sintieron probablemente más seguros que nunca en toda su vida.

•La mayoría de los líderes de América Latina parecía un montón de adolescentes cuando rodeaban a Obama para tomarse fotos.

•El presidente de Bolivia, Evo Morales, salió blandiendo sus armas y criticó la exclusión de Cuba de la Cumbre, habló de derechos humanos, criticó a Barack Obama y las políticas de Estados Unidos.

•Los líderes del Caribe hablaron de ayudar a Haití, el país más pobre del hemisferio occidental.

•Muchos millones de dólares después: sonrisas, apretones de manos, sesiones fotográficas, risas ¡y nada más!

•No hubo siquiera confirmación de que los líderes estevieran muy de acuerdo en comprometerse con los cuentos de hadas y los prácticamente insignificantes logros de la Cumbre…

•Sobre las críticas de quienes dicen que la Cumbre es demasiado costosa, el anfitrión respondió diciendo que ningún precio es excesivo ya que la Cumbre será “beneficiosa para la inversión”, y que “los ojos del mundo están en nuestro país”.

•De modo que reconoce oficialmente que es válido gastar todo lo que sea posible en mejoras estéticas con el fin de que el país refleje una buena imagen.

Nota: las anteriores fueron las conclusiones de la V Cumbre de las Américas, efectuada en abril de 2009 en Trinidad y Tobago.

Uribe, el Bobito

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—Inspirado en ocho años de bobaditas—

Uribe, el Bobito, llamó al consejero:
¡A ver los paracos, los quiero ayudar!
Sí, repuso el otro, pero antes yo quiero
que veas que son muchos, aun sin contar.
En dos minuticos el buen Alvarito
pensó y solo dijo: Que no hable ni unito.

* * *

Uribe, el Bobito, se siente apaleado
y quiere defenderse como un león,
y pasa las horas sentado, sentado,
trinando y trinando sin ton y sin son.

* * *

Armó Alvarito un sucesor de nieve
y en las elecciones mucho lo impulsó;
pero ya presidente se deshizo en breve,
olvidó las promesas y lo traicionó.

* * *

Uribe, el Bobito, saca las espuelas
si le tocan del DAS lo que se vino a saber.
Son gajes del oficio, normales secuelas,
puras bobaditas y ganas de joder.

* * *

Buscó congresistas decentes a ratos,
para sus bobaditas un buen empujón,
y si le metían por liebres los gatos
salía y decía: ¡Son de oposición!

* * *

Aplaude la fuga de la coneja exiliada
y le manda mensajes de admiración;
y siempre le pide que siga escapada
porque según él es persecución.

Se siente víctima de la perseguidera
por esas bobaditas que hicieron tan bien,
y a punta de brincos y de pateadera
se enoja y se exalta en un santiamén.

* * *

Santos presidente lo ha decepcionado
pues sus tres huevitos prontico rompió;
Uribe, el Bobito, lo creía amaestrado,
pero sus bobaditas caritas pagó.

* * *

Lo tenía verraco la mujer de Lucio,
y la denunciaba también por traición;
pegado del Twitter hacía trabajo sucio
y se puso feliz con su destitución.

* * *

Creyendo que él era enviado del cielo
Uribe, el Bobito, se quiso quedar,
pero de repente ya no tuvo suelo
por culpa de la Corte Constitucional.

* * *

De todos los bobitos el mejor se ha sentido,
no tuvo esta patria igual defensor…
Y a aquel que sus bobaditas no haya creído,
lo insulta y lo acusa de ser un traidor.

* * *

A Andrés Felipito le encuentran chancuco;
y Uribe, el Bobito, lo va a consolar.
Tranquilo, mijito, sé que es muy maluco,
pero de esa bobadita lo voy a salvar

* * *

La crítica abunda, la alabanza es escasa;
el complot de los medios le alborota la hiel,
y pensar que esa prensa que hoy lo rechaza
en sus buenos tiempos babeaba por él.

* * *

Montón de demandas estorban el paso,
y los buenos muchachos se asustan así.
¡Bobos! dice Alvarito resolviendo el caso;
cuando les pregunten digan: Yo no fui.

* * *

Lo acusan tan solo por no ser blandito,
mas él siempre sigue tan firme y tan fiel,
Y digan lo que digan de Uribe, el Bobito,
todo el mundo añora las bobaditas de él.

 

* * *

(Una subversión libre de ‘Simón, el Bobito’, de Rafael Pombo)

Las aventuras del comic-sionado de paz

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Fondo de pantalla animalista

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Súmese a la campaña en defensa de los animales y rechace las corridas de toros.
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Del palacio al santuario presidencial

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A partir de la primera edición de 2012 de Semana, y luego de tres gobiernos y medio, el Palacito Presidencial sufre una nueva y radical transformación. Pero antes de hablar de este cambio extremo, es importante recordar los antecedentes de esta sección, que ha sido termómetro político de la presidencia en los años recientes.

El inicio. Como tantas otras creaciones, esta fue producto, si no de un accidente, de una afortunada coincidencia. El segundo semestre de 1998, durante el gobierno recién inaugurado de Andrés Pastrana, la Casa de Nariño empezó a publicar una suerte de boletín mensual, en el que se resumían las actividades del Jefe de Estado y sus ejecutorias.

Lo único rescatable de esos libracos era la portada. El mes en la Casa de Nariño, se denominaba cada tomo, y junto a los emblemas oficiales y el nombre del mandatario traía un dibujo en línea del palacio presidencial, a manera de grabado clásico. Al verlo, me llegó a la memoria una imagen muy familiar de la televisión de los años setenta: la última escena de cada capítulo de la serie Los Waltons, en la que aparecía una casita oscura, donde apenas se veían las luces de unas ventanas que se iban apagando en medio de diálogos candorosos y despedidas. “Buenas noches, John Boy”, se oía por una parte; “buenas noches, Mary Ellen”, respondían en la otra, hasta que la pantalla quedaba totalmente negra, y luego caía una hoja que formaba un logotipo, mientras un locutor en off repetía: “una producción Lorimar”.

El Palazo, en 2001

Cuando vi esa fachada de la Casa de Nariño, me resultó inevitable imaginar a Andrés, Nora, los niños y yo, repitiendo el mismo guión. “Buenas noches, Valentina”… “Buenas noches, Santiago”… “Buenas noches, Laura”… “Buenas noches, papá”… Pero como yo no trabajaba para la revista TV y Novelas, sino para una revista de actualidad, como lo es Semana, me tocaba meterle política al asunto, y fue así como resolví crear un monólogo, con una vocecita que salía de la ventana del despacho presidencial.

Así se publicó un buen tiempo, antes de que empezara su metamorfosis. Lo primero que le cambié fue el cielo, pues en el dibujo original el fondo de la imagen aparecía lleno de nubes, que producían mucho ruido visual. Yo decidí ponerle un cielo gris, más neutral. Tras la posesión de Uribe, en 2002, le hice la primera modificación seria a la fachada presidencial. Ese 7 de agosto dos granadas de rocket lanzadas por las FARC impactaron la sede del palacio presidencial, lo cual produjo unos daños menores en una cornisa de la sede del gobierno. Ese atentado fue la inspiración para poner la curita que apareció en la siguiente edición de la Vladdomanía y que permaneció inalterable hasta el año pasado.

El Palacito, en 2004

Luego de la presidencia de Pastrana y en el extenso gobierno de Álvaro Uribe, la viñeta del palacio presidencial fue un gran escaparate donde se podían apreciar las ‘hazañas’ del gobernante, como en un mercado persa. Ahí también estuvieron temporalmente muchos elementos que hicieron parte de la historia trágica de este país en esos ocho años: cortinas de humo, banderas extranjeras, animales, logotipos, emblemas de instituciones humanitarias, modelos desnudas y trofeos, entre otras cosas.

Desde esa época también la mansión presidencial quedó bautizada como Casa de Nari, en alusión a los términos en que se referían a ella ciertos personajes del bajo mundo que sostuvieron allí reuniones con varios miembros del gobierno, encabezados por José Obdulio Gaviria y César Mauricio Velásquez, a quien cariñosamente denominaban el ‘Cura’.

Y para estar a tono con los vaivenes del momento, el nombre mismo de esa pequeña sección ha variado sustancialmente. Lo que hoy se conoce como Santuario Presidencial empezó llamándose Palazo Presidencial; luego se transformó en Palazzo y después en Palacito, hasta desembocar en el Paracito Presidencial, nombre que adoptó desde 2008, cuando se destapó el escándalo (¡otro!) de la visita de alias ‘Job’ a la sede de gobierno, a la cual ingresó por un sótano.

Si a alguien le da pereza repasar las páginas completas de la Vladdomanía, al consultar las viñetas del Paracito Presidencial y ver su evolución, podrá encontrar un testimonio de primera mano de varios de los lunares más horrendos no sólo de la presidencia estirada de Álvaro Uribe, sino de la historia reciente de nuestro país.

Una nueva perspectiva. La nueva imagen escogida para ilustrar esa esquina de la Vladdomanía busca reflejar el cambio que ha habido en la sede presidencial desde hace año y medio, cuando Juan Manuel Santos se convirtió en su nuevo inquilino.

El estilo, las maneras, la concepción de la política, la visión del país y del mundo y el manejo de los medios, así como las prioridades de gobierno de Santos son radicalmente diferentes del estilo de Uribe y la idea era que eso se reflejara en el Santuario Presidencial.

Para hacer notorio ese cambio no era suficiente agregarle color a la antigua imagen, sino que se requería buscar algo que mostrara esa nueva perspectiva, desde la cual todo se aprecia en forma diferente.

Por otra parte, en esta nueva imagen se puede apreciar no solo la fachada sino también el tejado, las azoteas y una buena parte de las ‘entrañas’ de la sede presidencial, que en un momento dado pueden ser muy útiles para jugar con elementos que se pueden poner y quitar, objetos que salgan o entren, personajes que se asomen, etcétera…

En esta primera aparición, en efecto, el Santuario Presidencial aparece muy limpio, casi impoluto, y esto se debe a que era su presentación en sociedad. Sin embargo, con el correr  del tiempo (y de El Tiempo, seguramente) en esta imagen se verán reflejados los cambios políticos, los hechos noticiosos y demás situaciones que inevitablemente afectarán no solo al presidente y a su gobierno sino también al país.

Sigan en sintonía; esta nueva historia apenas comienza…

Libro al parque

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A propósito del comienzo de la Feria del Libro, retomo esta nota que escribí hace unos años, pero que sigue muy vigente.

Uno de los mejores programas que les ofrece Bogotá a sus habitantes es sin duda alguna la Feria del libro. Pensar en la Feria siempre me produce un sabor dulce en la boca pues, desde sus primeras versiones, he vivido en el recinto de Corferias algunas de las experiencias más gratificantes de la vida. Si no hubiera sido por un remate de Feria, nunca hubiera tenido yo la oportunidad de asistir a un improvisado concierto a cuatro manos de Frank Fernández con Teresita Gómez, en el apartamento de ésta última en el centro de Bogotá.

Los libros son el pretexto para que cada año entren en contacto innumerable cantidad de individuos, culturas y organizaciones de procedencias muy diversas que encuentran un espacio para el intercambio, la discusión, los negocios, el conocimiento, la distracción y hasta la rumba. También puede ser la disculpa perfecta para reencontrarse con las personas a las que uno menos ve, o para pasar un rato con los ‘amigos’ que uno sólo se encuentra en la Feria. Como aquel señor que año tras año iba al pabellón de los caricaturistas con el único propósito de renovar, sagradamente, su burlón retrato.

Como en todo evento cultural, académico o de esparcimiento, el toque de la Feria lo pone la gente. No necesariamente los premios Nobel que puedan asistir, ni los Coelhos que en maratónicas sesiones se dedican a repartir autógrafos a diestra y siniestra.

Además, la ventaja de la Feria es que no hay que ir sólo a comprar libros. También se puede ir a curiosear, a buscar música, a escuchar conferencias o a caminar en medio de una multitud que, con intereses distintos de los de uno, respira ese aire único que la Feria emana.

Sin embargo, ese aire de nostalgia de los días de Feria que me hace recordar todas las cosas que me ha dejado la lectura (de libros, periódicos, revistas, pantallazos de Internet, etcétera), también me pone a meditar acerca de todo lo que no he leído. ¿Habrá leido alguien todos los libros que quisiera? Difícilmente debe haber una persona que pueda responder afirmativamente esta inquietud.

Y las razones para que eso sea así son muy diversas. Hay personas que no leen porque no quieren, porque no les nace; la lectura es un hábito que se cultiva desde la infancia y que los adultos encuentran difícil de adoptar. Existen también aquellos que disfrazan su falta de interés con la falta de tiempo. Ellos se lo pierden.

Sin embargo, hay gente que no lee porque realmente no puede, porque los libros son costosos, porque no tienen acceso a la educación, porque no saben cómo se pronuncia la ‘m’, con la ‘a’. Ellos deberían ser una prioridad para el Estado.

¿Qué tal que, cada año —y con respaldo oficial—, la Feria del libro se descentralizara y se hicieran miniferias en las distintas localidades de la ciudad, al estilo del Festival de teatro? Sería un primer paso para que en todos los barrios la gente pudiera cumplir siquiera una cita anual con los libros.

Los números de 2012

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2012 de este blog.

Aquí hay un extracto:

19,000 people fit into the new Barclays Center to see Jay-Z perform. This blog was viewed about 110.000 times in 2012. If it were a concert at the Barclays Center, it would take about 6 sold-out performances for that many people to see it.

Haz click para ver el reporte completo.

Así nació la revista Semana

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NOTA: Este texto hace parte del libro ‘Una semana de quince años’, publicado por Editorial Aguilar en 2009, cuando cumplí 15 años como colaborador de la revista Semana. —Vladdo

La creación de una revista estilo Time fue un sueño acariciado por Felipe durante muchos años, y que se vio postergado debido a la presidencia de su padre entre 1974 y 1978, en la cual se desempeñó como Secretario Privado del mandatario.

Al término del gobierno López, Felipe se dedicó al cine, como productor, antes de retomar la idea de fundar una revista.

Semana se levantó indirectamente sobre los escombros de Alternativa, una revista de corte izquierdista, que pese a contar con una nómina de lujo (Gabriel García Márquez, Orlando Fals Borda, Enrique Santos Calderón, Antonio Caballero, Jorge Restrepo y José Fernando López, entre otros), y tras siete años de circulación, tuvo que cerrar sus puertas debido a dificultades financieras.

Tiempo después del cierre, en un almuerzo con Enrique Santos Calderón en el restaurante Pimm’s, Felipe le propuso la compra de los vetustos equipos y muebles de la revista, oferta que aquel aceptó. De Alternativa Felipe heredó luego las plumas de Antonio Caballero y José Fernando López, así como las fotos de Lope Medina y los servicios de la administradora Rosa Dalia Velásquez.

Semana vio la luz en una pequeña oficina ubicada en la Avenida Jiménez con carrera octava, en el centro de Bogotá. Sin embargo, el reclutamiento de los periodistas y socios de esa aventura periodística se llevó a cabo en la calle 40 con carrera 8, en una pequeña oficina donde anteriormente había funcionado un burdel; el único lugar donde Felipe podía pagar un arriendo. Allí contrató a la primera camada de periodistas que lo acompañaron en la fundación y el lanzamiento de la Revista, varios de los cuales llegaron atraídos por un aviso publicado en un periódico que decía: “Revista tipo Time busca periodistas en Colombia”.

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En los orígenes de la publicación, se presentó un hecho curioso cuando Felipe invitó al presidente del Grupo Grancolombiano, Jaime Michelsen Uribe, primo de su padre, a que se uniera el proyecto, y le ofreció la mitad de las acciones por un valor de diez millones de pesos de la época (comienzos de los años ochenta). Michelsen, sin embargo, declinó la oferta, en los siguientes términos: “Mira, hay dos cosas que no quieren los colombianos en este momento: ni revistas del águila, que soy yo, ni revistas del hijo de un ex presidente, un delfín, que eres tú; y si sumamos esos dos atributos estamos perdidos”. Al ver lo que es Semana hoy en día, no cabe duda de que Michelsen se equivocó en su apreciación.

Sin embargo, ese tropiezo, que en principio debió ser muy desmoralizante para Felipe, a la larga terminó beneficiándolo, pues no sólo lo mantuvo independiente de los grandes conglomerados financieros, sino que lo salvó del colapso que poco tiempo después sufrió el hasta entonces superpoderoso e intocable Grupo Grancolombiano, que seguramente habría llevado a la Revista a la debacle, no sólo económica sino también periodísticamente, pues para un medio recién fundado habría resultado muy difícil conservar la distancia de los escándalos que cortaron el vuelo del águila.

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¿Y entonces, tras la negativa de los diez millones de pesos de Jaime Michelsen, de dónde diablos iba a salir la plata para la fundación de la revista? La cosa no fue muy difícil. Felipe optó por escoger a veinte personas, a cada uno de las cuales le disparó por un millón de pesos.

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Con el correr del tiempo, y tras siete años con saldo en rojo, Felipe decidió negociar con cada uno de ellos para comprarles su participación, cosa que logró casi en su totalidad. A algunos les pagó con plata y a otros con publicidad en las páginas de la Revista.

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Para su nuevo proyecto, Felipe decidió recuperar el nombre de Semana, una célebre revista fundada por el ex presidente Alberto Lleras Camargo y que había circulado en Colombia entre 1946 y 1961. Por sus páginas pasaron las mejores plumas de la prensa nacional, encabezadas por Alberto Zalamea, y sus portadas le dieron celebridad a los caricaturistas Jorge Franklin y Héctor Osuna y al pintor Omar Rayo, quien entonces se desempeñaba como ilustrador, con un estilo muy particular. El último director de aquella Semana fue Fernando Guillén, padre de Gonzalo Guillén, el actual corresponsal en Colombia de El Nuevo Herald, de Miami.

El dueño de la marca Semana era el veterano Alberto Zalamea, a quien Felipe le planteó la idea de desempolvar ese nombre para una nueva publicación. Zalamea le dijo que aunque él poseía la propiedad material de la marca, la propiedad espiritual era de Alberto Lleras Camargo, y que por lo tanto él no movería un dedo sin autorización del ex presidente liberal.

Felipe entonces le dirigió una carta a Lleras, de quien no recibió respuesta, debido quizás a  su condición de hijo de Alfonso López Michelsen, cuyo deporte favorito –después del golf– era casar pelea con cuanto ex presidente hubiera en el país, y Lleras no era la excepción. Para Lleras Camargo –presumía Felipe– no debía ser muy grato que el hijo de uno de sus contradictores más acérrimos fuera a revivir su proyecto periodístico.

Sin embargo, Felipe se llevó una sorpresa cuando, por intermedio de Carlos Pérez Norzagaray, concuñado de Julio Mario Santo Domingo, Lleras Camargo le dio el nihil obstat. Con ese salvoconducto en la mano, Felipe volvió a hablar con Zalamea, quien le cedió el nombre para la nueva revista sin cobrarle un solo peso.

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A Felipe le habían llamado la atención unas crónicas que había leído en 1981 en la revista Al Día, firmadas por un tal Juan Cáceres, quien escribía exactamente con el tono y el estilo que buscaba Felipe para su nuevo semanario. Se trataba de unos perfiles de políticos que lo dejaron tan impresionado que sin dudarlo mucho concluyó que ese debía ser el director de su revista.

Interesado en contratarlo, descubrió que ese Fulano era el seudónimo de Plinio Apuleyo Mendoza, consagrado escritor y veterano periodista, quien era el Agregado Cultural de la embajada de Colombia en París.

Plinio había sido nombrado por Alfonso López Michelsen, a quien el escritor había acompañado en la militancia del Movimiento Revolucionario Liberal (MRL). Sin embargo, antes de nombrarlo, López le mandó a preguntar a Plinio cuál cargo le interesaba, diferente, obviamente, del de Embajador. Con el deseo de tener el mismo puesto que había tenido su admirado escritor Alejo Carpentier, en la embajada de Cuba, Plinio pidió que le dieran el cargo de Agregado Cultural, solicitud que en efecto le fue aceptada. Lo que no sabía Plinio es que esa posición tenía un salario paupérrimo, por lo cual se vio abocado a buscar otras fuentes de ingreso como periodista.

Una vez finalizado el gobierno de López, Plinio fue ratificado por Julio César Turbay Ayala. Y en esas estaba cuando Felipe lo llamó para que le ayudara a montar el proyecto. Plinio aceptó la propuesta, pero como vivía con sus hijas adolescentes en París y veía muy engorroso mudarse con ellas, prefirió pedir una licencia de seis meses y viajó a Bogotá, a sumarse al plan Semana. Con él vino también de París el diseñador gráfico Ponto Moreno, muy amigo de Mendoza, y quien fue el encargado de diagramar la Revista.

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Transcurrían los primeros meses de 1982 y las elecciones presidenciales estaban ad portas. Los candidatos eran Alfonso López Michelsen, quien, después de un polémico gobierno en el período 1974-1978, buscaba su reelección, y Belisario Betancur, quien por cuarta vez aspiraba  a la presidencia. Aunque sin opción, también estaban en la liza el liberal disidente Luis Carlos Galán Sarmiento y el dirigente izquierdista Gerardo Molina.

Quienes conocían a Plinio en ese momento, creyeron que aquella no le parecía una experiencia muy jugosa periodísticamente, pero, como era tan ambicioso, debía pensar que luego de trabajar unos meses con un hijo de López, cuya victoria daba por descontada, un tapete rojo se extendería a sus pies para regresar a París, ya no como funcionario subalterno de la embajada, sino como jefe de la misión diplomática. Felipe, en cambio, llevaba otras cuentas en la cabeza y no sólo no veía factible un triunfo de su papá, sino que en una reunión social, se llevó aparte a Plinio, y le hizo una confesión.

—Te voy a decir una cosa: no nos conviene que gane papá. Para el porvenir de la Revista lo que nos conviene es que gane Belisario; si no, se vuelve la revista muy jarta, no se puede criticar nada, y eso es muy aburrido—, decía Felipe, ante la incredulidad de su contertulio.

Plinio insistió mucho en su tesis del triunfo de López hasta cuando el senador Juan Slebi, tradicional cacique de la Costa Atlántica, lo invitó a una gira en carro por esa región, histórico fortín electoral del Partido Liberal.

—Baja el vidrio —le decía con su marcado acento costeño—, baja el vidrio; mira lo que están gritando esos carajos. Todos esos votaban por mí, y son míos, son liberales… Pero mira, mira, lo que están gritando los hijueputas esos…

—¡Sí se puede! ¡Sí se puede! —coreaba la multitud entusiasmada, mientras Plinio escuchaba sorprendido.

Mendoza debió ser el primero en hacerse la pregunta que tras la derrota de López, se hizo célebre en todo el país: ¿qué pasó en la Costa?

A su regreso a Bogotá, Plinio admitió frente a Felipe que sus conjeturas políticas estaban fuera de foco, y tal vez debió pensar cómo sus aspiraciones diplomáticas de alto vuelo se desvanecían.

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El tema de la primera portada de la Revista, fechada el 12 de mayo de 1982, era un análisis del fenómeno del terrorismo, en momentos en que el sicariato hacía de las suyas, el M-19 daba espectaculares golpes y la guerra sucia se recrudecía, con los primeras acciones del movimiento Muerte a Secuestradores, conocido como el MAS, y que terminó siendo el germen de los tenebrosos grupos paramilitares que en la década de los 80 llenarían al país de sangre y de dolor.

Aquella edición tenía al final una página de humor político firmada por Naide, seudónimo de Jairo Barragán, uno de los mejores caricaturistas de la época y precursor del humor gráfico en Colombia. La sección de Naide no sobrevivió, pero desde el siguiente número de la Revista sus magistrales dibujos aparecían en las páginas interiores, ilustrando notas por doquier.

El primer ejemplar tenía 100 páginas, impreso en papel periódico, a dos tintas: negro para los textos y rojo para la cabecera de las secciones, las líneas y los recuadros. Como técnicamente Plinio seguía siendo funcionario diplomático, en la parte inferior de la bandera, donde salían los nombres de todos los que hacían Semana, se publicaba la siguiente frase aclaratoria: “Esta revista aparece bajo la asesoría técnica de Plinio Apuleyo Mendoza”.

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En su debut la Revista incluía, a manera de editorial,  una nota de presentación firmada por “Los Editores”, encabezada con una foto de Alberto Lleras Camargo, junto a la cual iba la siguiente frase, tomada de la primera edición de la antigua Semana.

 “No es Semana una revista política, ni doctrinaria, ni literaria. Obedece su creación a una necesidad del tiempo nuevo, y a la creación natural de un público nuevo”, decía la frase del ex presidente, que los editores de la nueva Semana hacían suya en 1982, convirtiéndola en una suerte de bitácora.

El primer columnista de Semana fue Juan Gossaín, que había rechazado una oferta de Felipe López para dirigir la Revista. Su artículo de estreno se titulaba La sábana del Rabino, en el cual describía con ese ameno estilo suyo sus impresiones acerca de un viaje a Jerusalén y de las sábanas que en la intimidad usaban los clérigos judíos con sus mujeres.

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Luego de unos meses al frente del proyecto, Plinio volvió a su París, desde donde a mediados de octubre de 1982, envió, a manera de postal, una sentida nota a sus ex colaboradores, a quienes denominaba el kínder, su kínder.

[…]

En la primera edición, mientras Felipe López buscaba un director, en la bandera de la Revista no aparecía ese cargo, detalle que llamó la atención de Jorge Child, agudo e inteligente columnista de El Espectador, quien en un artículo dijo que eso era ilegal, puesto que en toda publicación era obligatorio incluir el nombre de alguien que respondiera por su contenido. Felipe se alcanzó a preocupar un poco, y como aún no había tomado una decisión al respecto, decidió poner su propio nombre en forma provisional.

Esta supuesta interinidad, sin embargo, se prolongó hasta 1990, cuando Mauricio Vargas, el Jefe de Redacción, abandonó la Revista para sumarse a la campaña presidencial de Gaviria. En ese momento, el periodista Roberto Pombo fue nombrado Director y Felipe se convirtió en Presidente de Semana.

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Semana arrancó con un puñado de periodistas que trabajaban de sol a sol. De ese equipo también hicieron parte, aunque fugazmente, Hernando Valencia Goelkel, un prestigioso ensayista y crítico literario, ajeno a la figuración pública, y Eddy Torres, quienes nunca se entendieron con Plinio, que no los consideraba buenos periodistas y los despidió, para sorpresa de todos.

Es difícil creer que la salida de estos dos ilustres colaboradores de la Revista se debieran a razones estrictamente periodísticas, teniendo en cuenta que Plinio no se caracterizaba propiamente por su serenidad. Famosos eran sus accesos de irritación, durante los cuales rompía hojas, partía lápices, tiraba objetos, pateaba puertas, lanzaba manotazos y daba alaridos que tronaban por todos los rincones de la Revista.

Claro que no todo en la vida de Plinio eran cuartillas, pataletas e insultos; también había ciertos momentos de preocupación que nada tenían que ver con la actualidad  del país ni con su trabajo como director pro tempore de Semana. Durante los meses que estuvo trabajando en Bogotá sus hijas, que estaban saliendo de la adolescencia, se quedaron prácticamente solas en París, razón por la cual Plinio, como cualquier papá, trataba de permanecer en contacto con ellas lo más seguido posible. Sin embargo, su instinto paternal se agudizaba cuando Camila, la menor de ellas, le contó que estaba saliendo con el ya polémico director de cine polaco Roman Polanski.

Pese a lo liberal que se consideraba, de la mente de Plinio era difícil apartar la imagen de vicioso y perseguidor de Lolitas que tenía el director polaco, y lo aterraba la idea de que su hijita de 16 años terminara en las garras de semejante depredador.

Plinio compartía sus angustias con María Elvira Samper, que trataba de darle consejos sobre cómo manejar la situación por teléfono con París. Al fin y al cabo, con nueve mil kilómetros de por medio, no era mucho lo que podía hacer para suplir la distancia que lo separaba de sus hijas.

Para tranquilidad del periodista, al regresar a París, su hija le confió que el affaire con Polanski no pasó a mayores, pues sólo se trató de unas salidas a cine y a algún concierto. Al cabo de un mes, ella lo vio como un hombre muy básico y no volvió a aceptar sus invitaciones.

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Según Felipe, las revistas son mejores cuando las escriben las mismas personas de principio a fin. “Cuando yo hacía Semana, salíamos todos los viernes a las cuatro de la mañana (del sábado) y regresábamos unas horas después a terminar el cierre, cosa que ocurría a la una o dos de la tarde; eran unas jornadas heroicas”, recuerda Felipe.

Una de las primeras contrataciones de la Revista fue María Elvira Samper, quien provenía del mundo de la televisión y cuyos informes en el programa periodístico Contrapunto habían llamado la atención del naciente empresario. Pese a que en un comienzo María Elvira se mostraba renuente a aceptar el trabajo, dada su inexperiencia en medios escritos, la insistencia de Felipe y Plinio pudo más y terminó escribiendo artículos para las primeras ediciones, antes de que la incorporaran de lleno como Jefa de Redacción.

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María Isabel Rueda, a la sazón columnista de El Siglo y directora del suplemento cultural de ese periódico, se sintió atraída por la nueva revista y fue a ofrecer sus servicios. Como examen de admisión, Plinio la mandó a entrevistar a Rodrigo Lara Bonilla, tarea que la llenó de entusiasmo.

Cuando Plinio revisó la entrevista la encontró anticuada, escrita en un estilo que no se ajustaba a las tendencias de las grandes publicaciones internacionales del momento, sobre todo las francesas, a las cuales Plinio les rendía reverencia, como Le Nouvel Observateur, L’Express o Le Point.

—Usted no sirve para esta vaina —le dijo categóricamente.

No obstante ese agrio portazo, unos meses después Felipe López la invitó a trabajar con él, cosa que ella aceptó feliz, pero con dos condiciones: quería un cubículo independiente y un espacio fijo para su columna. Felipe accedió a las dos peticiones y María Isabel se convirtió en la primera periodista abierta y orgullosamente goda de Semana.

El aterrizaje no fue fácil, pues ella venía de una escuela muy distinta; en El Siglo no había sido reportera y además el periodismo que se hacía en ese periódico era muy distinto de lo que se practicaba y le pedían en Semana, situación que la llevó a chocar con María Elvira Samper, la Jefa de Redacción, por cuya culpa terminó llorando más de una vez.

Como si fuera poco, para María Isabel, una conservadora practicante, proveniente del periódico de La Capuchina, no fue fácil acoplarse a una redacción muy liberal donde, según ella, todo el mundo era comunista.

—Eso está lleno de sandinistas —le confesó a su amigo Álvaro Montoya Gómez, ex compañero de filas en El Siglo, casi tan godo como ella.

Poco a poco las cargas se fueron enderezando y la relación con sus compañeros mejoró sustancialmente, sobre todo con María Elvira, con quien más adelante terminaría de compinche dentro y fuera de las paredes de Semana.

Por otra parte, tras más de dos décadas de publicación continua en Semana, su columna se convirtió en un referente en la prensa nacional, y una de las más leídas tanto por sus críticos como por sus defensores.

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Otro integrante de ese grupo fundador fue José Fernando López (el Mono), ex reportero de Alternativa, quien tras el cierre de ésta había trabajado en la Asociación de Instituciones Financieras (Anif), al lado de Ernesto Samper Pizano, presidente de esta organización, y que además fue su director de tesis, cuando el Mono se graduó de economista en la Universidad Nacional.

Plinio no admitía los puntos medios y con la misma vehemencia insultaba y elogiaba a los colaboradores de la Revista [más lo primero que lo segundo], tal como lo corroboraba él mismo en su postal parisina, en la cual hablaba en forma somera de los padecimientos de Carlos Mauricio Vega, quien, agobiado por el trato que recibía, renunciaba prácticamente cada ocho días.

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Tras un breve lapso en aquellas oficinas del centro de Bogotá, frente a la Librería Buchholz, la redacción de Semana se trasladó a finales de junio de 1982 a la mencionada sede de la calle 85 con carrera 11, en una casa que era propiedad de Julio Mario Santo Domingo, amigo y pariente de la familia López.

Esta casa –que antes había pertenecido a Demetrio Náder, respetable médico y padre del controvertido Carlos Náder Simmonds– había sido el cuartel general de la campaña presidencial que López Michelsen acababa de perder y tras la mudanza tuvieron que compartir espacio con algún personal de la fallida empresa electoral, situación que duró muy poco tiempo y luego de la cual fue ocupada enteramente por la gente de Semana.

Como ocurriera unos años antes con Jaime Michelsen Uribe, en esta sede se frustró otra relación de la Revista con uno de los grandes magnates del país. Sin embargo aquí se invirtieron los papeles, cuando Santo Domingo ofreció esta propiedad en venta a Felipe López por un precio irrisorio, a un plazo muy conveniente y con unos intereses absurdamente bajos.

Pero esta vez el que rechazó la tentadora oferta fue Felipe, quien por pudor periodístico no quiso contraer una deuda –así fuera mínima– con un personaje de la influencia y el poder de Santo Domingo. Creía que eso perjudicaba su independencia.

No obstante, poco después Felipe aceptó una invitación de Santo Domingo a pasar unos días en su mansión vacacional en Barú. Tras su regreso, Felipe –que siempre habla en chiste sobre su conflicto con Santo Domingo– decía que después de una semana juntos, tirando bolas de golf en el putting green de Julio Mario, quedó tan agradecido que acabó sin la independencia y sin la casa.

Este apunte es apenas un botón de muestra del cinismo y el humor corrosivo que caracterizan al menor de los hijos de López Michelsen, y de cuyos dardos envenenados no se salva ni él mismo. Aunque divertido, el chiste no tiene sustento en la realidad, tal como lo ha corroborado la historia de las malas relaciones entre Semana y el Grupo Santo Domingo, en las cuales la Revista ha luchado a brazo partido por preservar su autonomía.

Yo no dudo de la pasión periodística que invade la humanidad de Felipe López, y que lo llevó a levantar un imperio mediático a partir de cero. Felipe ha sido un trabajador incansable y en vez de dedicarse a vivir de los laureles cosechados por su padre o su abuelo, ha forjado una empresa muy respetable y sólida en un ambiente no siempre favorable ni exento de intrigas o zancadillas.

Felipe siempre ha intentado conservar su independencia. Ahora bien, la independencia no sólo es el bien más preciado para cualquier medio o cualquier periodista. También está demostrado hasta la saciedad que en el periodismo la independencia es un buen negocio, y así lo ha entendido Felipe; al igual que lo hiciera hace más de un siglo Joseph Pulitzer, el magnate y padre del periodismo sensacionalista, quien decía: “Si un periódico pretende servir seriamente al público debe tener una gran circulación, porque circulación significa publicidad, publicidad significa dinero y dinero significa independencia”.

Si Felipe hubiera aceptado el cuasi regalo de Santo Domingo, o hubiera tenido algún vínculo comercial con el hombre más rico del país, su capacidad de maniobra en las crisis que estaban por venir, se habría limitado enormemente; y con toda seguridad el destino de la Revista se habría visto muy comprometido.

En esa misma sociedad de cocteles, buenas conexiones y elogios mutuos, insolencias como las que ha cometido con su revista Felipe López, uno de sus miembros más destacados, no quedan impunes. Y las facturas llegan en forma de rompimientos de relaciones, señalamientos y desplantes que no todo mundo está dispuesto a asumir.

Felipe dice que siempre hay un posible entre la amistad y el ejercicio periodístico en un país como Colombia, donde todo el mundo se conoce con todo el mundo. Y cita como ejemplos lo duro que fue cubrir el proceso 8000, dada la cercanía que el tenía tanto con Ernesto Samper como con Fernando Botero. Además todos los políticos consideran que la prensa los trata mal, como ocurre con personajes como Noemí Sanín y Germán Vargas Lleras, que reclaman por el tratamiento que les da la Revista. En las pocas ocasiones en que los políticos no se sienten perseguidos, sus esposas creen lo contrario.

Una forma de evitar estos roces es mantener cierta distancia con los presidenciables que son amigos de la casa. En el caso de Juan Manuel Santos, que es íntimo amigo de él, y tío del director de la Revista, ni Felipe ni Alejandro tienen mucho contacto periodístico con él, para evitar la contaminación de los artículos periodísticos con las versiones oficiales.

En la experiencia de Felipe ha quedado demostrado que la amistad y el periodismo no se pueden compaginar muy fácilmente; pues varias de las relaciones que ha tenido a lo largo de los años, han terminado convertidas en víctimas colaterales de su trabajo como periodista.

Hace dos décadas, era muy amigo de Álvaro Uribe Vélez, con quien tiene muchos vínculos sociales en común; pero con el transcurso del tiempo, y por fuerza de los acontecimientos denunciados por Semana en los últimos años, asociados a la presidencia de Uribe, esa relación ha sufrido a un deterioro inevitable.

Desde luego, la más notoria de estas rupturas fue la que se presentó entre Felipe López y Julio Mario Santo Domingo, cuya amistad se erosionó irremediablemente a raíz de informaciones publicadas en Semana, que no eran muy favorables a los intereses ni al nombre de la familia del exitoso industrial barranquillero.

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Miniálbum, con Jaime Garzón

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Tarde de esparcimiento en la Sabana de Bogotá. Héctor Osuna (caricaturista de El Espectador); Jaime Garzón, [el melenudo soy yo], Alfredo Garzón (hermano de Jaime y también caricaturista de ese diario bogotano), y Álvaro Montoya –Alfin–, periodista y caricaturista de El Nuevo Siglo.
Esta foto debe ser de 1995 o 1996.

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Una caricatura, publicada en Semana, al conmemorarse los 5 años del asesinato de Garzón.

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Una más, cuando se cumplieron los 10 años de ese crimen impune.


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